• Caracas (Venezuela)

María Yanes

Al instante

No debemos acostumbrarnos y mucho menos resignarnos

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Escribo estas líneas con mucha preocupación y alarma, pero sobre todo producto de mis propias reflexiones ante la situación tan grave que estamos atravesando todos los venezolanos sin excepción. Mi gran angustia está centrada en la actitud que ha asumido la gran mayoría de la Sociedad Civil ante esta penosa realidad: el acostumbrarse a la crisis general que no deja de tocar ningún aspecto de la vida cotidiana y que afecta de manera importante el grado de bienestar del ciudadano venezolano. En la Venezuela de la mal llamada “Cuarta República”, aquella comprendida durante los gobiernos democráticos desde la caída de la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez hasta el año 1999, en los cuales se cumplía con el artículo de la Constitución referido a la alternabilidad de los gobiernos como una de las bases de la democracia, nunca se vivieron estas circunstancias tan dolorosas, tanto así que para muchos la frase “nunca sabíamos lo que teníamos hasta que lo perdimos” es utilizada como una expresión que refleja impotencia, desasosiego y tristeza. La democracia no es perfecta, sin embargo es el sistema político a través del cual se nos permite mediante elecciones libres, universales, directas y secretas, elegir a quienes van a gobernar por un período de tiempo determinado. Considero además, que una de sus principales funciones es el respeto a los derechos humanos que están establecidos en la Organización de las Naciones Unidas. Aunque no soy politóloga, como ciudadana común y profundamente demócrata, defiendo este significado de democracia. Añoro una Venezuela democrática en la cual se nos respete el derecho a elegir libremente y con transparencia a nuestros gobernantes cumpliendo con la alternabilidad de poder contemplada en el artículo N° 6 de nuestra Constitución; que se respete el derecho a la libertad de pensamiento, libertad de expresión, alimentación, salud, seguridad, el debido proceso y defensa en el sistema judicial, en fin, todos los derechos humanos universales. No obstante, nos estamos acostumbrando al desabastecimiento, a soportar largas y penosas colas para comprar un producto básico, a recorrer varias redes de farmacias para poder encontrar el medicamento que necesitamos, a la censura de los medios de comunicación, a la inseguridad que nos obliga a encerrarnos en nuestras casas desde primeras horas de la noche, a la sensación de sentirnos desprotegidos para una adecuada atención en salud ante la gran escasez de insumos y materiales médicos, tanto en el sector público y ahora en el privado, al miedo de no tener un derecho libre a la defensa, a que sin darnos cuenta hemos perdido nuestros derechos, y que la crisis económica tan grave en la cual está sumida Venezuela sea producto de una supuesta “Guerra Económica” en la cual no conocemos todavía con certeza quienes son los contendores. En cambio de la crisis económica sí sabemos cuál es el protagonista o el gran culpable. Pero, ¿nos seguimos acostumbrando? Los sistemas de gobierno que no tienen apego a los principios democráticos su objetivo principal es lograr que la sociedad se acostumbre y se resigne, se jactan de vociferar que sí gobiernan para el pueblo por los programas sociales o misiones que despliegan y que finalmente no funcionan, simplemente acostumbran al pueblo, o soberano como ahora lo llaman, al control social ejercido por ellos. A pesar de todo mantengo la esperanza de que no permaneceremos con esas características, siempre hemos sido un pueblo amante de la paz y de manera civilizada, y apegados a nuestra Constitución, nos despojaremos de estas condiciones tan nefastas que han mermado nuestra fuerza de lucha por un cambio que nos garantice el respeto de todos nuestros derechos y no aceptar ideologías que nos han querido imponer, mucho menos si no votamos ni elegimos para que esto sea así. El pueblo votó hace 16 años para mejorar las imperfecciones y errores tanto sociales como económicos de la “Venezuela anterior”, aunque solo conozco una, resulta que me quedo mil veces con aquella tan añorada. Aprovecho para citar una reflexión del inolvidable Nelson Mandela: “Si no hay comida cuando se tiene hambre, si no hay medicamentos cuando se está enfermo, si hay ignorancia y no se respetan los derechos elementales de la persona, la democracia es una cáscara vacía, aunque los ciudadanos voten y tengan parlamento” (discurso de Ushuaia, 1998). ¡No podemos acostumbrarnos y mucho menos resignarnos! Ejerzamos nuestro derecho a una vida mejor de manera civilizada y democrática, con la fuerza que siempre ha caracterizado a este pueblo, pero sobre todo exigiendo que se respete nuestra Constitución desde el primer hasta el último artículo.