• Caracas (Venezuela)

Marcelino Bisbal

Al instante

La Venezuela del 6-D: ¡cambio!

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I


Hace 17 años vivimos un 6 de diciembre (6-D). Estábamos en 1998. En aquel proceso electoral el triunfo del candidato Hugo Chávez abría para el país una nueva época. El poder se traspasaba de manos. Nuevos actores se hacían presentes en la escena política. Fue un cambio pacífico, constitucional y el fin del bipartidismo. La figura de Chávez obtenía la victoria con un poco más de 56% –el mayor porcentaje en los cuarenta años que llevábamos de democracia– y lograba el triunfo ante una maquinaria electoral formidable que poseían lo que se dio en llamar “los partidos del estatus”, es decir, Acción Democrática y Copei.

En el plano económico el país no iba bien. Caída drástica de los precios del petróleo. Había cansancio en la sociedad civil, en la gente en general. Los partidos políticos dominantes fueron perdiendo arraigo popular, ya no tenían presencia en la sociedad, apenas sobrevivían como maquinarias electorales para mantenerse y perpetuarse en el poder. El clima de opinión pública decía que la gente no creía ya en los políticos ni en sus partidos. También nos indicaban el descreimiento hacia las instituciones públicas. Todas las encuestas del momento expresaban cansancio en el venezolano y percibían la idea de cambio. En esos mismos sondeos se perfilaba la necesidad de contar con un líder, un jefe del Estado que tuviera fortaleza y que lograra superar los males de la República: ineficiencia, clientelismo político, altas tasas de corrupción pública, excesivo utilitarismo en el manejo de la cosa pública, personalismo en el ejercicio del poder, el continuismo que le negaba a otros alcanzar y ejercer el poder político…

Así, apareció en aquel 6-D de 1998 un nuevo actor político, de origen militar, agitador de masas, populista hasta el extremo, enarbolaba en todos sus discursos-proclamas la bandera de acabar con la corrupción. Se creó la ilusión del cambio y el deseo de que todo se iba a arreglar: “Recuerdo las promesas de Chávez. Decía que iba a mejorar la economía, a aumentar los salarios, iba a recoger a los niños de la calle. Me parece que él puede arreglar el país, él es militar y tienen régimen”, expresaba por aquellos días un sencillo hombre de la calle en una dinámica de grupo (focus group).

Estos 17 años de bolivarianismo, que el historiador Pino Iturrieta califica de enfermizos, son la muestra de lo que la nueva escena política decía que venía a combatir. Si algo queda claro, al menos para quien esto escribe, es que el país de aquel 6-D, aunque marcó el fin de una era, se equivocó. Me lo expresaba por estos días un amigo que apostó todo su trabajo, sus ilusiones y hasta su futuro de vida: “Nos equivocamos Marcelo. Nos equivocamos… Nos equivocamos…”. Tres veces repitió la misma frase. ¿Qué se le puede decir? Vemos que “la historia es ciega a las culpas, le gusta expresarse mediante abruptos quiebres”, escribía el periodista Boris Muñoz.

 

II

 

Ahora estamos ante otro 6 de diciembre. Todas las encuestas están diciéndonos lo mal que está el país. La imagen del presidente y de su gestión están por el suelo. Igual ocurre con las instituciones públicas. Hay un descreimiento en todos los sectores sociales. Los escándalos gubernamentales se suceden casi todas las semanas. Aunque el país carece de medios para informarse, la sociedad logra enterarse a pesar del cerco y el silencio informativo que ejercen los medios gubernamentales, los medios que ahora están en manos afectas al poder y los que se autocensuran.

La opinión pública, al igual que en aquel 6-D de 1998, está pidiendo un cambio. Reclama un buen manejo de la cosa pública. Quiere un gobierno transparente en las cosas que dice y hace. La sociedad civil en todos sus niveles cuestiona la corrupción gubernamental y la incapacidad para el ejercicio del poder. Al menos eso es lo que están expresando todos los sondeos del momento.

El escenario político de este 6-D se parece mucho al del otro 6-D. Si en 1998 Acción Democrática y Copei, incluso el Movimiento al Socialismo, no tomaron en serio la crisis de legitimidad, hoy el llamado oficialismo está teniendo la misma conducta. Si en aquel tiempo los partidos del estatus jugaron a la supervivencia pragmática, hoy el PSUV está haciendo otro tanto. Si en 1998 la sociedad política no supo ver y comprender la nueva realidad, el chavismo también peca de ceguera ante la realidad que ellos crearon y no ven la nueva escena que se cocina. Si el 6-D de 1998 daba paso a un nuevo país político, este 6-D puede dar paso a otro país político.

El discurso del chavismo se vuelve contra él mismo. Veamos este mensaje de Hugo Chávez en 1998, a los pocos días de acudir a las urnas el 6-D: “La patria agoniza entre el despotismo y la corrupción. La magna tarea a la que somos convocados todos los republicanos es a restituirle a ella la ética pública perdida, la majestuosidad ultrajada de las leyes, el imperio destruido de la Constitución y la honestidad prostituida de los gobernantes. La patria es un cuerpo moral regido por leyes supremas que garantizan un orden justo”. ¿Hoy no podríamos decir lo mismo en vísperas de este nuevo 6-D? ¡Seguro que sí!

 

III

 

La cotidianidad del venezolano está siendo excesivamente dramática. Ella afecta por igual a todos, opositores y seguidores del gobierno. Sin embargo, la autoridad se aferra y nos dice, aun viendo la situación, que esa realidad y sus problemas es creada por fuerzas extrañas y ajenas al poder mismo. Nunca aceptan ni han aceptado su responsabilidad. De ahí el empeño gubernamental de seguir por el mismo camino de la ineficiencia que en el tiempo se ha revelado como tragedia y pesadilla.

En este nuevo 6-D está la oportunidad del cambio. No de manera absoluta, pues se trata de la elección de una nueva Asamblea Nacional y la real posibilidad de que otros actores políticos irrumpan. Una Asamblea Nacional que pueda izar cambios, que exija diálogo al Ejecutivo y a las instituciones del Estado, que exija concertación política, que exija asumir en conjunto nuevas estrategias de sentido plural y de cultura democrática, no autoritaria.

Si el des-orden que reinaba en aquel 6-D de 1998 dio paso a un nuevo escenario político y a un futuro de incertidumbre… Ahora, ante el nuevo des-orden que impera tenemos otra vez la posibilidad de darle paso a un futuro más cierto que sepa enfrentar el presente con racionalidad y no con fanatismos extremos.

¡Bienvenido este 6-D!