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Luis Rappoport

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Luis Rappoport

El Mercosur, de la grandeza a la mezquindad

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Europa fue un espacio de guerras. Ninguna otra geografía del planeta fue testigo de matanzas de la envergadura y de la persistencia europea. Tras la Segunda Guerra Mundial, la construcción del Mercado Común unificó en la sensatez a una diversidad de culturas, religiones, idiomas, rencores y horrores.

Iberoamérica es una experiencia radicalmente distinta: dos culturas y dos idiomas que son uno solo. Somos hijos de las coronas ibéricas, de la religión católica, del portugués y del castellano, de pueblos originarios y de la inmigración europea. Somos una identidad que -en el período de la construcción de los Estados nación- nos las arreglamos para buscar diversidades. Como éstas nunca fueron demasiado convincentes, aunque tuvimos nuestras guerras, nos ahorramos las matanzas de la escala europea.

Los europeos construyen una identidad desde la diversidad. Los iberoamericanos construimos diversidades desde una identidad de origen. Desde el inicio de la experiencia americana hubo aspiraciones de unidad, aunque hasta un pasado no tan remoto llegamos a diseñar hipótesis de conflicto con vecinos que nunca dejaron de ser hermanos.

En 1991, durante la presidencia de Carlos Menem, se lanza el proyecto de Mercado Común entre la Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, el Mercosur. Como en Europa, el cimiento del edificio por construir debía ser económico. Si los intereses comerciales se conciliaban, se podrían abrir capas sucesivas de normas comunes hasta llegar a acuerdos políticos y estrategias integradas de inserción internacional.

En los inicios, tanto el arancel externo común como la eliminación de barreras al comercio intrarregional avanzaron. Luego, en un número importante de productos sensibles las cosas se fueron haciendo más lentas. Sin embargo, el desafío más importante que tenía el proyecto era que la Argentina y Brasil alcanzaran un equilibrio macroeconómico compatible con la estabilidad de los acuerdos comerciales y arancelarios.

El ordenamiento de las economías era condición necesaria para que el Mercosur se pudiese proyectar como un jugador significativo en la arena internacional. La Argentina y el Mercosur tuvieron una extraordinaria ventana de oportunidad entre 2002 y 2007, cuando nuestro país combinó una razonable estabilidad cambiaria, superávits externo y presupuestario, un empleo industrial en crecimiento y un dólar competitivo. Fue un punto de partida posible para el desarrollo económico argentino integrado en un Mercosur fortalecido. La condición era preservar el nuevo equilibrio macroeconómico con flexibilidad cambiaria.

La oportunidad abierta fue desaprovechada: al tomar la decisión de inflacionar la economía, el presidente Kirchner optó por la mezquindad y por lesionar el tramado productivo argentino y el proyecto del Mercosur. En lugar de aumentar los salarios, por ejemplo, un 5% sin inflación y según el aumento de la productividad, se optó por aumentos del 20%, pero con un 15% de inflación. La destrucción del Sistema Estadístico Nacional fue parte de la estrategia de la mezquindad. Se engañaba a la población con aumentos que no eran tales y con cifras fantasiosas. La política monetaria, fiscal y de ingresos promovía la inflación. El aumento de los precios combinado con un tipo de cambio, tarifas y energía anclados eran una invitación al desastre. Y el desastre llegó con el cepo y las restricciones a las importaciones. Si al inflacionar la economía la Argentina hería al Mercosur, al imponer restricciones al comercio regional le daba su tiro de gracia. La administración Kirchner mató el proyecto más ambicioso de la región. Y si costó generaciones eliminar las hipótesis de conflicto, los monarcas de la mezquindad se inventaron una guerrita insensata con Uruguay en nombre de la política ambiental. Eso, en boca de un país y un gobierno con pésimos estándares de defensa del medio ambiente.

El autor es miembro del Club Político Argentino.