• Caracas (Venezuela)

Mariana Díaz Arroyo

Al instante

La metamorfosis

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A veces me pregunto por qué los venezolanos no hemos aprendido a cambiar patrones de conducta que nos han conducido durante décadas al conformismo y a la apatía.

Hay circunstancias históricas que explican la presencia de estos elementos en la sociedad venezolana.

Para ilustrar basta con ubicarnos  en los orígenes de nuestra democracia. Un Estado dotado de inimaginables recursos  por  la providencia; con una población en su mayoría de escasos recursos económicos, carente hasta más allá de mediados del s XX   de estabilidad política, de adecuados sistemas de servicios públicos,  infraestructura, educación, salud.

Para los años 60 esa realidad empieza a cambiar, el país entra en una etapa  de modernización y de estabilidad política, donde los conflictos sociales bajan de intensidad.

La pacificación y el progreso llegaban a nuestro país pero también llegaron para quedarse la indolencia, la corrupción, el populismo y la demagogia como grandes límites a la democracia naciente. ¿No era acaso el escenario perfecto para que, aún con las mejores intenciones de unos cuantos, surgiera la demagogia y el populismo cono elementos de estabilización social? en mi criterio  así fue.

Eso dio paso inequívocamente a un fuerte y profundo un paternalismo estatal en todos las facetas del ejercicio gubernamental.

El paternalismo, dentro de un esquema populista,  fue el hilo conductor  de nuestra democracia; el discurso envolvió a la población hasta hacerla sentirse identificada  con el mensaje, haciéndole creer que lo mejor era lo que se le estaba ofreciendo, y en menor grado, dando.

Cuantos especialistas, más allá de sus posiciones teóricas, en los años 90 señalaron la fragilidad de nuestro sistema político. Fueron numerosos análisis que buscaron prender las alarmas de lo que lamentablemente se veía venir;  no era necesario ser místico y poseedor de poderes paranormales.

Unas décadas después estamos frente a una sociedad envuelta en la apatía. Somos Venezuela  en una crisálida, incapaz de movernos; pero a diferencia de la crisálida, romper nuestras  ataduras , aquello que nos limita como sociedad a actuar, participar, votar, hacernos escuchar, depende de nuestro libre albedrío y no de un capricho de la naturaleza.

 La esperanza, en mi opinión,  ha sido un elemento importante que permitió que las masas se amalgamaran permitiendo la estabilidad sociopolítica de la democracia venezolana hasta ahora; pero ¿qué ocurre cuando ya no hay esperanza?, ¿cuándo el gobierno de turno o el (los) partido (s) opositor no llena las expectativas de la población, de los electores?

Cuantos han hablado de un liderazgo acorde a las necesidades actuales, partidos que respondan a los retos y exigencias del presente, aprendiendo del pasado, pero con nuevos paradigmas.

Es de vital importancia, pero también creo, a pesar de signos que parecen indicar lo contrario, que hay señales importantes que indican cierto grado de  madurez política en nuestra sociedad; está en nosotros creerlo y demostrarlo. Si una vez existió un Estado que pudo darse el lujo de dominar un país entero en base al populismo y el paternalismo rentista, creo que estamos en el momento más álgido y preciso para desmontarlo.

Es hora de la metamorfosis, de saber que nos corresponde asumir el reto de una nueva etapa en nuestra transformación social.  El reto lo tenemos puesto sobre la mesa, es nuestra decisión asumirlo o no.