• Caracas (Venezuela)

Mariana Díaz Arroyo

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Venezuela: historia de familias

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Me asomo a la ventana, acto seguido admiro la cordillera que nos rodea a los caraqueños.

Mientras contemplo la vista mis sentidos se agudizan y viene a mi mente mi país,  Venezuela.

Venezuela me huele a campo, a campo mojado; ese momento en que la tierra y las plantas parecieran dar las gracias con su olor a la lluvia, un olor a vida, a renacer. Testigo de  esos tiempos cuando vivía en el campo.

Venezuela me suena al sonido de chicharras y ranitas, aquellas del jardín de mis abuelos; sonido que innumerables veces acurrucaron mis sueños.

Venezuela es el azul celeste de su cielo; un cielo que he visto adornarse de arco iris, con colores tenues al amanecer, con gamas de naranja y morado en sus atardeceres, así como las más hermosas nubes blancas.

Venezuela la he sentido; es campo, selva, montañas, llanuras, tepuyes, médanos, mares, ríos, playa.

Venezuela es eso y mucho más; pero, sobre todo, es gente.

Es gente, familias venezolanas.

La Venezuela que conocí y que ahora añoro, con una geografía abundante en maravillas, tenía como recurso más preciado la familia. Era un país donde la familia era la base que sostenía nuestros lazos afectivos, formativos, de desarrollo individual y de relacionamiento social.

Era el común denominador. Donde uno volteara había una familia. La mía, la de los vecinos, la de los amigos del colegio, la de los amigos de mis padres, la de  los conocidos. La mayoría de las familias eran un gran clan formado por: bisabuelos, abuelos, padres, hijos, nietos, primos, primos segundos, tíos, sobrinos.

Todo giraba alrededor de la dinámica familiar. Cada miembro tenía un rol importante y único que jugar, no solo al interior de las mismas sino además en el relacionamiento de esa familia con su entorno, como parte de una sociedad enmarcada en un entramado de vínculos cuyo origen estaba en el núcleo familiar.

Mis raíces, mi principal herencia y realidad radicaban en un país cuya primera referencia social era que estaba  formado de familias, la mía y la de los demás. Eso se acabó. Pasarán varias generaciones hasta que esto vuelva de nuevo a ser así, cuando Venezuela sea de nuevo un país para sentir, querer y vivir.

Ya ni mi familia, ni la de mis vecinos, ni la de mis amigos, ni la de los amigos de mis padres existen como yo las conocí.

Madres y padres con todos sus hijos fuera del país, en distintos lugares. Parejas regadas por el mundo, sin abuelos para sus hijos, sin primos, sin tíos. Cuantos “abuelos de aeropuertos“, pasajeros asiduos de distintos aeropuertos del extranjero. Abuelos cuya vida ahora es en soledad y sobreviviendo como pueden los avatares de este país; que cuando la posibilidad se les presenta viajan a ver a sus  hijos y nietos en países tan distantes como España, Australia, Argentina, Estados Unidos. Hasta en Groenlandia hay abuelos con hijos y nietos.

Algunos tienen la suerte de poder visitarse ocasionalmente y además mantenerse en contacto con los recursos de la tecnología moderna; pero otros no verán a sus familiares nunca más.

El fenómeno de la desintegración familiar no se reduce a aquellos cuyos recursos económicos, opciones académicas o laborales les permiten asumir la decisión de irse con cierto margen de seguridad y estabilidad. El fenómeno  está abarcando a todas las clases sociales, incluso las que no cuentan con ningún tipo de recursos.

Ha sido una diáspora como nunca nadie imaginó, y si mis conocimientos de historia de Venezuela no me traicionan creo que nunca en este país se había dado este fenómeno en esta magnitud.

Venezuela ya no es la misma, perdió su recurso más valioso. Ya no la siento igual, siento pérdida, la pérdida de un huérfano.