• Caracas (Venezuela)

Mariahé Pabón

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Corrupción, divino tesoro

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Las escenas publicadas en la televisión sobre el drama de Haití superan todas las miserias a las que estamos acostumbrados en este mundo dominado por la crueldad y las injusticias. Seres famélicos, vestidos con harapos, llorando en una cola para que les dieran un poco de comida, una botellita de agua, un pedazo de pan porque, muy tarde, empezaron a llegar las ayudas. Una pobre anciana logró que le entregaran una bolsa con arroz y preguntaba en dónde lo iba a cocinar si su humilde rancho le había sido arrebatado por el huracán. Los niños desnudos lloraban aferrados a sus madres, y desde un camión un hombre uniformado trataba de que se formaran grupos, sin poder anunciar que los ancianos primero, los niños, las madres, los jóvenes después, porque todos, sin excepción necesitaban de un pequeño alimento, una franela para cubrirse el cuerpo y leche para los bebés recién nacidos porque la leche de sus madres habían perdido su cauce.

No había terminado el coletazo de Matthew cuando docenas de organizaciones humanitarias preparaban sus envíos destinados a paliar la desgracia de Haití y las donaciones redoblaban las sumas de sus aportes, pero si bien no pudieron llegar atropelladas, por razones administrativas y gubernamentales, en otras ocasiones ocurrió lo mismo y se destapó una olla de corrupción en la cual cocinó para El País nuestra periodista Maye Primera, relatando cómo la corrupción había despilfarrado aquellos aportes que hubieran servido para convertir Haití en un vergel. Hasta se llegó a esbozar un proyecto prodigioso de arquitectura tropical para esa región, pero todos esos dineros aparentemente se esfumaron y se espera que hoy no ocurra lo mismo.

La corrupción es como un deporte que se juega a la vista de todos, como las Olimpiadas en las cuales los ganadores exhiben emocionados sus oros, y así vimos a Francisco Correa, antiguo botones de hotel y uno de los implicados en la trama Gürtel de España, ex jefe de la repartición de trofeos, vestido como un príncipe, relatando con voz de locutor sus aventuras en las cuales no repartía medallas, sino carros, joyas y dinero en efectivo, apartando los porcentajes acordados, que fueron a parar un porcentaje a sus bolsillos, a los paraísos fiscales y el resto a los de una caritativa fundación del PP, que organizaba festejos cuando el presidente era el inefable Aznar.

125 años de cárcel esperaban a Correa, disminuidos después de su concierto público y que debido a su avanzada edad no podrá cumplir.