• Caracas (Venezuela)

Marcelino Bisbal

Al instante

Frágil: en una simple hoja habita el universo entero

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I

La imaginación se asoma cada vez que tengo la oportunidad de ver, sentir  y disfrutar algún trabajo artístico de este amigo que es Víctor Hugo Irazábal. Su última exposición, Abrasiones, la realizó en el año 2011. Una intervención espacial a través de Lavapuntos. Intervención Río, expuesta en una pequeña sala del Centro de Arte Los Galpones de Los Chorros. Ahora nos sorprende con esta nueva muestra que presenta con el título de Frágil, a partir del 12 de mayo, en un recinto académico como es la Universidad Católica Andrés Bello, en su Sala Magis de Arte Contemporáneo del Centro Cultural Carlos Guillermo Plaza.

Si hurgamos en las páginas del Diccionario de la Real Academia Española encontramos que el vocablo frágil proviene del latín fragilis y posee dos significaciones precisas: “Que se quiebra o se rompe con facilidad”, y también nos dice de aquella naturaleza que es “débil, poco resistente o que se  estropea con facilidad”. Es que la esencia del ser, de nosotros los humanos, es la fragilidad como condición de existencia, del devenir en el tiempo y en nuestra propia condición como dimensión de la vida. El mismo Víctor Hugo nos expresa con relación a Frágil que “el espacio natural, dentro de su constancia, vive una ineludible actividad de cambio. Su fortaleza lleva implícita la fragilidad constante, donde aparecen y desaparecen otras realidades. Producto del proceso vital estamos inmersos en un entorno y un contexto en constante transformación”. Por eso lo frágil, la fragilidad, es lo que caracteriza nuestra existencia y todo aquello que nos rodea.

A partir de ahí Irazábal construye, con sentido artístico, toda una muestra sobre lo Frágil que se encuentra presente en la materia natural. En este caso, en unas hojas desprendidas del árbol, de la selva… recogidas en distintos lugares del país. Con razón se ha dicho que la obra de este artista constituye un trabajo de exploración hecho por un explorador que busca y rebusca en las tierras de nuestra geografía.

Víctor Hugo Irazábal logra representar en sus últimas muestras, que arrancan con su exposición individual Amazonas –hacia el año 1994–, la conjunción de diferentes elementos que provienen de lo urbano, de lo criollo, de lo indígena y de lo selvático.  Estos trabajos, en su conjunto, configuran un ecosistema estético de tal belleza que dispara la imaginación hacia un universo híbrido en donde el hombre, la naturaleza y los elementos que habitan en ambos, se armonizan en ese hábitat artístico que define a este creador. El propio Irazábal explicando lo que es su ecosistema artístico nos dice:

“Un ecosistema es la convivencia de la diversidad. En esa convivencia con la diversidad comenzó a interactuar mi experiencia como ser urbano. No me puedo desdoblar en un primitivo porque no lo soy, ya estaba contaminado con lo urbano, y decidí poner a convivir esas dos realidades”.

 

II

Creo que estoy entrando en un terreno que no me corresponde, pues no soy especialista en arte y mucho menos crítico en artes plásticas. Quien esto escribe es tan solo un espectador que disfruta o no de una obra, de una creación. En este proceso de recepción de la obra de arte como público me pregunto si el trabajo creativo de Irazábal parte de aquello que afirmara Walter Benjamin en relación al sensorium; es decir, una nueva sensibilidad que se expresa y materializa en la mezcla de técnicas que proceden de campos de creación distintos: la fotografía, el diseño gráfico, la pintura, el ensamblaje, el dibujo, intervenciones en el espacio, el recurso digital… Un estudioso de Benjamin, Jesús Martín-Barbero, nos lo expresa con estos términos: “Irrumpe así  una nueva forma de percepción cuyos dispositivos han dejado de ser el recogimiento y la totalización de la percepción clásica, para ser ahora la dispersión y la imagen múltiple”.

El trabajo de Víctor Hugo Irazábal compromete una experiencia estético-social diferente en donde el valor cultual de la obra de arte cede ante el valor exhibitivo. En tal sentido podemos decir con Walter Benjamin que: “Todo prodigio tiene dos caras,  la de quien lo hace y la de quien lo recibe. Y no es raro que la segunda sea más instructiva que la primera, puesto que incluye su misterio”. Esta idea siempre ha acompañado el trabajo y el pensar de Irazábal. En  1968 ya nos lo decía:

“Quiero que el espectador se sitúe en un plano de actividades dentro de mi obra y no en la pasividad que hasta hace poco lo había caracterizado. Ella es una invitación al público a penetrarla, abordarla, transformarla, vivir, palpitar y sentir dentro de ella”.

 

III

La primera vez que escuché de Víctor Hugo Irazábal fue en la Escuela de Comunicación Social de la UCV, por allá en la década de los años setenta. En 1972 ingresa a cursar estudios de Comunicación. Se gradúa en 1980, pero Irazábal ya venía con una trayectoria de estudio y trabajo sobre artes plásticas en general. Había formado parte de grupos y talleres experimentales donde empieza a darse a conocer como pintor, ilustrador, dibujante, ensamblador de objetos diversos, y paremos de contar.

En Víctor Hugo Irazábal encontramos dos vertientes creativas bien definidas. Por un lado, su trabajo artístico donde la pintura, el collage-ensamblaje y el dibujo son predominantes en sus obras. Pero también está presente la faceta del periodista, donde el ilustrador, el diagramador y el diseñador gráfico soportan y definen su trabajo. Desde esta segunda práctica nos conocimos con Víctor Hugo. Allí nació nuestra amistad –a comienzos de la década de los ochenta y hasta el presente– en el diario El Nacional donde se desempeñaba como coordinador de proyectos especiales y luego como diseñador-diagramador del Cuerpo E, del Papel Literario y de Feriado. Esta dimensión como diseñador e ilustrador de medios impresos la podemos encontrar, asimismo, en las revistas Bohemia, del Bloque de Armas; Mira; Fundateatro; en el periódico Economía Hoy; en El Mundo, de la Cadena Capriles y en el semanario humorístico El Sádico Ilustrado.

A partir de la década de los noventa se inicia su encuentro con la geografía y el paisaje del país. Primero fue la aridez de la península de Paraguaná, pero ya venía concibiendo su proyecto, quizás más ambicioso. Desde 1991 se asienta en el Amazonas con la idea de seguir los pasos de Humboldt. Por fin, finalizando el año 1994 presenta su muestra individual Amazonia. Signos sensibles. De este trabajo de inmersión y creación selvática e indígena surge el libro Amazonia. Apuntes de la inmensidad, editado en 1996 por la Fundación Polar. En esas páginas se recogen las notas y reflexiones del artista de su paso y recorrido por el Amazonas venezolano. El libro se abre con una cronología de Víctor Hugo escrita por su compañera Zulema González.

 

 

Un epílogo inevitable

En esta crónica, que apenas ha recorrido un breve trayecto del trabajo de este artista, quiero mencionar que mi amistad con Víctor Hugo creció desde que él se unió, en 1997, al equipo que edita la revista Comunicación de la Fundación Centro Gumilla. Ese año publicábamos el número cien y este se ilustraba con el trabajo sobre el Amazonas. Aparecía la primera “Galería de Papel” creada y coordinada por Irazábal hasta nuestros días.

Para finalizar, y como una nota al margen de este encuentro cultural, e inevitablemente tomándole el pulso a nuestra realidad-país, que se nos antoja como un des-orden que pretende reinar en todas partes, recogemos lo que este artista respondió a un periodista del diario El Nacional: “¿Qué pasaría en Venezuela si las artes plásticas incomodasen al gobierno como lo han hecho las caricaturas y el periodismo?”. Su respuesta: “La buena caricatura, el periodismo objetivo y el buen arte no son cómodos para ninguna revolución totalitaria. Aténgase a las consecuencias”.