• Caracas (Venezuela)

Marcos Díaz Marsá
A tres manos

Al instante

Marcos Díaz Marsá
A tres manos

Michel Foucault o de las transformaciones del pensamiento

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Seguramente es verdad eso que algún amigo imposible señaló en cierta ocasión: la amistad es algo que solo se nos concede como don póstumo, en el recuerdo no del amigo sino del que procura amistad. En este caso, quien con  generosidad sin medida nos regaló la posibilidad del encuentro no fue otro que Michel Foucault.

Entre los días 3 y 5 de diciembre de este año saliente, casi como metáfora de ese límite en que se abre el pensamiento, se celebró en la ya para mi inolvidable ciudad de Mérida el coloquio internacional sobre el pensador de Poitiers “Michel Foucault 30 años después: ¿una ética para la actual política?”. ¿Qué destacar de un encuentro como este, cuando todo en él fue destacable? Difícil tarea, esta, la que se me ha encomendado. No diré nada de la excelente organización, del más que notable elenco de participantes, tanto nacionales como internacionales, no me referiré a la participación  entusiasta del público en el evento, en especial de los jóvenes universitarios de la ciudad de Mérida y de otros lugares de Venezuela, ni siquiera haré notar la excelente acogida que los merideños nos brindaron, ni  su inmenso deseo de aprender de Foucault, con Foucault, incluso contra Foucault, en favor de un mundo mejor. Lo que me llamó de una manera muy poderosa la  atención –hasta el punto de que  bien podría decir que de este  viaje, como de todo verdadero viaje, he salido transformado– fue la experiencia  del poder del  pensamiento; su poder para  crear un tejido  de amistad, para establecer redes de amistad filosófica, que anuncian algo más que un incremento en los conocimientos: verdaderas transformaciones en  la realidad. Y es que tales transformaciones solo pueden provenir de la filia de la más necesaria de las lejanías (como certeramente  supo ver Althusser con su noción de “revolución teórica”), de la más imprescindible interrupción y toma de distancia con respecto al juego del mundo que siempre ya estamos jugando, en suma: de la separación del pensamiento.  Fue esta separación la que hace mucho, en una época de descrédito de la política y de descomposición  de la democracia, Platón, en pugna con el dominio de la doxa, hizo valer de su Carta VII (como única manera de acabar con la injusticia de este mundo), así como también, de otra manera,  en el Sofista: “La dialéctica –señalaba  Platón en este grandioso diálogo que habría de ubicarse  en la superación del platonismo, en el  no-lugar al que, por otra parte, siempre perteneció Platón– es la ciencia de los hombres libres”. Y es que es justamente esto y  ninguna otra cosa –acaso más elevada y ultraterrena– lo que se halla en juego en la interrupción del pensar: la libertad en el mundo. Pero, por cierto, no cualquier libertad, sino aquella que, con el Kant de KrV, hemos de llamar la más amplia libertad, es decir, la que lo es de todos y cada uno de los miembros de una comunidad política, la que, por tanto, convoca una cierta universalidad (libertad que entonces hay que distinguir, en el cuidado de ese guardián del concepto que es el lenguaje, de aquella otra, neoliberal, del emprendimiento, la flexibilidad y la innovación permanente, de esa ficción de libertad característica de un tipo de sociedad como la nuestra, en la que el riesgo ha sido naturalizado y se trata de vivir peligrosamente). La tarea de los límites, como trabajo del franqueamiento posible y no tanto como limitación necesaria, como trabajo en que se liberan posibilidades que lo son de libertad y no de conocimiento (“¿cuál es hoy nuestro campo de experiencias posibles”? se pregunta Foucault) encuentra así un inesperado principio, que comparece en el único modo en que un principio puede comparecer para un ser finito: indirectamente, a través de un dolor positivo que convoca acciones comunes y al que Foucault llamó percepción de lo intolerable. Pues bien, el principio que así comparece impone un Límite que en ningún caso ha de transgredirse y la intransigencia con respecto a todo abuso de poder: “Ser respetuoso cuando una singularidad se subleva e intransigente cuando el poder transgrede lo universal” apunta Foucault; y en su texto sobre la revolución de Polonia: “Si los gobiernos encuentran en los derechos del hombre el esqueleto y el marco de su acción política tanto mejor, pero los derechos del hombre son sobre todo aquello que se opone a los gobiernos. Son los límites que se imponen a todos los gobiernos posibles”. En tal Límite arraiga no solo el poder de cuidar de sí, también el deber de hacer esto, siendo así la libertad común –la libertad de cualquiera, no la de los grandes hombres– la posibilidad y al tiempo el Límite de tal quehacer con uno mismo, pues no se puede hacer con los hombres cualquier cosa. Así lo impone –y ello en un mundo en que se ha naturalizado la flexibilidad– la sustancia de su libertad, su libertad como esa peculiar condición ontológica que Foucault llamó “sustancia ética”. Con todo, y en todo ello, la ética es tan necesaria como insuficiente, pues se precisan además reglas de derecho, como articulación jurídica del Límite que salvaguarda la libertad de los hombres en el mundo y no tanto el libre juego de su economía.

No podrá extrañar entonces el que Foucault, en una de sus últimas entrevistas (Le souci de la vérité), apunte que su noción esencial, la que vertebra su trabajo y otorga la forma más general a sus investigaciones, no es en ningún caso el poder, tampoco el saber, ni siquiera la ética, sino justamente el pensar como problematización y reproblematización permanente. Y es que, de acuerdo con las últimas consideraciones de Foucault, la historia (y la política) encuentra su punto de emergencia (o al menos el sujeto histórico –y político–) no tanto en las redes de un poder-saber que operaría como una matriz funcional de dominación fundamental  de carácter tecnológico-político, cuanto en los “juegos de verdad” –inmersos en los espacios de poder-saber– “a cuyo través el ser se da como experiencia” y un sujeto de acción se constituye; o, dicho de otra manera: como historia de las problematizaciones, siendo la problematización, nos indica Foucault, no tanto la superestructura del poder cuanto “la libertad con respecto a lo que se hace”. La llamada foucaultiana al pensamiento se convierte así en una llamada a la creación de la libertad, a nuestra constitución como sujetos de acción, a la formación de un querer que es una voluntad política. Con el pensar, pues, así concebido, no se tratará de escapar a otro lugar, tampoco de manipular voluntades o de legitimar el estado de cosas presente, muchos menos de decir a los demás lo que han de hacer, dónde está la verdad y cómo encontrarla (su poder no es pastoral y en ningún caso en su ejercicio se alcanza el derecho de guiar a los otros). Con él solo se tratará de problematizar –y en esto se ha de cifrar exclusivamente su legitimidad–, de sacar a luz los problemas, de hacer aparecer lo intolerable (que hemos llegado a tolerar simplemente por hábito). No se aportan, pues, soluciones (de ahí su constitutiva improductividad) y bien puede decirse del pensar que “ni consuela ni hace feliz”. Las soluciones se habrán de buscar entonces en otra dimensión, pues no son asunto teórico, producto de la actividad crítica del pensamiento, sino, como señaló Hannah Arendt, materia de política práctica, siempre sujeta al acuerdo de muchos. Ahora bien, si esto es así, entonces el pensamiento no podrá concretarse en programas ni establecerse como guía de la acción, tan solo la desencadenará. No nos entregará a otro mundo, tan solo al deber de transformar, en común, nuestro mundo. Es por esta razón que Foucault pudo señalar que la filosofía no es política, sino algo que plantea problemas a la política y en su curso del Collège de France  de 1983 apuntar que la cuestión de la filosofía no es en ningún caso la cuestión  de la política, sino la cuestión del sujeto de la política.

Frédéric Gros se ha referido al “abuso de la obediencia”, y no tanto a la dominación, como el concepto político “más esencial en Foucault”. El pensador de Poiteirs, señala Gros, habría puesto de manifiesto el verdadero escándalo de la política y la mayor monstruosidad, justamente la que se extiende masivamente no como dominación, sino como complicidad, en la obediencia, con la dominación. La monstruosidad más atroz y más general –más trivial– puede así extenderse en un mundo en el que rige un sólido sistema en la participación de la dominación. Pues bien, lo único que nos puede arrancar de esa complicidad atroz, lo único que nos puede rescatar  de la banalidad del mal, es el pensar como problematizar. Lo sabía Sócrates, pero también  Hannah Arendt y desde luego Foucault: promover el ejercicio del pensar –y garantizarlo institucionalmente– puede prevenir catástrofes, pues el pensar libera el juicio para la percepción de lo intolerable de nuestro mundo, para ese sentimiento no guiado por conceptos previos que moviliza la deliberación y la decisión comunes.

 

*Universidad Complutense de Madrid

** Coordinador: Alex Fergusson