• Caracas (Venezuela)

Luis Pedro España

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Luis Pedro España

¿Esto aguanta?

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Más que una pregunta frecuente es una sensación colectiva. En materia social, en el comportamiento de masas, lo que se define como real, lo termina siendo en sus consecuencias. Es por ello que cuidado. Más de un analista se ha pelado descartando lo inminente, aunque han sido más los que se han equivocado presagiando lo imposible.

No quiero decir que estamos al borde del abismo o que resulta inminente una situación de cambio precedida de alguna conmoción social.

Si me dieran a apostar, no pondría la opción ni como batacazo. Pero es innegable que la percepción de culminación de una época y el paso hacia otra diferente es algo que llevamos los venezolanos entre pecho y espalda.

La historia de las últimas conmociones sociales, desde la primavera árabe hasta las recientes protestas violentas en el Brasil, parecen tener cierta misma lógica. Ante una situación de descontento, un chispazo, un evento callejero y público, el cual resulta casi cotidiano o puede que hasta azaroso, atiza una llama que va encendiendo las rabias asociadas a la insatisfacción de necesidades o a la ruptura de expectativas de ascenso y mejora.

Este 2013 representa para Venezuela no solamente un año de crisis, ajuste económico y empobrecimiento colectivo (importando un rábano lo que pueda decir al respecto el INE), sino que adicionalmente es la constatación del fin de las vacas gordas o que se perdió el último vagón hacia el ascenso social, y quien sabe cuántos años falten para que vuelva a pasar el tren del progreso.

La doble condición de aprieto en el presente y de ausencia de perspectivas en el futuro es lo que provoca este estado de ánimo, el cual, aderezado con la impotencia que proviene de la convicción de que bajo esta administración es muy difícil que algo pueda mejorar y que, además, estamos sólo al comienzo del viacrucis sexenal, todo ello hace que se genere un estado de ánimo colectivo, que se mantiene a la espera de que algo pueda pasar.

Es cierto que algunos alivios se han producido.

La retoma del abastecimiento de algunos productos hace menos bochornosa la situación del Gobierno, pero en ningún caso supone que las causas de fondo del desabastecimiento y de la inflación, cuando no del empleo o los servicios sociales y públicos, se hayan siquiera identificado y, en consecuencia, mucho menos, atendido.

Una protesta de más, algo que nos indigne a todos o, incluso otra vergonzosa grabación o video, cualquiera de esas cosas, podría ser suficiente para que el Gobierno se vea envuelto en una nueva crisis de gobernabilidad de consecuencias realmente impredecibles.

Lo interesante de todo esto es que cualquiera de los desestabilizadores de ficción que todos los días imagina el Gobierno no puede encender la chispa de una movilización colectiva. El elemento azaroso parece ser la condición necesaria. Como atenuante, y puede que condición definitiva que nos diferencia, la población venezolana está más que escarmentada por el doloroso recuerdo del estallido social del 27 de febrero.

Pero nada del pasado realmente es antídoto para el presente. Puede que nunca más se repitan explosiones sociales o eventos desestabilizadores como los que vivimos, pero no por ello las fuerzas sociales se van a quedan inertes, menos aún si todos seguimos creyendo que esto, si sigue como va, pues definitivamente no aguanta.