• Caracas (Venezuela)

Luis Pedro España

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El temor de los inocentes

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Estamos en un atolladero. Más allá de las posturas radicales o moderadas, de las imposturas ideológicas, así como de los permisos que se debe dar cada bando, hay dos aprensiones que impiden cualquier posibilidad de encuentro. Una es el temor del gobierno y otra, el de los inocentes.

El temor del gobierno se divide en dos. El primero es el de los jefes. Aunque quizás no todos, ellos saben que le deben cuentas a la justicia, a los derechos humanos o ambos. De allí emana un segundo temor, el que los primeros infunden al resto que les son próximos, aquellos que no saben si tienen o no una cuenta pendiente. Tanto obrar de una manera los hizo perder la frontera entre lo legal y lo ilegal. Para estos el mensaje en la oreja es el mismo: No importa si hiciste o no hiciste, la oposición tiene un cuchillo en los dientes, no diferencian y vienen por todos.

Todo régimen abusivo tiene el temor del culpable, pero existe otro, no tan cercano, que sabe que ni se lucró ni le desgracio la vida a nadie, pero que también tiene miedo. Es el temor de los inocentes. El que se incuba en la incertidumbre y en el no saber en qué parará. No depende de si se cree o se presume culpable, si es de un bando o del otro, consiste en el simple y muy humano temor al caos. Este miedo juega a favor del sistema, es incluso bastante conservador y, si no hay un mínimo de transmisión de confianza entre los propugnadores, se puede volver un miedo paralizante que reste fuerzas al empuje de cambio.

En la medida que se pasa el tiempo y el país entero se va asustando, las posibilidades de un cambio electoral, pacífico y constitucional, tal y como se lo ha planteado desde hace mucho la oposición, es más complicado, tiene más aristas y, claro está, más obstruccionistas y temerosos pasivos que se pueden sumar a los enemigos activos. Cada día que pasa aumenta la hinchazón de la ingobernabilidad y, por lo tanto, es más difícil planificar un cambio, gestionar una ruta que haga descender los temores y reduzca la confianza de los que no son culpables.

Aunque en abstracto parezca posible, capitalizar el caos, ofrecerse como la paz, parecer mejor que el cambio, no es una posibilidad para este gobierno. Requeriría de una astucia y una coherencia que definitivamente no tiene. No somos del parecer de que el oficialismo tenga un plan preconcebido. Sus erráticas acciones solo demuestran pura y simple improvisación. Este gobierno de coalición interna donde cada bando (¿quién sabe cuántos son?) tiene poder de veto, es contradictorio en el verbo y nulo en la acción. Por ello, cualquier giro, radical o moderado, no importa como sea, no produce nada en concreto. Solo se ponen de acuerdo en los eslóganes, en el nombre del plan, puede que hasta en la etiqueta o hashtag de cada día, pero en nada más.

El gobierno indeciso, paralizado y lleno de culpas, hace que el país amanezca, por ejemplo, un sábado, sin aliento, listo para morirse de hambre por la intervención de Alimentos Polar, retratado como maula sumido en el default, con grandes letreros en cajeros y entidades financieras notificando sobre el máximo de retiros al día y, al lunes siguiente, en menos de dos días, lo vemos envuelto con el traje o el disfraz de la moderación, hecho por el pespunte del enroque de un ministro panfletario por otro que se dice empresario. ¿Dígame usted a quién le creemos?

Semejante performance no es el que nos sacará del atolladero. Eso lo sabemos todos. Pero ese no hacer nada no es neutro, el tiempo pasa y las complicaciones apremian. No pasará mucho hasta que el gobierno vacilante le de otra vuelta a la tuerca, pero en dirección contraria a la última que dio. Vendrán nuevas excusas, otro reclamo a los no cooperantes, a la nueva arremetida al maligno, ese al que hace unos días le vendió el alma.

Por ese repetitivo camino la reconstrucción es imposible. El gobierno no se merece la iniciativa de la transición y el arreglo. Ya no hay duda al respecto, hay que actuar por todos los frentes, activar todas las iniciativas constitucionales, acorralar a todos los poderes cómplices e ilegítimos y lograr una transición que, de una buena vez, respete el temor de los inocentes.