• Caracas (Venezuela)

Luis Pedro España

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Un país en fuga

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Más de seis de cada diez venezolanos dicen que se irían del país si se les presenta una oportunidad. No se trata de sifrinos que quieren irse porque no pueden vivir bajo las mieles del socialismo. En los estratos más pobres el porcentaje es muy similar. 58% opina igual, si tuvieran cómo cambiar de vida en otro país más seguro, con más oportunidades de empleo y con más oferta de bienes y servicios, abandonarían el suyo.

Todas las encuestas indican lo mismo. Los venezolanos quieren irse de Venezuela. Ese es el indicador de fracaso más grande que exhibe este gobierno. Sus voceros, esos que se envuelven en la Bandera Nacional para decir cualquier zoquetada, han convertido a bastante más de la mitad del pueblo en candidatos a vivir fuera de su patria, a protagonizar lo que ya se conoce como la nueva diáspora latinoamericana.

Lógicamente, hay segmentos sociales en los que la propensión a irse ronda el 80%. Pero esta tendencia de fuga, ese sentimiento de quemar las naves en tierras lejanas, ya es masiva. Las escenas de despedidas ya no son solo de jóvenes universitarios con intenciones formativas, o de compatriotas con profesiones muy cotizadas en el extranjero.

La fuga es de todo tipo. Jóvenes de sectores populares que se van a Panamá a probar suerte “en lo que sea”, madres con hijos pequeños que tras la última balacera terminan de hacerle caso a la hermana de Cali que le dice “que te vengas”, o el profesor de Matemáticas cansado de aguantarles vainas a los malandros y, tras decirle a la esposa “que se va adelante”, prueba suerte en un liceo de Cuenca.

Ya pueden ser cientos de miles de historias de venezolanos que en los últimos tres años corren despavoridos de un país cuyos sueños no son en bolívares. Las secretarías generales de nuestras universidades no se dan abasto para tramitar las equivalencias, en las oficinas del ministerio las citas para las titulaciones tardan meses y las empresas ya no encuentran qué hacer para que la gente no se les marche.

El país está perdiendo lo mejor que tiene. No solo expulsa a los que tuvieron la suerte de formarse, sino también está botando a los más audaces, a los que más garra tienen, los emprendedores de toda clase que solo necesitaban una oportunidad para despegar y construir una historia de éxito en un país que pudo haber sido el suyo.

Pero el final no será malo. Aquí nos vamos a quedar los que no tenemos adónde irnos, la inmensa mayoría que no se pudo ir y también, claro está, los que no quisieron irse. En nuestras circunstancias no es justo juzgar, salvo al responsable de nuestras despedidas. Para la desdicha de ellos, aquí se quedará la gran parte, los que echarán el país hacia delante. Quedarán construyendo lo que el gobierno se empeña en destruir, sembrado esperanzas en medio de tanto desierto y saliendo cada día a la calle aunque dé mucho miedo.

De todas las clases sociales, edades y sexo, la mayoría del país se va a quedar en Venezuela. No podrán mudarnos a todos, no podrán con todos. Nos vamos a quedar para celebrar la recompensa que de seguro nos aguardará el mañana, la de abrazar con fuerza a los que ayer se fueron y luego volvieron.