• Caracas (Venezuela)

Luis Pedro España

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Luis Pedro España

La causa del triunfo

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Cuando se escriban las causas de los resultados del próximo 7-O, una de ellas será que el país dejó de ser uno de niños para convertirse en otro de jóvenes. En medio de una transición demográfica como la que estamos pasando en Venezuela, un ciclo político como el que está a las puertas de su culminación, vale la pena pasar revista a algunos fenómenos en este último día de campaña.


Cuando este gobierno empezó, el promedio de los venezolanos escasamente superaba los 20 años de edad. Aún la carga de niños y adolescentes caracterizaba los problemas sociales, y buena parte de los defraudados de entonces, esos que no veían más futuro sino en un gobierno vengador y castigador que literalmente le diera “la vuelta a la tortilla” para que los de abajo pasaran a estar arriba, estaban casados con hijos y un montón de sueños destruidos tras casi veinte años de recesión económica.

Catorce años después, esa generación y motor de cambio que acompañó en su mayoría al actual Presidente probablemente vio mejorado su nivel de consumo, es acreedora de algún derecho pensional o ayuda gubernamental, como cortesía no precisamente de la buena gestión, la eficiencia y la probidad en el manejo de los recursos. Menos aún la mejora en sus ingresos se debió a que la economía del país se hizo más próspera, a que se le dio la oportunidad de ser un individuo dotado de más haberes productivos gracias a la reconversión laboral que se prometió, o disfrutar de una mejor calidad de vida por la resolución de los hoy agravados problemas urbanos.

Nada de eso; fue el boom de la economía mundial, el crecimiento de ese orden económico que se consideraba injusto el responsable de haber lanzado nuestro barril de petróleo a la estratosfera de los 100 dólares, es decir, cerca de 10 veces más del que era el precio cuando agonizaba el sistema político que pretendieron cambiar.

Precisamente porque en buena parte algo de las promesas cumplidas se logró a punta de petrodólares, gasto público e importaciones es que los hijos de esa generación que llevó a Miraflores al actual Presidente hoy ve que su futuro está comprometido, amenazado por la imposibilidad de alcanzar un empleo digno, por la inseguridad y la violencia, por unas reglas del juego en que la adulancia y sumisión al jefe político valen más que el desempeño y las ganas de progresar.

Esos jóvenes, probablemente hijos del resentimiento y la rabia de ayer, son los que padecen la falta de oportunidades y los que heredarán la factura del inescrupuloso consumo de una renta petrolera, de una ocasión histórica, que el populismo y el clientelismo lanzó por la borda.
Porque los protagonistas del cambio que se avecina, lejos de cualquier consigna, serán los jóvenes, es que la apuesta por una nueva Venezuela estará predominantemente en el voto de una generación emergente. Una que afronte el reto de la diversidad productiva con equidad y tolerancia democrática, lo que siempre fue el desafío nacional, pero que las pasadas generaciones rentistas no pudieron adelantar. Una que entiende que los derechos son conquistas y no favores de caudillos. Una que irá a estas elecciones buscando más oportunidades que venganzas, progreso más que retaliaciones y paz antes que revanchas.

Los jóvenes son los que explicarán el triunfo del próximo 7-O, más aún si, como cabe esperar, sus padres después de ver que el cambio de entonces no ofrece nada nuevo para el futuro acompañarán a sus hijos en la construcción de una nueva Venezuela que les pertenecerá más a ellos que a sus progenitores.

El domingo será el primer acto histórico de la verdadera generación del nuevo siglo. La anterior no fue sino un mal disfraz de guerrilla y revolución decimonónica. Con el voto de nuestros jóvenes, junto con el nuevo presidente que emerja de su voluntad, nacerá la auténtica Venezuela del siglo XXI. Esa que la oferta retrógrada del Gobierno no pudo construir.