• Caracas (Venezuela)

Marcelino Bisbal

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Marcelino Bisbal

Miedo a la expresión

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I

¿Cómo contar el miedo que siente el gobierno? Uno tiene la sensación, por todos los movimientos que últimamente se han llevado a cabo, de que en el Ejecutivo, sus ministros, los más cercanos al proyecto y hasta esos que llaman los agradecidos o los enchufados, el miedo está allí, explicable o inexplicable, pero allí está latente, al acecho. El miedo gubernamental significa confusión y dispersión, incluso angustia por no saber qué hacer de manera efectiva para controlar el desorden que ellos han creado por las acciones que toman, por las políticas que instrumentan. Quizás, más que hablar de miedo, tendríamos que referirnos a los miedos. En plural. El miedo vive de los miedos.

La pregunta que se tiene que estar haciendo el poder todas las mañanas al verse retratado frente al espejo es ¿qué hacemos con el miedo? ¿Cómo lo enfrentamos? ¿Qué acciones desarrollamos? Porque el país se les está viniendo encima, les está explotando en sus rostros y nada hacen o no saben qué hacer. O sí. Reprimir, insultar, manipular, violentar, huir hacia delante, levantar trapos rojos… esas son las conductas que promueven para ver cómo siguen EN el poder.

Llamaría a esas acciones los rituales del miedo. Quizás, pese a todo, como expresaba Carlos Monsiváis, algunos de los rituales del miedo, de los rituales del caos, pueden ser también una fuerza liberadora. A estas alturas, después de estos casi 17 años, vencer el miedo es casi imposible. Ni con la violencia física, ni con la violencia verbal, ni con la violencia simbólica es posible ya vencer el miedo.

 

II

En el terreno de las comunicaciones, de los medios, de la libertad de comunicar, es donde mejor se expresa el miedo del gobierno. Tenemos un régimen que ha instaurado la censura y su consiguiente autocensura como una manera de ocultar lo que realmente está sucediendo en el país. Allí está la Ley de Responsabilidad Social en Radio, Televisión y Medios Electrónicos que establece en sus artículos 27, 28 y 29 que se puede clausurar un medio, multarlo con cifras impagables y hasta encarcelar a los dueños por informar audiovisualmente o digitalmente lo que al poder no le favorece o no le cuadra.

Está la Ley Orgánica de Telecomunicaciones que en su artículo 5 establece que el Ejecutivo puede suspender el servicio de redes de telecomunicaciones por ser ellas de interés público; o el artículo 35 que confiere a la Presidencia las atribuciones de regular y sancionar; o el artículo 22 que determina que se puede revocar o suspender un servicio de telecomunicaciones o retirar la concesión cuando se juzgue conveniente a los intereses de la nación, o cuando lo exigiera el orden público. Pero no contentos, reforman el Código Penal según el un periodista o un medio puede ser juzgado si el funcionario público así lo considera porque siente que lo han difamado. A partir de ahí se han venido formulando normas, resoluciones y decretos que limitan el ejercicio del periodista, que generan conductas de autocensura y que restringen la posibilidad real de acceder a una información veraz y oportuna, tal como establece la Constitución en sus artículos 57 y 58.

 

III

James Madison (1751-1876) era norteamericano. Fue el cuarto presidente de Estados Unidos y uno de los redactores de su Constitución. A él se le deben conceptos como libertad de acceso a toda información; formuló las bases para el respeto a la opinión ajena y para que cualquier poder público se supeditara a la libertad de prensa y de expresión. En 1791 redactó una enmienda constitucional para garantizar que la libertad de pensamiento, de opinión y de expresión quedara fuera del alcance del poder estatal. Fue más allá y dejó escrito que: “Un gobierno popular sin información popular o sin los medios para adquirirla está ya en la antesala de una farsa o de una tragedia; o quizás de ambas cosas”.

Cuando contextualizamos ese pensamiento en la realidad del presente venezolano, no podemos sino estar de acuerdo con James Madison como intelectual inspirador de la democracia en general. Porque, como hemos apuntado muchas veces, la democracia se asienta “en una opinión pública permanentemente atenta a los asuntos de incidencia sociopolítica de repercusión institucional y colectiva”.

Este proceso político que vivimos desde 1999 le tiene un gran miedo a la expresión, al pensar distinto y a la disidencia. Diríamos que se trata de un miedo obsesivo ante las comunicaciones. La literatura ha sido rica en mostrarnos visiones de ese miedo o miedos a la expresión. La siempre nombrada novela 1984 de Orwell y otras más. Incluso trabajos de crónica periodística como El Imperio de Ryszard Kapuscinski. Esos textos se han convertido en la representación simbólica de un modelo de comunicación: “monodireccional, jerárquica, dominante y reguladora”.

 

IV

La propuesta no formulada por el gobierno es obligar a los periodistas y a los medios a inmovilizarse. Sin embargo hay resistencias como las de Tal Cual y El Nacional y algunas otras excepciones. Ante este des-orden de la mediocridad oficial, de la ortodoxia ideológica y de la idea de control, lo único que nos queda es la resistencia inteligente; la u-ni-dad por encima de personalismos. Otra vez repetimos a Monsiváis: Estos rituales del caos y del des-orden pueden ser también una fuerza liberadora.