• Caracas (Venezuela)

Marcos Peñaloza-Murillo

Al instante

Calina no es humo y humo no es calina, tampoco calienta

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

 

Recientemente, con motivo de la llegada y persistencia de un aire poco usual e incómodo en Caracas y en otras ciudades de Venezuela, se han venido publicados en medios impresos y electrónicos, entrevistas, declaraciones, reportajes, etc., sobre la constitución y naturaleza de ese aire que se ve opaco y sucio estacionado sobre estas ciudades (esto no es nuevo). Al respecto, y desafortunadamente, los datos suministrados por entes oficiales y particulares son falsos, confusos y/o contradictorios  (como era de esperarse), dado que sus voceros no son, en realidad, especialistas en el área de la micro-física y/o química atmosférica. Y de una forma poco seria, se atreven a hablar (protagónicamente) de cosas que realmente no saben por ignorancia o falta de apropiadas fuentes de información.

Según esas entrevistas, declaraciones, etc., lo que se está viendo en el aire venezolano por esta época es una especie de calina, producto del humo generado en abundantes incendios forestales debido a la fuerte sequía que nos está afectando. Por ejemplo, en página web Ecoticias.com (consultada el 01-04-2016) leemos: “La calina o calima se forma con partículas de polvo que permanecen en la parte baja de la atmósfera y este año se ha acentuado con los incendios de vegetación al término de la estación seca, dijo José Gregorio Sottolano, del Instituto de Meteorología”. Para este funcionario, la calina está formada por partículas de polvo en la parte baja de la atmósfera que se acentúa con los incendios de vegetación.

En otro ejemplo, en la página web de El Nacional (consultado el 01-04-2016), leemos: “Carlos Peláez, biólogo y ecologista, opinó que las personas están viendo de manera equivocada el fenómeno de la calima que está ocurriendo actualmente en la Gran Caracas y en otras urbes venezolanas. Para el especialista las personas deben entender que la calima en el país no es un fenómeno natural estacional, como puede ser la época de lluvia o sequía, sino que es una catástrofe originada por los seres humanos con el incendio de los bosques y un ejemplo de la pérdida de las fuentes de agua”. Para este biólogo, la calina es producto de los incendios forestales. No hay duda que las definiciones de calina, según estos profesionales son confusas y contradictorias. El error consiste en confundir calina con humo de incendio forestal o confundir calina con polvo del suelo, etc. porque calina no es humo ni humo es calina, y tampoco es polvo.

Peor aún, hay otros que dicen alegremente que la calina es “smog” (¿fotoquímico?), que son nanopartículas de origen antrópico, que es esto, que es aquello, que es lo otro, etc.  Por ejemplo, Angel Tarazona y André Gide, en trabajo publicado en Revista Geográfica (Nº 102, 1985; pp. 163-167), titulado “Conservación y administración del ambiente en Venezuela”, dicen textualmente (p. 164): (...) No obstante estas advertencias tan calificadas en las últimas décadas y particularmente en 1970, se batió el record de la destrucción. El espectáculo de los llanos en llamas fue dantesco. Aún en el extremo occidental de ellos, donde se talaron grandes extensiones de bosques, en suelos cuyas cuatro quintas partes son de vocación forestal y se plantaron pastos artificiales, los incendios alcanzaron tan vastas proporciones, que una calina densa, mezcla de humo y polvo, hacía imposible la visibilidad a trescientos metros en pleno medio día. Ciudades de los Andes, como Mérida, permanecieron en los últimos días de marzo y primera quincena de abril bajo otro tipo de calina, mezcla de humo y neblina, verdadero smog según el neologismo inglés pero con la diferencia de que el humo no se originaba en las chimeneas industriales sino en los incendios de bosques y sabanas (...) (resaltado nuestro). Para estos dos últimos autores hay dos tipos de calina: una, mezcla de humo con polvo; otra, mezcla de humo con neblina, que lo llaman (indebidamente) “smog”.

No todos confunden calina con smog y humo; este es el caso, por ejemplo, del estudio publicado por Karenia Córdova, investigadora de la Universidad Central de Caracas, en Terra Nueva Etapa (vol. XXVII, Nº 42, 2010; pp. 95-122), titulado “Impactos de las islas térmicas o islas de calor urbano, en el ambiente y la salud humana. Análisis estacional comparativo: Caracas, octubre - 2009, marzo – 2010” en donde la autora, sin entrar a detallar qué es cada cosa, establece correctamente la diferencia entre estos tres tipo de aerosoles. Para aclarar toda esta situación confusa con la calina, de una vez por todas, permítanme comenzar con un poco de historia.

Contaba el Dr. Guillermo Zuloaga (geólogo), en trabajo publicado en el Boletín de la Academia de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales de Caracas (Año XXVI, Nº 72, 1966; pp. 101-114), y titulado “La calina y el viento salante”, que su interés en estudiar la calina se originó en una discusión que tuvo con unos amigos del Aeroclub con quienes volaba sobre el llano en 1961. La visibilidad ese día era malísima –escribía– y uno de ellos le comentó que había mucho humo; él le dijo que no era solamente humo lo que había sino calina, y que él creía que ésta era una niebla que venía del mar. Sus amigos, “tan testarudos como yo” –contaba– insistieron en que no había tal cosa y que lo que veían era sólo el humo de las quemas. Zuloaga, naturalmente mantuvo su opinión agregando que uno hasta podía ver formarse la calina cuando se estaba a orillas del mar, y que si se volaba a lo largo de la costa, se podía ver del norte, con el viento, y por lo tanto no podía ser humo. Sentenció a continuación que sus amigos lo desafiaron a que lo demostrara; y así, fue cómo se decidió a estudiar la calina.

Según Zuloaga el fenómeno cubre con una especie de velo a toda Venezuela en la época seca, disminuyendo considerablemente la visibilidad, sobre todo desde arriba. Y, tradicionalmente, la gente del interior la llama “calina”, coincidiendo su presencia con la época de las quemas creyéndose, entonces, que ésta se debe al humo. A continuación, sobre consideraciones físicas, descarta que la calina sea una especie de niebla o nube ya que ésta es más intensa cuando la “humedad relativa es más baja, entre un 30% y un 60%”. Resalta su uniformidad y constancia, cubriendo miles de kilómetros cuadrados y por meses de tiempo. Siempre termina abruptamente a unos 3000 m de altura. Su límite superior es tan plano, que se hace horizonte cuando se le observa desde un avión. Es de un tinte azulado cuando se ve contra las montañas y, vista desde arriba, tiene un ligero color “marronusco”. Para Zuloaga, y eso fue lo que más lo ayudó en su estudio, es que la calina recién emanada del mar se va con los vientos alisios hacia las montañas de la costa, penetrando por sus valles al interior del país, cubriendo los Llanos y llegando hasta Guayana, los Andes, lago de Maracaibo, inclusive, hasta Colombia.

Partiendo de la hipótesis de que la calina no es más que “salitre” marino, es decir, microcristales de sal y otras sales inorgánicas en suspensión, Zuloaga emprende una investigación inédita en Venezuela para saber si eso es verdad. En una primera etapa muestrea el aire calinoso utilizando láminas de microscopio untadas con bálsamo de Canadá para fijar las muestras, aprovechando el viento a la orilla del mar. Y las somete a análisis microscópico, inspeccionando la forma de los cristales, su color, y otras propiedades ópticas como el índice de refracción, su polarización óptica, etc. Esto, para el cloruro de sodio o sal común, y otras poquísimas sales parecidas, es particularmente fácil porque sus cristales tienen forma cúbica. Por este método, Zuloaga probó que ese salitre-calinoso, que se pegaba a sus láminas cuando las exponía al viento a orillas del mar, estaba constituido de gotitas de agua de mar ya en proceso de cristalización, de cristalitos de cloruro de sodio y de unas gotitas muy pequeñas de asombrosa uniformidad de tamaño que las llamó micro-gotas, contentivas de cloruro de magnesio, y de potasio, y otras sales tan fuertemente higroscópicas que no cristalizarían sino a altas temperaturas. De esta manera, Zuloaga caracterizó la calina en su punto de origen. Pero, ¿cómo probar, entonces, que esta calina era la misma que cubría a la Caracas de los años 60?

Narra Zuloaga, en su trabajo antes citado, que en marzo y abril de 1961 hubo mucha calina en todo el país; dice también, que en la región capital, ésta se mezcló con el humo de las quemas. El 14 de abril, al mediodía, el aire estaba agobiante. La temperatura en su casa subió a 32º C y la humedad relativa se redujo a un solo 50%. Yendo hacia el centro de Caracas, le cayeron dos o tres goticas de agua en el parabrisa y notó que se secaron rápidamente, dejando una pequeña mancha blanca, lo que despertó su curiosidad. Se regresó rápidamente a su casa y montó una lámina de microscopio para, de vuelta a la autopista, captar más gotas en ellas, pero fue infructuoso: no llovía. Por fin, el 19 de abril cayó la primera lluvia, recogiendo múltiples gotas en las láminas. Al procesarlas químicamente para análisis microscópico encontró, entre otras cosas, abundantes cristales de sal marina y de yeso (sulfato de calcio hidratado); esto último le sorprendió pues no lo había notado en la calina. Finalmente, Zuloaga, como último experimento, muestreó gotas de rocío, captadas en la yerba del jardín, encontrando alta concentración de sales fuertemente delicuescentes, mayor en el cloruro de magnesio que en el cloruro de sodio, etc.

Al final, Zuloaga concluye en su trabajo que: (1) La calina proviene del mar. Se forma cuando el fuerte oleaje, tanto mar afuera como contra la playa, produce millones de burbujas que se rompen en el aire, dando origen a un gran volumen de salpique o aspersión, cuyas goticas, al entrar en contacto con el viento alisio, se evaporan rápidamente formando un aerosol que se dispersa en el aire. Este aerosol, que es la calina, está constituido de cristalitos de cloruro de sodio y de micro-gotas de soluciones concentradas de las sales higroscópicas que quedan en el agua de mar, una vez separado el cloruro de sodio y el yeso. Probablemente en el proceso de la formación de la calina, intervienen otros factores, tales como la electricidad estática. (2) Las primeras lluvias que caen después del verano, cuando hay calina, disuelven las partículas de ésta y, en consecuencia, contiene en sus aguas cloruro de sodio, yeso y otras sales de origen marino. (3) No toda la calina desaparece con la primera lluvia, a menos que ésta sea muy copiosa; así, la presencia de sales en la lluvia puede durar varios días. (4) Cuando el aire está cargado de calina, el rocío matutino contiene sales presuntamente de origen marino.

Mis observaciones contemplativas y casuales de la calina en los Andes merideños, me indican que es reconocible, tal cual como lo dice Zuloaga, como un velo uniforme u homogéneo, claramente diferenciable de niebla, neblina, smog, o humo, que luce azul contra el fondo de las montañas, de altura apreciablemente cercana a los picos de la sierra, que no sale tan fácilmente con la lluvia, que no huele a quemado o a otra cosa, que no es tóxica, que limita fuertemente la visibilidad, y que no aumenta la temperatura. Esto último contrasta con una supuesta vinculación de la calina con el calor sentido en verano, como se ha hecho ver en declaraciones por los medios de comunicación social y que es otra fuente de confusión pública. Por estar constituida, como lo demostró Zuloaga, por cristales de sales inorgánicas, la calina es altamente dispersora (scattering) de luz visible (por eso se ve azul), por lo que no contribuye en nada a calentar el aire donde está contenida. Lo mismo sucede con el humo producto de la quema de materia vegetal. 

Estudios realizados con humo proveniente de la quema de biomasa (en Brasil por ejemplo), indican más bien que este tipo de partículas tiende a producir un forzamiento radiativo (no radiactivo, que es otra cosa) positivo, por ser altamente dispersoras de luz visible (de ahí su poder reductor de la visibilidad), lo que hace presumir que ellas sea más bien refrigerantes que calentadoras. Pero sólo, mediciones ópticas apropiadas de la mezcla de calina y el humo caraqueños, junto con la aplicación de un modelo informático radiativo (no radiactivo) simple de balance de energía, podrán decir si ella tiende a calentar o a enfriar. A esto hay que sumarle la propia contaminación del aire producida artificialmente por la ciudad (smog fotoquímico). Y esto nunca se ha hecho en Venezuela. Es necesario hacer mediciones del aire sólo con calina para evaluar su incidencia térmica. ¿Cómo? Sugiero captar y estudiar el aire, con equipo adecuado, en la terraza del hotel Humboldt (Waraira Repano), como sitio apropiado con vista al mar y con ventajas de rápido acceso (teleférico) y de logística (instalaciones). Así, nos podríamos quitar al menos la contaminación producida más abajo en la ciudad. Eso no es complicado hacerlo, pero se necesita significativos recursos para ejecutar un proyecto que ya tenemos preparado para tal fin.

El calor que se está sintiendo en la gran Caracas, y también en Mérida y su zona metropolitana, está relacionado con la influencia macroclimática, vía teleconexión atmosférica (expresión técnica alusiva), de El Niño sobre la presencia de las masas de aire frío del norte que refrescan el país en el primer trimestre del año. Esas masas no llegaron este año a Venezuela. Asimismo, el régimen de vientos es débil y, a micro-escala, hay supresión de movimientos convectivos (verticales) asociada a una capa de inversión, atrapando las partículas de todo tipo y haciendo que el aire sea muy nocivo para la salud. En la ciudad también se produce el fenómeno local conocido como isla de calor o térmica, que consiste en un incremento de las temperaturas por los elementos artificiales que componen las urbes: vidrios, metales, asfalto, etc. (inercia térmica de los materiales de construcción), que incide en un alza de las temperaturas mínimas nocturnas; es decir, la ciudad ya no se enfría tanto por las noches como antes.

En trabajo de grado de licenciatura, el cual tuve la oportunidad de tutelar en años recientes, titulado “Evolución de la temperatura en la ciudad de Mérida (Venezuela) desde 1893 hasta 2008 y su relación con un cambio microclimático parcial antropogénico”, realizado en el Departamento de Física de la Facultad de Ciencias de la Universidad de los Andes (2015), se encontró que las temperaturas medias máximas anuales, obtuvieron valores picos durante el lapso 1951-2002, en los años 1958, 1963, 1965, 1969, 1973, 1977, 1983, 1987, 1990, 1994, 1997 y 2002, coincidiendo con el fenómeno de El Niño de variada intensidad, o sea,  extraordinarios, fuertes, moderados y débiles. Es posible que en Caracas haya ocurrido lo mismo en el pasado (y más recientemente en 2010), y esté ocurriendo lo mismo este año de 2016   (al igual que en Mérida). Es más, superpuestos a este fenómeno, hubo máximos del ciclo solar (de 11 años c/u aproximadamente) para los lapsos 1957-1958, 1969-1970, 1981-1982, 1989-1990 y 2000-2001, los cuales contribuyeron a calentar aun más el ambiente. En otras palabras, la presencia de calina en nuestro país es independiente de sequías, del humo de incendios forestales, del polvo, del smog fotoquímico, de una mezcla de éstos, de si hace o no hace calor, de El Niño, del ciclo solar, etc.

El mar siempre produce calina en mayor o en menor grado, y dependerá de la circulación atmosférica el que se quede en el litoral o avance tierra adentro. A falta de más estudio e investigación, como lo expresara el mismo Zuloaga en 1966 cuando escribió en su trabajo: “(...) Naturalmente empecé [la investigación] por buscar en la literatura científica pero no encontré nada relacionado con el problema (...)”, eso es todo lo que sabemos de la calina nacional gracias a la investigación de este distinguido académico venezolano sobre esta materia.

No obstante, y en conexión con lo anterior, en estudio aislado realizado en el verano boreal de 1968 y 1969 por Irving H. Blifford & Dale A. Gillette, para la fecha investigadores del National Center for Atmospheric Research de Boulder, Colorado, publicado en Atmospheric Environment (Vol. 6, 1972; pp. 463-480) y titulado “The influence of air origin on the chemical composition and size distribution of tropospheric aerosols”, se hicieron muestreos aéreos y mediciones para observar la modificación de la composición química de aerosoles atmosféricos muy cerca del suelo (a 300 m de altura), en una masa de aire marino, a sucesivas y diferentes distancias desde el océano hasta 180 Km tierra adentro, sobre el Delta del Orinoco; además, estudiaron la distribución estadística de su tamaño. Entre los resultados hallados están aquellos que indicaron una disminución suave en la concentración de sal marina, con un aumento de la penetración de la masa de aire marino tierra adentro. Esto corrobora la idea de Zuloaga de que el aerosol marino puede penetrar al interior del país además de Caracas.

Una vez, viajando en vuelo comercial a San Antonio del Táchira en 1982, en la cabina con los pilotos, había calina. El comandante de la aeronave y su copiloto buscaban visualmente la pista del aeropuerto durante la aproximación en la maniobra de descenso y no la podían ver hasta que por fin la detectaron, cosa que yo no pude hacer por más esfuerzo que hice para verla a esa distancia. Al respecto el comandante me dijo que, como piloto, a lo que más le temía para la visibilidad aérea era a la calina.

En resumen, lo que los venezolanos estamos viendo y respirando en la grandes ciudades es un coctel atmosférico muy tóxico formado por calina, humo de incendios forestales, polvo y contaminación propia de la ciudad (smog fotoquímico), altamente concentrado porque la inversión del gradiente térmico suprime la transferencia vertical de masa y energía térmica por convección, haciendo que este mecanismo micrometeorológico de enfriamiento y limpieza del aire no funcione. El Niño, como fenómeno macro-climático, contribuye por su parte a agravar la situación suprimiendo más de la cuenta las lluvias y alterando el régimen de circulación tropical de los vientos que traen humedad a la atmósfera venezolana, vía movimiento de la zona de convergencia intertropical (ZCIT).

Este coctel, por ser lo que es, fácilmente hace confundir a la gente en cuanto a que le atribuyen a la calina características que no tiene. Si bien la calidad del aire en Caracas y en otras ciudades venezolanas ha sido estudiada desde hace tiempo con relación a la contaminación atmosférica de origen humano, en varias oportunidades y por varios investigadores, hasta donde puedo saber, la calina venezolana no ha sido estudiada otra vez desde aquel trabajo del Dr. Guillermo Zuloaga de 1966 a pesar que él, en alguna parte, al principio de éste escribió: “(...) Sin embargo, ya que hasta ahora yo soy el único en el país que se ha interesado en estudiar el fenómeno, que considero apasionante, de la calina, quizás este presentación estimule a algunos de Uds. a asociarse en dicha investigación (...)”: entonces, ¿por qué yo no lo he hecho? Escríbanme a mi correo electrónico para contarles las razones las cuales, tienen que ver con el antiguo Fonacit.