• Caracas (Venezuela)

Marcos Tarre

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Marcos Tarre

“La vida no vale nada…”

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“La vida no vale nada” es el título de una famosa canción compuesta y cantada por el trovador Pablo Milanés en 1975.  En una de las estrofas de la canción dice: “La vida no vale nada cuando otros se están matando y yo sigo aquí cantando, cual si no pasara nada…”.

Más adelante, en otras estrofas, añade: “La vida no vale nada si ignoro que el asesino cogió por otro camino y prepara otra celada…”. “La vida no vale nada si cuatro caen por minuto y al final por el abuso se decide la jornada…”.

La vida no vale nada también es el título de una película mexicana dirigida por Rogelio A. González, estrenada en 1955 y protagonizada por Pedro Infante y Domingo Soler.

La vida no vale nada también fue el nombre de un espectáculo que se presentó en México en 2013 sobre José Alfredo Jiménez “esa leyenda mexicana que suena en todas las cantinas de todas las esquinas de todos los pueblos donde hay latinos…”.

Quizás hay que acudir a la poesía, a la lírica, a la ficción, al arte o a cualquier otro recurso del intelecto, de la mente o del sentir humano, que vayan más allá del razonamiento, del análisis sociológico o psicológico, para tratar de entender lo que ocurre en Venezuela cuando leemos en titulares de prensa del día 27 de junio de 2014:

“Matan a hombre que se negó a servir plato de sopa”. El Universal.

“Mataron a chofer por reclamar a conductor que se estacionó en parada en Catia”. El Nacional.

Estos asesinatos fútiles, causados por situaciones absurdas o ilógicas no son nada nuevo para nosotros. Sabemos que en Venezuela se asesina para robar un par de zapatos, un celular inteligente, por una discusión en el tráfico o por orinar en una jardinera. Homicidos que se suman a los otros, los causados por atracadores, sicarios, pranes, enfrentamientos entre bandas, enfrentamiento con las autoridades, violencia intrafamiliar o balas perdidas… Simplemente, el 27 de junio, coincidieron en ese mismo día dos crímenes que si la impunidad fuera menor, el acceso a las armas de fuego más controlado, la tensión social mejor encaminada, los sistemas de justicia informal existieran, las policías más eficientes y recibieran la confianza del ciudadano y la ira mejor canalizada, se hubieran saldado con unos gritos o, a lo más, unos golpes entre las partes.