• Caracas (Venezuela)

Luis Pedro España

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Luis Pedro España

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Los resultados del pasado 7 de octubre demuestran que además del voto convencido, ideologizado o incluso el utilitario a favor del Gobierno representa algo así como 40%. Otro 15%, ese que le dio la mayoría al difunto presidente Chávez con 55% del electorado, pertenece a la Venezuela semirrural o que vive en centros poblados que están a medio camino del campo a la ciudad.

Esos venezolanos son los más excluidos de la información. Producto de la desigualdad territorial y de que tenemos una distribución muy dispar, en lo que a oportunidad se refiere, una fracción del electorado oficialista no tiene forma de anticipar el país que nos aguarda si por alguna razón se mantuviera el esquema actual de propuestas y políticas.

Una campaña electoral con tantos desequilibrios y en la cual el Estado actúa como un partido político, más que como una institución de todos los venezolanos, es la razón principal por la cual el país más alejado de la información, y con menos acceso a la discusión de las ideas, no pueda darse cuenta de los retos que tenemos por delante.

No se trata de que existe una Venezuela de poco entendimiento. De ninguna manera. Para saber lo que a uno le conviene no hace falta ser letrado, sino tener la libertad para pensar con cabeza propia y no estar sometido al temor de perder las escasísimas oportunidades que existen en los centros poblados pequeños del país. Por desgracia, ese ha sido el principal instrumento de dominación que ha ensayado este Gobierno. Entrega protección a los más humildes a cambio de sujeción y pérdida de la libertad.

Ese venezolano, que no cuenta con la libertad para formarse su propia idea y decidir sus propias preferencias, es la principal víctima de un gobierno que ha hecho de la dependencia derivada de la pobreza una de sus principales instrumentos de campaña electoral.

Pero ese venezolano no sólo está determinado por los instrumentos de su sujeción. Si bien se animaba a votar cuando se trataba de elecciones presidenciales y su candidato era el que acudía a la contienda, cuando se trataba de otro tipo de consulta fue capaz de oponerse desde la abstención, bien porque consideraba que los candidatos eran malos o porque no estaba de acuerdo con una determinada consulta refrendaria.

Por lo anterior, es muy posible que una parte de ese 15% de venezolanos engrose las filas del abstencionismo. Desilusionados por la mala calidad de los herederos, por la utilización macabra de las imágenes, cuando no con la mentira para sacar provecho de las circunstancias, puede que les den la espalda a los herederos y se conviertan en abstencionistas.

Ese venezolano que se abstiene tiene que se ser compensado por otro que participa. Que efectivamente sí tiene los requisitos o disfrutó de las oportunidades para saber lo que nos aguarda si seguimos por este camino.

Ese venezolano que, más que consciente, simplemente tiene acceso a la información y puede comparar la oferta electoral porque dispone de mayor libertad que aquel que tiene miedo en su trabajo o sufre sinuosa persecución política en la zona donde reside. Ese venezolano que puede leer periódicos y artículos de opinión, pero que quién sabe por cuál mecanismo psicológico de defensa antidepresiva pretende ignorar este proceso electoral y abstenerse de expresar su opinión pudiéndolo hacer con más confianza que su compatriota dependiente y necesariamente sumiso frente al poder.

Este venezolano libre debería tener una responsabilidad doble, votar por él y por su hermano. Por el compatriota que sólo tiene la abstención para demostrar su descontento, mientras que el otro (quizás tú, amigo lector,) sí puede votar… Sí puede votar por él.