• Caracas (Venezuela)

Manuel Donis

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Una historia de nuestra frontera oriental

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La Academia Nacional de la Historia en coedición con el Banco Central de Venezuela publicó en fecha reciente un libro que lleva por título: Una Historia de Nuestra Frontera Oriental. Las colonias holandesas en Guayana cambian de dueño (1795-1814), del P. Hermann González Oropeza, S. J (1922-1998), con Prólogo e incorporación de cartografía histórica, de Manuel  Alberto Donís Ríos.

Se trata de la obra póstuma de este ilustre jesuita caroreño, quien fuera en vida Experto en Historia Territorial, miembro de la Comisión Especial Presidencial para la Reclamación del Esequibo y Asesor de la Cancillería venezolana entre 1963 y 1986.

Hermann González se desempeñó como investigador histórico en los archivos británicos entre los años cincuenta y sesenta. Lo acompañó Pablo Ojer Celigueta. A ellos se debió el Informe que los Expertos venezolanos para la cuestión de Límites con Guayana Británica presentan al Gobierno Nacional (Caracas, 18 de marzo de 1965), documento que hizo posible, la sustentación histórica, geográfica y cartográfica que realizó Venezuela para  la devolución del Territorio Esequibo que Gran Bretaña le arrebató en virtud del Laudo de París de  3 de octubre de 1899.

Los documentos de su curriculum vitae que se conservan en el Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Católica Andrés Bello que él y Pablo Ojer fundaron en 1957 (y que hoy lleva su nombre), todos incompletos por decisión propia, nos dicen que ingresó a la Compañía de Jesús en 1943 y que diez años después se ordenó de sacerdote. Estudió Filosofía y Teología en España y Gran Bretaña. Se doctoró en Filosofía en la UCAB, donde fue profesor desde 1956 y hasta su muerte, el 10 de febrero de 1998. 

El P. Hermann viajó a los confines de su amada Venezuela y sus opiniones sobre Historia Territorial fueron respetadas por los presidentes de la era democrática. Su memoria prodigiosa le permitía citar textualmente párrafos enteros de libros. Ningún tema le era ajeno; fue un lector voraz. El tercer piso de la Iglesia de San Francisco en Caracas, su residencia durante largo tiempo, fue testigo de su extensa biblioteca. Pero no se crea que su conocimiento era superficial o enciclopédico: en un dos por tres podía, eso sí, cafecito en mano, armar a profundidad un proyecto de investigación. Fue un historiador serio, analítico por consiguiente y dio el justo valor al documento, aunque fue un poco heterodoxo con la metodología.

Le faltó publicar más. Unos pocos libros que bien pudieron ser una veintena. Era reacio a escribir y no por carecer de buena pluma.  Recordamos ahora los fundamentales: Iglesia y Estado en Venezuela (1977 y 1997); Atlas de la Historia Cartográfica de Venezuela (1983); Historia del Estado Monagas (1985); Historia de las Fronteras de Venezuela (1989); La Iglesia en la Venezuela Hispánica (1991).

El texto que hoy publica la Academia Nacional de la Historia en coedición con el Banco Central de Venezuela, bajo el título Una Historia de nuestra frontera oriental. Las colonias holandesas en Guayana cambian de dueño (1795-1814), corresponde a un trabajo inédito que aborda un aspecto muy poco conocido de la historia de la frontera oriental de la Capitanía General de Venezuela, hoy República Bolivariana de Venezuela, en particular de la provincia de Guayana, con las colonias holandesas de Esequibo y Demerara, Guayana Británica a partir de 1814 y en nuestros días República de Guyana.

Una historia interesante, sin duda, inmersa en una coyuntura en la que a la postre los holandeses fueron desplazados oficialmente por los ingleses, nuestros nuevos vecinos a partir del 1814 cuando se firmó la Convención entre S. M. Británica y las Provincias Unidas de los Países Bajos relativa a sus colonias (Londres, 13 de agosto). Historia que fue dejada de lado en el proceso Arbitral iniciado en 1897 [a raíz de la controversia limítrofe entre Venezuela y Gran Bretaña por el territorio Esequibo]. De haber sido al contrario, expresó el autor,  “tal vez nos podríamos dispensar de este trabajo, más el caso es el contrario”.

Hermann González demuestra hasta la saciedad el desarrollo en todos los órdenes alcanzado en la Guayana venezolana [nuestra Guayana venezolana repite constantemente], una provincia en expansión, con desarrollo propio representado en gran parte en la riqueza de las misiones capuchinas catalanas, y traducido en el control territorial y marítimo con epicentro en Angostura; en abierta contraposición con la penosa situación de las colonias holandesas en Esequibo y Demerara, suerte de colonización de fachada marítima, sin poblados, “sólo depósitos comerciales o puestos militares o avanzadas mercantiles”.

Hemos dicho que la Guayana venezolana tuvo para los años finales del siglo XVIII y comienzos del XIX,  el control territorial y marítimo con epicentro en Angostura. Los ataques corsarios contra embarcaciones inglesas se intensificaron, no obstante la pérdida de la isla de Trinidad a partir de 1797. Preocupó mucho al Almirantazgo Británico que la marina guayanesa, perfectamente adaptada a las regiones geográficas de la región, se convirtiera en ama y señora de la “Costa Salvaje”, es decir, la fachada atlántica de las colonias de Demerara y Esequibo, llegando no sólo a capturar un buque inglés en 1798 luego de un combate naval, sino que incluso, los corsarios llegaron a desembarcar en dichas colonias, causando daños materiales y obstaculizando seriamente su actividad comercial.

Con lujo de detalles el P- Hermann se detuvo la vida en las colonias holandesas de Demerara y  Esequibo a partir de la segunda mitad del Siglo XVIII, sujetas a los vaivenes políticos de su Metrópoli europea. La Francia revolucionaria ocupó militarmente a Holanda en 1795 y el Statúder tuvo que refugiarse en Londres. En las colonias holandesas de Guayana hubo disensiones internas; los colonos ingleses trabajaron para que Inglaterra las ocupara militarmente, mientras que los colonos holandeses estaban a favor de la Casa de Nassau. Como si fuera poco conflictiva esta situación, se produjo una rebelión de esclavos en Demerara a los que hubo que someter, influenciados éstos por lo ocurrido en la vecina Surinam, donde los fugitivos habían logrado crear una República casi independiente.

Usted se preguntará la razón de la presencia de colonos ingleses en Demerara y Esequibo. Y este es un aspecto fundamental de esta investigación.  El P. Hermann refiere la vida miserable que se vivió en las plantaciones holandesas de Demerara y Esequibo y cómo sus habitantes tuvieron que aceptar que los ingleses se fueran introduciendo con su capital dentro de ellas, al punto de que para 1760 la mayoría de los colonos eran británicos; proceso que se aceleró con las migraciones que por motivos políticos hicieron los ingleses desde la isla de Tobago.

Fueron los colonos ingleses quienes presionaron a Inglaterra para que ocupara de forma definitiva las colonias holandesas en Guayana. “Sin que se disparara un sólo fusil”, aquélla tomó  Stabroek el 22 de mayo de 1796 y desde entonces “cambió la nacionalidad de nuestros vecinos” de la frontera oriental.

Con claridad meridiana el autor estableció la diferencia entre el trato que se le dio al esclavo en las colonias holandesas y el que se le concedió en las colonias españolas. Dijo al respecto: “Hay en verdad distinción entre ser núcleo formador de una población y estar confundido en el anonimato cruel de las moliendas de caña con la sola misión de aumentar las ganancias de una tierra lejana. Entre ser cimiento de una nación que se ve crecer como suya y el puro vivir inconsciente de una pieza más en la máquina de producción de una Metrópoli colonial”.

Y advirtió que crueldad y atropello para el esclavo lo hubo en ambas colonias, “pero existía una diferencia de grado favorable a España”. Pero lo más importante, lo sustancial, subrayó, en el juicio de la historia “es la trascendencia de una política presente sobre las proyecciones futuras. Es la actitud colonizadora. Y concluyó: “Fue la decisión del español la que vino a dirigir la construcción biológica de nuestra Venezuela y que recomendaba para hacer crecer a Guayana, la experiencia “de los amenos y opulentos pueblos de La Victoria, Turmero, Aragua, Guatire, Guarenas y otros...donde no hubo escrúpulo de mezclar españoles con indios”.  

Previene, como historiador, que esta situación obedeció en parte a la decisión política española de estrangular a las colonias holandesas de Curazao y Esequibo y Demerara por medio de la liberación automática de los esclavos prófugos al pisar suelo venezolano. Pero “precisamente el éxito de esta política [concluye] es la mejor prueba de que Venezuela era tierra de mayor libertad para esos esclavos”.

Sin duda, al revisar algunos Concilios y Sínodos americanos del siglo XVII, se puede constatar el papel que jugó la Iglesia Católica en la defensa del esclavo que provino de África, en cuanto a su condición de ser humano. Resulta difícil de entender la posición de la Iglesia Católica frente al problema de la esclavitud, pero se puede resumir en una frase: esclavitud del cuerpo, más no del alma. No combate abiertamente el sistema esclavista, cierto, pero luchó por mejorar las condiciones de vida y sobre todo, la vida espiritual de los africanos traídos en la triste condición de esclavitud a suelo americano.

Un ejemplo lo representa el Sínodo realizado en Caracas en 1687, quizás la posición más avanzada en cuanto a legislación se refiere frente al problema de la esclavitud. Se puede objetar que  la Iglesia poseyó esclavos, por compra o donación; o que esta legislación sólo fue posible en el siglo XVII, cuando la trata no tenía las dimensiones que tuvo en la Centuria siguiente, pero no puede menos que admitirse que la institución eclesiástica venezolana asumió la defensa del esclavo como quizás no ocurrió en otras latitudes de América.

Dice el autor en este texto cargado de sinceridad:

 “El espíritu de un sistema [el español] siembra a una nación futura: una nación mestiza, pero libre. El otro [el holandés] perpetúa un vasallaje. En nuestro caso el negro y el mestizo que penetraban el interior de Guayana afirmaban derechos y fundaban títulos en las tierras desocupadas de Guayana. En el otro el derecho sólo podía cobijar lo ocupado por el blanco.

Se puede tachar de hipócrita la política española que se apoyaba en la libertad para el culto católico para lograr con él el objetivo, puramente temporal, como era la ocupación de tierras. No se haya de calificar de tal, pues la pretensión era la de obtener un doble fin, aún cuando se le diera prioridad a lo temporal y político.

Pero sea de ello lo que fuera, el hecho es que la oferta del catolicismo que hacía España al negro fugitivo [éste huía de las plantaciones holandesas y se refugiaba en suelo de la Guayana española], aún prescindiendo de los valores de verdad anejos al cristianismo, era un apoyo que se le negaba al negro en nuestras colonias, en el camino de su cultura y liberación”.

Destaca de igual manera el P. Hermann la valoración de los elementos indígenas y mestizos: “De nuestra sangre india no cabe más que gloria. Gloria para el blanco que no acabó con el indio y se fundió con él. Gloria para el indio que con su suelo dio su sangre para una patria nueva y mejor. El indio y mestizo que acudió a la defensa de Guayana no era sin embargo el idiota que suponía Mc Craegh [mayor coronel del Regimiento negro del gobernador Hislop], conocedor sólo del indio en Demerara. Por eso cuando en la hora de destrucción de las misiones muchos de sus indios se fugaron hacia el Esequibo, el asombro inglés no conoció límites”.

No se crea que la visión del sacerdote jesuita prevalece por sobre la del historiador. Por el contrario. Hermann González analiza los hechos documento en mano. De allí el impresionante aparato crítico de esta investigación y su calidad, procedente en su mayoría de Archivos europeos de difícil acceso.

El lenguaje es ameno, a veces jocoso, vernáculo, pero siempre directo y sincero. Hace su oficio el historiador y lo advierte. Un solo  ejemplo a modo de ilustración: “La explicación que vamos a insinuar es obvia para el que considera el momento histórico de esos años difíciles de las guerras de la Revolución y del Imperio. Es clara si nos sabemos colocar en la mentalidad de nuestros antepasados de ese entonces y ver con sus ojos la situación presentada a sus puertas”.

Se analizan las fuentes dentro de su contexto, histórico: “Si queremos penetrar los sentimientos de los venezolanos en estos momentos turbulentos, no podemos dejar de echar una mirada a lo que Francia iba cumpliendo en Europa, porque nos es difícil ahora caer en cuenta del significado, ante los ojos de nuestros mayores, del destrozo del orden establecido que tenía lugar en Europa”.

Posición relevante ocupa en esta historia la labor realizada en la provincia de Guayana por los capuchinos catalanes. Recordemos que para la segunda mitad del siglo XVII, en vista de las limitaciones y abusos de la cristianización a los naturales bajo el régimen de doctrina, tomó auge la creación de pueblos de Misión. Indígenas con misioneros, sin otra presencia europea o criolla, en las llamadas Misiones Institucionales, entendiendo por ésta  el sistema mixto de empresa evangelizadora y escolta de soldados para realizar las llamadas entradas y recoger a los indígenas, reduciéndolos luego a poblado.

La conquista y colonización de los extensos territorios interiores inexplorados fue encomendado a las misiones institucionales, las cuales contaron con el apoyo económico de la Corona española. A  ellas se debió el poblamiento de la mayor parte de Venezuela, destacando en esta labor los capuchinos, franciscanos, observantes, dominicos, agustinos y jesuitas.

Los capuchinos catalanes tuvieron un éxito notable en Guayana. En 1718 fundaron una misión en Suay, cerca de la desembocadura del Caroní en el Orinoco; reconocieron el clima, el temperamento y las características físicas de la región, especialmente la calidad de sus suelos, con la intención de establecer un hato y resolver el problema de la falta de alimentos, indispensables para iniciar con base sólida la Misión. La fundación del primer hato en Suay en 1724 marcó el verdadero principio de las misiones capuchinas en Guayana y permitió avanzar y poblar hacia el interior del territorio, en sitios estratégicos que cerraron el paso a caribes, holandeses y portugueses.

Con la fundación del hato en Suay los capuchinos lograron dar un salto cualitativo de un sistema económico basado en la recolección, la caza y la pesca, con pobladores nómadas o seminómadas, a otro sistema donde imperó la cría de ganado y el cultivo de la tierra, actividades que estuvieron acompañadas de otras de carácter artesanal, lo cual hizo posible el autoabastecimiento de la Misión, e incluso la producción de excedentes que se exportaron a otras latitudes.

Sobre esta base económica firme, los capuchinos catalanes pudieron organizar la empresa misional y el trabajo de los naturales, convirtiéndolos en entes productivos. Esto explica la expansión misional, acompañada de una defensa efectiva del territorio, expansión que se tradujo  en la fundación exitosa de unos 28 pueblos de indígenas y 2 villas de españoles.

Sobre los capuchinos catalanes giró el desarrollo económico de la provincia de Guayana. Ellos prestaron el auxilio necesario a sus pobladores para su supervivencia. Ellos apoyaron económica y logísticamente a la Comisión de Límites de 1750. El traslado de la capital de la provincia al sitio de Angostura y la construcción de la nueva ciudad, sólo fueron posibles gracias al trabajo de los indígenas de las misiones.

Sin las misiones capuchinas catalanas, verdaderas instituciones de frontera, no habría sido posible el poblamiento, ni siquiera el conocimiento práctico del territorio guayanés. Con razón los ingleses intentaron disminuir, o negar, incluso en sus alegatos, la labor misional desarrollada por los misioneros catalanes. Particularmente se negaron en reconocer la existencia del fortín del Curumo, construido en la zona de contacto entre el Esequibo y el Caroní, a través del Cuyuní, vía natural de penetración desde y  para la colonia de Esequibo.

Con toda razón concluyó el P. Hermann lo siguiente sobre la labor capuchina en el Orinoco: “El avance capuchino en Guayana había sido tan rápido y efectivo en la segunda mitad del siglo XVIII, que para estos años de finales del siglo la obra era más bien de consolidación y afianzamiento. Consolidación frente al ataque caribe que el colono holandés enviaba desde Esequibo. Dado el cierre y control el recién construido fortín sobre el río Cuyuní en Curumo, las misiones podían darse a la hora segura de consolidar y perfeccionar lo hecho”.

Lamentablemente para los capuchinos su labor se vio interrumpida por sus enfrentamientos con las autoridades civiles de la Provincia. Razones e intransigencia de ambas partes paralizaron la labor misional. El talón de Aquiles de los frailes fue el de negarse a entregar los pueblos de misión al Ordinario Episcopal y al régimen civil, una vez vencido el plazo establecido en las Leyes de Indias.

Las misiones fueron la fuerza de choque de la expansión territorial y primordial fundamento de una política de fronteras. La debilidad del sistema radicó en el costo humano que implicaba abandonar el misionero lo que había levantado con esfuerzo durante años: sus pueblos. La debilidad del argumento civil fue el no visualizar a mediano y largo plazo cuánto significaba desde el punto de vista geopolítico entorpecer el proceso poblacional expansionista capuchino  hacia el Mazaruni y Esequibo.

De allí la confesión de Hermann González al respecto: “Podrá parecer este juicio sobre la actuación de los misioneros inexacto o incorrecto. Ojalá aparezcan otros documentos que cuenten una diferente historia de los que he logrado reconstruir, y se ofrezca una explicación más adecuada de los aquí manejados. Me contento con que se me reconozca la sinceridad en la interpretación de los hechos. Mi carácter eclesiástico me hubiera inclinado a encontrar otra explicación, si no estuviera comprometida la sinceridad histórica”.

Inglaterra negó la labor de los capuchinos en el Tribunal de Arbitraje y la existencia del fortín del Curumo. No estaba dispuesta a permitir que los Estados Unidos de Venezuela siguiera controlando un territorio rico en oro como se pensaba entonces. Ante esta realidad, Gran Bretaña quiso sepultar los avances hispanos en la cuenca del Cuyuní, las penetraciones llevadas a cabo por los misioneros capuchinos Benito de La Garriga y Mariano de Cervera, alegando incluso que los españoles desconocían la zona del alto Esequibo, Potaro, Rupununi y Siparuni. Fue más allá en su argumentación y  negó a España, incluso, el control del Cuyuní.

Por esta razón, como bien expresó el autor de este trabajo, “no hay nada más injusto en todo el Laudo Arbitral de París de 1899 que el límite otorgado a Venezuela sobre el Cuyuní. Aunque nos otorgó unos cuantos afluentes de la margen norte del Cuyuní, en las proximidades del Río Curumo hizo retroceder la línea fronteriza en las vertientes fluviales del sur de esa línea unos 30 kilómetros, para entregarle a Inglaterra toda dicha zona hasta el río Venamo”.

Obviamente, en el texto que hoy ofrecemos y que fue dejado de lado, como advertimos en el proceso Arbitral iniciado en 1897, el Experto en Fronteras constantemente se refirió a él. Recordemos brevemente esta historia: En 1.824 Gran Bretaña reconoció la frontera entre la República de Colombia [de la que formaba parte Venezuela) y la Guayana Británica en el río Esequibo, pero hacia la década de los años cuarenta, el explorador Robert Shomburgk, comisionado por el Gobierno inglés para realizar una nueva exploración y elaborar un Mapa de la Guayana Británica, presentó una línea que abarcaba unos 142.000 Kms2 de territorio venezolano, que partiendo del Barima y siguiendo una dirección Norte-Sur, concluía en el monte Roraima.

Gran Bretaña izó su pabellón en Punta Barima y levantó hitos con el anagrama de la reina Victoria. El Gobierno venezolano protestó y se inició así la Controversia limítrofe. En 1850 ambos gobiernos intercambiaron Notas acordando no ocupar el territorio en litigio, y de presentar como máxima aspiración la línea Shomburgk de 1840.  No obstante, Gran Bretaña, interesada en expandir la línea fronteriza sobre la cuenca aurífera venezolana del Yuruari, lanzó sus colonos hacia el occidente del río Esequibo, buscando alcanzar la cuenca aurífera del río Yuruari, adulterando luego los mapas originales de Schomburgk (muerto en Berlín en 1864). En 1887  trazó una nueva línea, en la que sus aspiraciones territoriales pasaron a 167.830 kms2 de suelo venezolano.

El Gobierno de la Gran Bretaña declaró que esta línea siempre había sido el término de referencia (en realidad, el Foreign Office no conoció su existencia hasta junio de 1886). Poco después afirmó que esta línea era de estricto derecho e hizo avanzar sus aspiraciones hasta las cercanías de Upata con una nueva línea que abarcaba 203.310 kms2 de territorio venezolano.

El gobierno venezolano rompió relaciones con Gran Bretaña y encaminó su acción a tratar de someter la controversia limítrofe a una decisión arbitral. Gran Bretaña se negó a la petición y en 1895 se produjo el “incidente del Yuruán”, en la que varios policías ingleses que habían ocupado este puesto en la margen derecha del mencionado río, fueron hecho presos por tropas venezolanas y enviados como tales a Ciudad Bolívar.

Inglaterra aprovechó el incidente para exigir a Venezuela, mediante ultimátum, la aceptación de la nueva línea Schomburck. Nuestro país se negó e hizo gestiones para una  intervención estadounidense en el conflicto. En 1896 el gobierno británico y el secretario de Estado estadounidense, representando a Venezuela, abrieron las negociaciones. El Tratado Arbitral tiene fecha 2 de febrero de 1897. El Laudo se dictó en París el 3 de octubre de 1899 y como es conocido fue desfavorable para Venezuela, siéndole arrebatados 159.000 kms2 que  hoy reclamamos.

La documentación actual permite comprobar que la sentencia arbitral obedeció a un arreglo entre los jueces, quienes atendieron  a sus intereses sin considerar los títulos exhibidos por las partes. Se puede determinar como el Laudo está gravemente viciado, tanto de forma como de fondo. Falta, por ejemplo, la motivación de la sentencia; así como el haber dado otorgamiento jurídico a una línea adulterada. Esto sin contar con el hecho de que juzgó y sentenció sobre asuntos que no eran inherentes a la decisión arbitral, como por ejemplo, el darle carácter internacional a la navegación por el río Barima. 

Otro tema en el que se detuvo el autor fue la posición Realista asumida por la provincia de Guayana  a raíz de los sucesos del 19 de Abril de 1810. Caracas había sido “madrastra” para con Guayana, allí estaba la raíz de sus males”.

Inicialmente Guayana decidió secundar el movimiento caraqueño, formándose una Junta Suprema de Gobierno de la Provincia de Guayana  (11 de mayo de 1810) integrada por peninsulares y criollos pero poco después se produjo la reacción. Bajo el decisivo influjo de los misioneros capuchinos catalanes, defensores de la Corona y contrarios a la formación de Juntas con criollos, ésta se disolvió y quienes defendieron la autoridad de Caracas fueron enviados prisioneros a España y Puerto Rico.

La nueva Junta guayanesa juró fidelidad a la Regencia y designó al coronel Matías Farreras como gobernador de la provincia. Aparte de los recelos producto de las trabas económicas impuestas desde Caracas debemos considerar que Guayana siempre tuvo una posición firme y sostenida ante Inglaterra en defensa de sus fronteras. Tenía motivos para recelar del proyecto caraqueño en momentos en que España era su aliada frente al enemigo común: La Francia de Napoleón. A diferencia del resto de las provincias, Guayana temía un predominio inglés en el futuro.

La Guayana Realista se aprestó a defender su territorio, materializado en 1812 con la creación de una flotilla que protegía el Orinoco. Ésta  destrozó, el 26 mes de marzo y en el sitio de Sorondo, a su homóloga republicana al mando de Felipe Esteves, enviada por Caracas. Bajo las gobernaciones de Matías Farreras, José de Chastre, Andrés de la Rúa, Nicolás Ceruti y Lorenzo Fitzgerald, Guayana defendió la causa del Rey. La tranquilidad de los guayaneses terminó en 1817 cuando el general Manuel Carlos Piar derrotó al general Miguel de La Torre  en la batalla de San Félix; entonces los enormes recursos y las ventajas estratégicas de la Provincia pasaron a manos de los patriotas.

Amable lector: está usted ante una historia de reafirmación territorial. La de la Guayana venezolana. La de una provincia  “Centinela ante la invasión extranjera” como la definió Hermann González. Como lo fue durante todo el siglo XIX. Centinela de afirmación autóctona “ante una frontera injusta debe seguir siéndolo hoy”.

Un libro que representa “una renovada llamada al amor a Venezuela (…)  más allá de las palabras o de los oportunismos”. Una historia poco conocida y muy significativa de nuestra frontera oriental, frontera que hoy reclamamos y que nos corresponde por legítimos títulos.

El gobierno venezolano está en la obligación de exigir el cumplimiento del Acuerdo de Ginebra (17 de febrero de 1966). No se debe perder de vista que las “soluciones satisfactorias” de la Controversia pasan por “el arreglo práctico”, establecido en el Artículo I de dicho Acuerdo.

Venezuela debe insistir, repetimos, en lograr el arreglo práctico de la Controversia. Debe mantener viva la Reclamación y deberá hacerlo hasta que se produzca una solución favorable para nuestro país, víctima del Colonialismo británico de finales del siglo XIX. 

Venezuela no puede dejar de pronunciarse sobre los actos unilaterales que ejecute o pretenda ejecutar la República de Guyana en la Zona en Reclamación y en el Mar Territorial, Zona Económica y Plataforma Continental que le corresponde. En Derecho Internacional público el silencio, otorga, al  demostrar “aquiescencia”.

 

*Instituto de Investigaciones históricas, UCAB.