• Caracas (Venezuela)

Marcelino Bisbal

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Marcelino Bisbal

Dialogando con el país

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Estamos en 1998. En ese año el país vive una crisis generalizada en sus instituciones. No hay confianza en ellas. No solamente los partidos políticos son la muestra visible de esa falta de credibilidad-honestidad-confianza. Por ejemplo, encuestas de la época nos dirán que 64% de la población tiene poca confianza en sus Fuerzas Armadas; 70% tiene poca confianza en la empresa privada; 81% tiene poca confianza en los sindicatos y 88% no tiene ninguna confianza en los partidos políticos –que especialmente cargan con los platos rotos–. Estas fueron las percepciones del momento.

¿Cuáles fueron las consecuencias, para el país y su gente, de ese descreimiento tan brutal hacia nuestras instituciones? Las estamos viviendo hoy. En aquel momento una buena parte de la sociedad, especialmente la que adversa estos ya casi 16 años del llamado proceso, apostaba por la presencia de un hombre de mano dura, que se caracterizara por su radicalismo en las actitudes políticas… En definitiva, creían que la solución y la salvación del país estaban en una personalidad autoritaria. Reinaba la antipolítica. Fue absurdo que para las elecciones presidenciales de ese año, unos meses antes del triunfo del ex teniente coronel, la sociedad apostara a una ex reina de belleza. ¿Por qué esa fascinación ante personalidades que políticamente son débiles, que estructuran un proyecto de país o bien en estilo tecnicolor –el caso de la ex reina de belleza–, o requieren, para afirmarse, acudir a las ideas de personajes como Bolívar o Ezequiel Zamora –en la mentalidad del ex teniente coronel?–. Pienso en aquello que escribiera José Ignacio Cabrujas en 1995: “Los venezolanos hemos generado muchos mitos en relación con nosotros mismos, porque los venezolanos somos admiradores de los mitos, porque no entendemos nuestra historia. Como ni siquiera la conocemos, nos hemos visto obligados a sustituir la historia por la mitología… Los venezolanos tenemos mitos, en los cuales creemos tanto que los convertimos en actos de fe… Aquí hemos afrontado siempre el dilema de que lo que somos, lo que nos ocurre, nuestro comportamiento, nuestro ser histórico no se corresponde con nuestros libros, con nuestro verbo, con nuestra palabra, con nuestras instituciones, con nuestras leyes y códigos”.

Ese electorado fascinado posibilitó el triunfo, hizo posible que se estableciera el des-orden que hoy campea por todo el país. Desbarajuste que no es producto solamente de los pocos meses que lleva Nicolás Maduro en Miraflores. Es el fruto de una improvisación y de la aplicación, a lo largo de todos estos años, de un conjunto de políticas públicas que no tienen ni orden, ni concierto, ni racionalidad. Allí están los resultados. Nunca un país, hasta los actuales momentos, había dilapidado la astronómica cifra de 1 millón de millones de dólares provenientes de la renta petrolera. Un país que en este 2015 tendrá que saldar 11.200 millones de dólares por servicio de la deuda externa en momentos en que el precio del petróleo está a la baja, en condiciones donde la capacidad de financiamiento está prácticamente cerrada. Pero no satisfechos con semejante hazaña financiera, han destruido en estos años la poca institucionalidad que nos quedaba. Hay un quiebre de la institucionalidad en el manejo de los asuntos públicos. Podemos seguir enumerando y haciendo un examen de los resultados de eso que han llamado modelo productivo socialista o, en definitiva, de la revolución bolivariana. La nota final sería un saldo en rojo. Simón Alberto Consalvi lo dijo en vida: “Habría que hacer una especie de gran informe de lo que significa este caballo de Atila sobre el mapa del país. Tiene efectos devastadores. Habría que hacer una especie de carta de naufragio, mejor que una carta de navegación. El naufragio de Chávez es el naufragio de Venezuela”.

Estamos ahora en 2015. La responsabilidad moral y política del país, de su gente, es enorme. Ante el panorama que tenemos frente a nosotros, ante la crisis que estamos viviendo, ante el crack existencial, el no tomar partido y no participar para que las cosas cambien es asumir una conducta indolente. Ya lo expresaba Umberto Eco en su Italia frente al posible triunfo de Berlusconi: “Para muchos será una invitación a ponerse una mano sobre la conciencia y asumir la propia responsabilidad. Porque ‘ningún hombre es una isla… No preguntéis nunca por quién doblan las campanas: doblan por ti”.

Hoy más que nunca la unidad de todos los factores políticos es una obligación ética. Hay diferencias ideológicas y políticas –bienvenidas sean– y de acción, pero volver a repetir la torpeza de 1998 sería una insensatez, además de incompetencia política. Se deben dejar las diferencias a un lado, ya llegará el momento para discutirlas y dirimirlas. La obligación de los partidos políticos y de su dirigencia es abonar y permanecer unidos. La historia reciente de países como Perú y Chile nos dice que la sociedad política unida pudo salir del trance del fujimorismo y del pinochetismo. Veámonos en ese espejo.

Es posible que estemos al final de un tiempo. Pero en ese tránsito nosotros los ciudadanos jugamos también. El síndrome de la desesperanza y de la desmotivación, que allí están, y que el gobierno alienta por diversas vías, debe ser superado. No caigamos en la torpeza de 1998. Ya hemos vivido y seguimos viviendo sus consecuencias. Creo que ya hemos pagado el peaje de aquella fascinación y decisión. El pensamiento de Fernando Savater nos dirá que “la ética política de la democracia nos exige ser participativos”.

Es hora, como decía Castro Leiva, de que empecemos a ver la política como cosa seria y digna. En ese sentido los partidos políticos que dicen hacer vida en la unidad, y la sociedad de esta nación que adversa este des-orden, deben asumir con responsabilidad sus deberes y sus acciones. Si de verdad los signos del des-orden que se asoman son el final de un tiempo, repitamos aquel verso del dramaturgo T. S. Eliot: “Todo final es un comienzo”.