• Caracas (Venezuela)

Luis Pedro España

Al instante

Mirando hacia adelante

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Preocupa, y mucho, cada vez que se escucha decir a alguien esa frase tan pavosamente recurrente que dispara desde el cinto un ser confiado: ¡Esto está listo! La crisis del gobierno, su inminente deslave, parece convertirse en un frotar de manos para algunos insensatos que ven en un ministerio una línea más para su currículo o, para otros, una oportunidad para los negocios.

Pues sí, todo parece indicar que al gobierno le va a costar mucho salvarse de una aleccionadora derrota electoral. La crisis social, por la que nos han empujado tras la increíble inamovilidad gubernamental, se ha convertido en una fuerza de cambio que encontrará su canal por la vía del voto.

La tortura diaria de tener que lidiar con la consecuencia de tantas equivocaciones juntas es el impulso mayor de un país que parece estar convencido de que los herederos de la revolución no solo no encuentran qué hacer con ella, sino, lo más importante, cómo hacerle frente a su inevitable fracaso.

La fantasía populista terminó y vamos para otra cosa. Algo que, para que sea políticamente estable y viable económicamente, necesitará que se tomen en serio las causas que nos llevaron a esta tragedia de 16 años y no, como en más de una declaración se deja entrever, a repetir los postulados que probablemente sean económicamente correctos, pero sumamente descontextualizados y carentes de consenso social en la Venezuela poschavista del futuro.

Pone la piel de gallina escuchar la reedición de la “dictadura de los sabios”. Esos que parecieran estar esperando que alguien haga el trabajo sucio para entonces volver a los trajes oscuros y las impecables camisas de cuello duro.

Así como sorprende que el gobierno no ha aprendido de sus errores, hay muchos otros que se llenan de excusas para no caer en cuenta de que esta Venezuela no es gobernable como se hizo en el pasado, y que el cambio fundamental consiste en, efectivamente, tener al pueblo en el corazón y sus intereses en las políticas.

Incorporar los interés de los otros, y en especial de los más humildes, no es un asunto únicamente de voluntad o sensibilidad. Eso ayuda, pero el voluntarismo no solo no es suficiente, sino que deviene en mesianismo y santurronerismo del cual ya tuvimos demasiado. En las democracias modernas incorporar los intereses del pueblo únicamente es posible por medio de su participación orgánicamente canalizada a través de instituciones múltiples y variadas, pero donde los partidos políticos tienen un lugar no solo privilegiado sino insustituible para logar que efectivamente se incorporen los intereses de quienes no disponen de poder propio, sea económico o cultural.

Vamos camino, como decíamos al principio, de una potencial derrota gubernamental en la Asamblea Nacional. Es muy posible que se inicie un nuevo capítulo en este proceso de cambio político que, por ahora, únicamente ha conocido de empobrecimiento masivo y restricciones en todos los estratos sociales. Pero para que el posible triunfo electoral sea el inicio de un cambio estable, se necesita que los nuevos actores políticos atiendan la crisis social y no que solo la capitalicen.

Será el tiempo de los partidos políticos. Viejos y nuevos que, con la ayuda de las enseñanzas de la crisis, desechen a los que pretenden volver como si nada hubiese pasado, como si Venezuela no hubiese cambiado.