• Caracas (Venezuela)

Marcelino Bisbal

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Des-Ordenar
El gobierno y el país a la deriva

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“A paso de cangrejo”.

Este primer intertítulo se lo tomamos prestado a Umberto Eco. Se trata de un libro, con ese título, que recoge sus artículos escritos y conferencias dictadas entre los años 2000 y 2005. El libro nos habla de un período fatídico, inquietante, lleno de historias y acontecimientos que constituirían auténticos pasos hacia atrás como nos escribe el autor.

Así, no hay duda de que nuestro país marcha a paso de cangrejo. Vivimos un escenario económico verdaderamente incierto. Todos los economistas lo están apuntando. Se nos dice que la debacle, el desastre, está ya a la vuelta de la esquina. Es más, lo estamos padeciendo cuando vamos al mercado, a la farmacia, a buscar un repuesto para cualquier maquinaria o para el carro, hasta lo más insignificante y simple no se encuentra. No se pensaba que podíamos llegar a esta situación, pero estamos donde estamos gracias a los entuertos de las políticas económicas asumidas aun a pesar de los avisos y las señales que desde distintos frentes se han venido y se siguen arrojando.

Sin embargo, es curiosa esta situación. Pareciera que vivimos en dos Venezuelas. Por un lado la del gobierno y por el otro la de nosotros, los ciudadanos. Se trata de una realidad paradójica. El gobierno declara, con retórica soberbia, que el modelo asumido ha sido todo un éxito. Vayan por delante sus palabras, las del presidente de la república: “Tenemos la certeza absoluta de que el modelo económico social del socialismo bolivariano es un modelo exitoso”. Pero la tozuda realidad contradice esa tajante y absoluta certeza. Incluso, intelectuales del proceso niegan esa afirmación: “La crítica sube cerros todos los días, la crítica hace colas en el Mercal, la crítica va a comprar pañales para adultos y a comprar toallitas para bebés. Yo invito al alto gobierno a hacer colas en Mercal”.

La gran pregunta, la formulamos una vez más, es cómo explicar que ante los altos precios del petróleo tengamos el desabastecimiento que padecemos, cómo se puede explicar la elevada inflación y cómo se entiende la contracción de la economía. Es el modelo, ni más ni menos. Es la incapacidad y la ineficacia para manejar la economía y para formular-aplicar políticas públicas cónsonas con los tiempos que vivimos y no con un tiempo que ya pasó hace rato. La historia ha demostrado las ruinas a las que condujo ese modelo atrasado en una buena parte de la humanidad. Un buen ejemplo lo ilustra la lectura de El Imperio de Ryszard Kapuscinski.

 

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Un enigma indescifrable.

Frente al escenario que dejamos atrás –2013– y que ahora se ha agravado exponencialmente, que va en picada y sin frenos, el presidente Nicolás Maduro vuelve a reincidir en su retórica grandilocuente cuando habla de los éxitos. En la presentación de su Memoria y Cuenta 2013 insiste en lo mismo:

-Se trata de la construcción del poderío económico de Venezuela como potencia energética, agroalimentaria e industrial, desde ya y a futuro. Obliga a consolidar los avances…

-Queridos compatriotas del mundo, Venezuela es un país perfecto y especial para que las inversiones de todo el mundo vengan a trabajar con nosotros, a traer tecnología, a compartir el trabajo y, sobre todo, a compartir la prosperidad futura…

-Aquí tengo un documento muy importante que estamos perfeccionando, de los siete equilibrios económicos del Plan de Acción 2014, para la constitución de un nuevo orden económico rumbo al socialismo…

Me he quedado pensando si realmente se lo creen. El gobierno perdió la brújula. Mi conclusión es fatalista: este gobierno y sus seguidores, sus líderes de charretera y los más fundamentalistas, están jugando al papel de ser kamikazes. Los kamikazes, como nos lo define Umberto Eco, eran individuos que observaban rituales y reglamentos, y si los manuales decían que en el avión había que llevar casco ellos obedecían. El gobierno, este nuevo kamikaze del siglo XXI, se está suicidando políticamente al practicar e insistir en hacer lo que no hay que hacer, en ejercitar lo que ya ha sido probado y ha fracasado. Quizás esta pulsión a arriesgar todo en un modelo suicida se deba a la falta de principios en el manejo de los recursos públicos –co-rrup-ción pude ser la palabra que lo defina– y a la idea de que el poder emborracha. Teodoro Petkoff en estos días hablaba en su editorial de La gran comilona en alusión a la película de Marco Ferreri (1973) en la cual cuatro personajes  tienen un suicidio gastronómico colectivo engullendo sin parar hasta reventar y pecando a lo grande.

Estamos inmersos en el des-orden más deslumbrante y absurdo que hayamos visto en el país. Miren que hemos visto y vivido algunos, pero como este creo que ninguno. En este des-orden el gobierno en cada medida que toma hace gala de su resentimiento, de la ineptitud del modelo y de su excepcional capacidad para destruirlo todo.