• Caracas (Venezuela)

Luis Pedro España

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Luis Pedro España

La mentira como método

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A poco más de dos meses del llamado “sacudón” el gobierno solo tiene dos formas de asumir sus primeros resultados. Callar o mentir.

No puede ser de otra forma. De lo contrario tendrían que asumir sus errores, dar una vuelta en “U”, y enmendar la plana económica con algún tipo, ojalá, de compensación social. Pero no, en el marco de la opacidad que caracteriza a una administración cargada de desaciertos y equivocaciones, resulta más conveniente, para los fines políticos que privilegian, optar por la mentira.

Con algunos rictus previos, esos que anticipan una inmensa coba, la última cadena presidencial se inició afirmando que había buenas noticias, que la pobreza estaba bajando. Nos esperábamos algún malabarismo, alguna nueva retorcida manera de jugar con los números para probarnos que en este 2014, este tortuoso año de recesión e inflación, eran más las felices familias que habían abandonado las penurias económicas.

No fue así. La mentira esta vez solo fue nominal. No se acompañó por alguna repetida cifra de esas que por un ya lejano 2008 pudo haber tenido algún tipo de relación con la verdad. Se detuvo en la afirmación, suponemos que esperando la “cocina de algunos datos” que parecen aún no estar listos para ofender la realidad.

En otra ocasión, esta vez más reciente, se afirmó que el salario mínimo en Venezuela alcanzaba los 1.000 dólares al mes. Nada más falaz. La compra al tipo de cambio referido es inexistente o mediada por inmensas colas, de resto son devaluados bolívares lo que reciben los trabajadores como remuneración a su esfuerzo. Ellos lo saben, por ello el papel de “Tartufo” es lo que les va quedando.

Por esos caminos la mentira se convierte en burla y parece no tener límite. La información social no existe. Las encuestas dejan de hacerse, los indicadores económicos se retrasan o no son oficiales. La auditoría de gestión o financiera se sustituye en buena parte por relatos y declaración de principios. En público, en entrevistas o declaraciones a los medios, cuando se tiene la oportunidad de increpar a algún representante oficial respecto a la situación social, estos sermonean con declaraciones de lisonjeros voceros internacionales que alguna vez avalaron, con más simpatías que pruebas, los supuestos éxitos de la revolución.

Cada cierto tiempo los funcionarios ilustran un supuesto aumento del abastecimiento, encubriendo la evidencia cotidiana de lo contrario con citas de millones de bolívares, miles de toneladas, cientos de containers o incontables gandolas que deliberadamente no se relacionan con la demanda, el número de habitantes o con la serie de tiempo. De esta forma convierten el número en propaganda, fetiche para esconder la verdad, simple recurso retórico en el cual da lo mismo el orden de magnitud o el indicador que se utilice.

Estamos en presencia de cómo las utopías se vuelven cínicas. A eso se ha reducido la revolución bolivariana. A un cúmulo de declaraciones, tipo acciones evasivas, en las que la desfachatez parece ser la marca de clase. Fueron inauditables en la bonanza, lo son más en la recesión. Los resultados se disfrazan o, cuando resulta imposible seguir engañando, se posponen en el tiempo. Es muy pronto para ver los logros. Finalmente se trata de cambios históricos, que no parecen tener plazo, más que largos son infinitos, el tiempo no es más que su última excusa.