• Caracas (Venezuela)

María Amparo Grau

Al instante

Thomas y el hombre nuevo que su vida le arrebató

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Lo conocí hace más de 15 años. Llegaba yo a Venezuela de una estancia en Inglaterra por motivos académicos y me proponía mejorar el inglés. Me lo recomendaron en el Colegio Británico. Un joven formalmente vestido, muy alto, rubio, atlético y buenmozo, inteligente, y sobre todo muy educado, amable y afectuoso. Acababa de culminar sus estudios en Idiomas Modernos en la Universidad Metropolitana y se había asociado con su mejor amigo, compañero de carrera, para constituir una escuela para la enseñanza de los lenguajes. Él mismo se encargaría de mis lecciones, “one on one”, en mi domicilio. También tenía Thomas una compañía de turismo de aventura, al menos eso recuerdo que me comentó en una de nuestras sesiones.

Las clases muy bien preparadas e interesantes, los temas sobre los que conversábamos variados y frecuentemente nos referíamos a alguna anécdota personal de ambas partes. Ya en esa época la criminalidad era asunto de preocupación y por tanto objeto de  nuestros diálogos, incluso me hablaba de los problemas que habían experimentado algunos de sus empleados al ser víctimas del hampa, jóvenes extranjeros que contrataba para enseñar los idiomas o tratar con los turistas. Y dentro de ese marco de inseguridad, lo recuerdo siempre preocupado por su jeep, que estacionaba afuera, y cuya alarma a cada rato creía que se había activado, pero a pesar de esta situación que le producía cierta ansiedad, las lecciones eran sumamente fructíferas.

Thomas era un muchacho sencillo, hijo de británicos, ambos relacionados con la academia, su madre había trabajado en el Colegio Británico por muchos años y su padre era profesor universitario, tenía una hermana, quien, me decía, quería marcharse del país por la creciente inseguridad. Sus padres, sin embargo, nunca se irían de esta tierra que amaban, según me contaba Thomas. Él también se quedaba en Venezuela, porque era venezolano y estaba lleno de planes y proyectos.

Cumplidas las sesiones pautadas, interrumpimos las clases y no nos vimos por largo tiempo. Luego de varios meses decidí retomar mis lecciones de inglés y llamé a Thomas. Me dijo que no podía darme las clases, y que prefería pasar por mi casa para explicarme. Así en efecto lo hizo, cuando lo vi me quedé espantada, había perdido muchísimo peso, estaba demacrado y no tenía esa sonrisa que le caracterizaba. Nos saludamos y me dijo: “Quise venir porque quiero despedirme, me voy a Canadá”. Le pregunté qué le había pasado y entonces me contó que estando con unos amigos en Los Palos Grandes, en su jeep, los habían tratado de robar y les dispararon. Uno de sus amigos había fallecido, a él le habían herido en el abdomen. De emergencia lo operaron en la clínica El Avila, había estado muy grave y debido a la naturaleza de la operación había perdido alrededor de 20 kilos. Los médicos le habían dicho que se salvó porque era muy deportista, nadaba, según recuerdo.

Leer tantos años después la noticia de su vil asesinato al lado de su famosa esposa, la actriz Mónica Spear, fue sin duda una sorpresa muy triste y lamentable. Por este aberrante hecho supe que había regresado al país y se había enamorado y casado, y también deduje que había vuelto a su proyecto del turismo.

El Thomas que conocí representaba todo lo bueno en un joven venezolano, lleno de amor por su patria, lleno de ilusiones, lleno de energía positiva y de deseos de emprendimiento y superación.

Ahora leo con desesperanza la noticia publicada en El Nacional del pasado 3 de octubre sobre las declaraciones de uno de los involucrados en su crimen, quien con apenas 19 años y desde la cárcel en la que se encuentra recluido “sin mostrar arrepentimiento” habría expresado: “No me arrepiento porque sé que algún día voy a salir de aquí”. Como si el hecho de que algún día salga de la cárcel reste toda importancia a su acción criminal.

Además, califica el crimen de la actriz como una situación casual cuando afirma: “Yo no la maté porque quise, sino que yo disparé y casualmente la bala la agarró ella”. Y de Thomas dice: “El esposo sí hablaba, pero no le entendí nada porque hablaba en otro idioma”. Además confiesa que “si el gruero no se detona nosotros nos vamos relajados”, con independencia de la pobreza del vocabulario llama la atención que en su contenido se indique que se hubieran ido “relajadamente” después de haberlos robado.

¿Es este el hombre nuevo del que hablaba Chávez? ¿O es esto la muestra del estado de putrefacción social que vive hoy Venezuela?, como lo calificó Vargas Llosa en su intervención ante la Asamblea General de la Sociedad Interamericana de Prensa, cuya reseña aparece publicada por casualidad en la misma edición de El Nacional de fecha 3 de octubre de 2015.

Thomas Berry fue vilmente asesinado, el esposo de quien fue una muy querida actriz, Mónica Spear, también vilmente asesinada, no era un extranjero como quiere hacérsele ver, por el contrario, me consta que era un venezolano que en su momento, cuando le conocí, representaba el modelo de juventud deseada en una sociedad de vida digna y progreso.

Ese es el hombre que una sociedad sana debe querer para sí, no este que retrocede “en términos de vida y convivencia”, según palabras del profesor Briceño León (presidente del Observatorio Venezolano de Violencia), y que, según este, se describe como “un hombre violento, desconfiado del otro, con más miedo, con menos libertad”.