• Caracas (Venezuela)

María Amparo Grau

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El derecho de envejecer

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Una de las manifestaciones de la falta de desarrollo de una sociedad es el trato que se da a la tercera edad. En materia de derechos humanos la protección de los ancianos es un tema relevante. Las sociedades en las que no se tiene la edad como un activo y, lo que es peor, que no se tiene por ella un respeto especial, se hallan signadas por el mal de la incivilidad que las constituye en un ente enfermo, porque no es sano en ninguna especie despreciar la longevidad.

Si en las sociedades antiguas o de carácter tribal la ancianidad se asociaba a la sabiduría e incluso a la perfección, por ende a la necesidad de respeto como concepto institucional, resulta contradictorio que en los estados modernos, aunque menos desarrollados, como el caso de Venezuela, el respeto a la edad sea nulo. Es no solo una carencia de un sentimiento humano de profunda cristiandad sino que encierra el antivalor del desprecio a la experiencia.

En este sentido, no solo es una afrenta a un valor cristiano, sino que es una inconsistencia con la experiencia como activo. Y en ese sentido son coherentes estas sociedades de países subdesarrollados con una falta absoluta de respeto al conocimiento que proviene de las vivencias que solo se adquieren con el paso del tiempo.

Por ello no es de extrañar que en un programa de TV en Venezuela se presente a un joven que no alcanza los 30 años como experto en los temas educativos, o de cualquier otra índole, cuando es lo cierto que las matemáticas no dan para que este joven califique como experto, a lo sumo un brillante profesional o cuantos adjetivos similares se hallen, pero nunca un experto, porque ello requiere de edad. Tampoco es raro que en este clima de irrespeto a la edad, se califique de vieja ridícula a una joven de 40 que disfruta patinar en la Cota Mil los domingos.

En la horrenda noticia de “los abuelos que estaban en el geriátrico de la avenida Mohedano de La Castellana, en el municipio Chacao, que se incendió este domingo en la noche” que “estaban dopados y amarrados con sábanas a sus sillas” (El Nacional, 24 de agosto de 2015), se reporta que fallecieron “ocho ancianos” y al identificar a las víctimas, en las edades que se indican, al menos tres personas no alcanzaban los 70 años de edad (60, 55 e incluso 46 años). La referencia a estos “ancianos” como “abuelos”, es otra distorsión del tema, no hay que ser anciano para ser abuelo, ni ser abuelo para ser anciano. Adicionalmente, la tendencia a llamar “abuelo” a cualquier persona de la tercera edad encierra en sí misma un trato irreverente, cuando quien lo hace no tiene con él relación personal alguna. Imagine usted a un camillero de ambulancia diciéndole a un anciano: Ya va “abuelo” que te vamos a trasladar a un centro médico; en verdad le está diciendo: “Mira viejo quédate tranquilo que ya te llevamos al hospital”.

Así, la reciente noticia: “Abuelo de 65 años y activista de Voluntad Popular murió por infarto (Palacio de Justicia)” (un medio de aparente tendencia oficialista, La Iguana TV) encierra también un concepto peyorativo de la edad. No fue un “abuelo” quien murió enfrentando la violencia y la represión de grupos amparados por las fuerzas policiales, murió el señor Horacio Blanco, a nadie debe importar si este era o no “abuelo”, sino que en sus 65 años este ciudadano ejercía plenamente su ciudadanía y en uso de sus facultades, como se indica en el documento de la Iglesia Católica “pontificium concilium pro laicis”, estaba en esta etapa de su vida en su “dignidad de hombre de edad cumpliendo su misión en este mundo”.

Este ciudadano es expresión del sentido y valor de la vejez, por ello, más que el calificativo de “abuelo” le cuadra el de hombre que seguía, a pesar de la edad, ejerciendo una vida plena y digna, porque murió practicando sus creencias y defendiendo sus valores.

El respeto a la edad en países como Suecia, Noruega, Japón e Inglaterra es ejemplar y cónsono con el grado de desarrollo y calidad de vida que en general se tiene en esos lares. El respeto a la edad va desde el trato respetuoso al anciano y su posición en la sociedad, hasta la calidad de vida que este puede disfrutar, así como a reconocerlo como actor y no un ser condenado al retiro y la depresión.

Claro está que la especial consideración hacia la tercera edad parte de un alto concepto del valor de la vida, y de la dignidad humana, por ello no es de extrañar que Venezuela no figure en la lista de países en los cuales no es malo llegar a viejo. La carencia de condiciones esenciales de una vida digna que se verifica hoy en Venezuela afecta es cierto a toda la población, y se agrava en el caso de quienes están limitados por la incapacidad o condiciones de salud o por el hecho de la edad.

Salvo en la letra de la Constitución que contempla la obligación del Estado de garantizar a los ancianos el pleno ejercicio de sus derechos y garantías, el respeto a su dignidad humana, su autonomía y la atención integral, la seguridad social y el goce de condiciones que aseguren su calidad de vida (artículo 80), lo cierto es que los ancianos padecen en Venezuela no solo del mismo abandono que el resto de los individuos respecto del papel de un Estado de respeto a los derechos humanos, sino que agravado por la cultura de la violencia, de la agresividad, de la degradación son ellos víctimas además de una consideración social que en lugar de destacar la dignidad específica que merecen, se les desprecia ante la exagerada valoración de esa juventud que también un día reclamará su derecho de envejecer.