• Caracas (Venezuela)

Marcelino Bisbal

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Marcelino Bisbal

La quiebra de las palabras

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I

Que es lo mismo que decir “la quiebra del lenguaje” según lo expresara nuestro gran poeta Rafael Cadenas en un breve ensayo contenido en su libro En torno al lenguaje (1984). Lo que hemos venido viendo y padeciendo todos los venezolanos, sin distinciones de pensamiento y color político, a lo largo de estos diez meses del gobierno de Nicolás Maduro y su grupo es la quiebra de las palabras.

No ha habido discurso, transmisión en cadena de radio y televisión, declaraciones sueltas por aquí y por allá con motivo de cualquier cosa, donde el lenguaje no haya sido prostituido, donde las palabras no hayan sido convertidas en piedras lanzadas contra alguien o contra las 7.270.403 personas que pensamos distinto según lo expresamos en las elecciones del 14 de abril. Apenas una diferencia (¿?) de 1,59% de ventaja.

Los hechos pesan, pero las palabras con las que intentamos definirlos y caracterizarlos pesan mucho más. Las palabras tienen que ver con el pensamiento y para ciertas formas de ejercer el poder es imperioso acabar con el que piensa y actúa diferente. Ya lo había señalado Orwell hace 65 años cuando escribió 1984, la novela sobre el totalitarismo y los medios de vigilancia, al referir en boca de uno de sus personajes que el objetivo de la nueva lengua era reducir la capacidad de pensamiento, pues al final no habrá palabras para expresarlo: “Todo el clima de pensamiento será diferente. En realidad no habrá pensamiento tal como hoy lo entendemos. La ortodoxia significa no pensar, no tener necesidad de pensar. La ortodoxia es inconsciencia”. ¿Son ortodoxos los que nos gobiernan?

Es la hora de las palabras como una de las condiciones del poder y estas sirven para identificar a un régimen, puesto que son parte constitutiva y constituyente de lo que él representa. Alguien decía que “el jefe…es ciertamente, el amo de las palabras, pero al mismo tiempo el de los silencios secretos”. Pero más claro lo escribió Lewis Carroll en su Alicia en el país de las maravillas:

“–Cuando uso una palabra– dijo HumptyDumpty, con algo de desprecio– significa lo que me da la gana que signifique. Ni más, ni menos.

–El problema –dijo Alicia– es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.

–El problema –dijo HumptyDumpty– es saber quién manda. Eso es todo”.

 

II

Después de este breve recorrido sobre lo que he llamado la quiebra de las palabras, es natural que nos preguntemos aquí y ahora a qué viene. Es que la tragedia de estos días, desde el 12 de febrero hasta acá, ha levantado los demonios que estaban allí agazapados. Hemos visto los extremos tanto en las palabras empleadas como en los hechos. Salió a flote el terrorismo de Estado, la represión, la tortura, el prejuicio delirante, la falta de humanidad, las guarimbas con fines insospechados, el juego equivocado e impaciente de la política, el despliegue militar desenfrenado y preparado para la guerra, las juntas patrióticas para el supuesto asalto final, la idea de que la aniquilación final era posible… Toda una tragedia que se ha instalado en el país. De un lado el poder y sus instituciones han tratado de explicar y justificar todo lo que hemos vivido en estos días usando un caudal de palabras y un supuesto diálogo con el único sentido de acallar la razón. Pero desde el otro extremo también hemos visto la misma operación, es decir, ahogar la capacidad de pensar por cuenta propia. Porque una democracia exige personas emancipadas.

Dicen que los extremos se tocan y aquí se han tocado. La violencia se ha hecho presente no solo desde el lenguaje, sino desde el horror de la barbarie traducida en hechos reales y nada simbólicos. Cómo explicar las palabras destempladas, airadas y furiosas que se han lanzado al aire. Muchas interrogantes se hacen presentes: ¿Por qué se expresan así? ¿Entienden el verdadero sentido y significado de las palabras que usan? ¿Por qué tanta intolerancia? ¿Por qué no soportan a los que piensan diferente? ¿Por qué emiten juicios morales contra los otros y no contra sí  y los suyos? ¿No se les pasa por la mente que sus palabras y acciones producen víctimas? ¿Qué impulsos los determinan? Lo único que se me ocurre decir es que sus palabras no pueden ser justificadas históricamente. No, al menos desde el punto de vista de los valores democráticos.

El escenario en el que se encuentra envuelto el país es sombrío y nos está sirviendo para mostrarnos un des-orden que a estas alturas no tiene dirección. No sabemos como atajarlo. Y en el medio el ciudadano que sigue creyendo que el entendimiento es posible. Muy a pesar de muchos venezolanos, a estas alturas sigue el duelo ancestral entre Barbarie y Civilización.