• Caracas (Venezuela)

Mariana Díaz Arroyo

Al instante

Sobreviviendo después del último huevo

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Hace tres años aproximadamente presencié en el hospital J. M. de los Ríos lo que nunca imaginé ver y menos en mi país.

Muchas veces con anterioridad había visto fotografías de la hambruna en Etiopía, Uganda, Kenia, entre algunos otros países africanos afectados por la sequía, conflictos armados y pobreza. Era una realidad que sentía tan ajena como lo es Plutón de nuestro planeta Tierra. Miles de años luz de nuestra realidad, de ese país en vías de desarrollo que era Venezuela hace unas décadas atrás.

Recuerdo claramente cómo en la escuela en mis primeros años de bachillerato, cuando contábamos con un sistema democrático imperfecto, pero finalmente democracia, una maestra de nombre Conchita, nos decía: “Muchachos, estudien, prepárense, tendrán en sus manos este país en vías de desarrollo”.

En mi inocencia y temprana juventud aquellas palabras significaban el mundo a nuestro alcance; estar en camino al progreso era ya parte importante del objetivo de todo país. Lograba visualizar en mi mente en un ejercicio de imaginación fantástica, que estábamos a un paso de los países desarrollados; y además, como si fuera poco ensueño, que mis compañeros y yo seríamos parte de ese desarrollo y que en nuestras manos a la par de otros, tendríamos esa tarea, la de seguir conduciendo a nuestra querida Venezuela a salir del tercer mundo.

¿Quién diría que aquellas palabras se esfumarían, como esos primeros colores del amanecer? Así, tal cual, no hubo amanecer posible.

Nuestra realidad ahora es diferente; aquellos países que estaban a años luz de nosotros se han convertido en nuestras referencias más cercanas. Estamos ya en una crisis humanitaria no reconocida gubernamentalmente.

En estos momentos si tuviera la inquietud de ver fotos de pobreza y desnutrición extrema ya no tengo que buscar en Internet imágenes de “hambruna en África”, lo tengo palpable frente a mí.

Un salón con 13 alumnos, muchachos varones terminando su adolescencia con edades entre 18 y 21 años. Estudian para ser funcionarios policiales. Pero han cambiado, ya no son los mismos que hace unos meses atrás; están sin fuerza, delgados, con sueño y cansancio. Han perdido la alegría.

He visto esos rostros antes, sé de qué forma comienza. Madres e hijos en el hospital J. M. de los Ríos. Lo he visto en los últimos cuatro años, nadie me lo ha contado.

La primera madre, una joven difícil de reconocer aunque la conocíamos, su delgadez no lo permitía. Acostada ya sin fuerza ni para hablar, con su pequeño hijo de tres años al lado, tres años que parecían solo seis meses.

Apenas podía la joven abrir los ojos, ya su cuerpo no respondía ni para eso.

Así cómo ella muchas otras han fallecido. El proceso era lento, pero progresivo. Íbamos viendo como decaían. Se veía no solo como iba cambiando la contextura, también el rostro y la expresión.

Sabíamos el problema, les alertábamos. Pero, ¿cómo puede hacer alguien inmerso en una extrema pobreza para superar sus limitaciones, sus carencias? No puede, la pobreza puede más.

La situación actual es que en aquel país, alguna vez en vías de desarrollo, la desnutrición de la población está en niveles alarmantes. Me pregunto: ¿cuál es el futuro cercano de un país donde la mayoría de la población está desnutrida? ¿Un país donde los hijos han visto a sus padres morir a manos del hampa y a manos del hambre?

Hace una semana la situación precaria de salud de un alumno me motivó a hacerle algunas preguntas acerca de su alimentación. Pero su respuesta fue: “Profe, no veo carne ni pollo desde hace tres meses, y el último huevo, ¡hace un mes!”

al país.