• Caracas (Venezuela)

Luis Pedro España

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Luis Pedro España

El diálogo

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Para el gobierno el diálogo es una pose que sólo asume cuando está en aprietos. Para la oposición, un espacio que no debería desaprovechar. Para el país es una necesidad.

El gobierno busca con el diálogo al menos tres cosas. Legitimidad, tiempo y apaciguamiento. Lo primero no lo va a conseguir porque Capriles acepte debatir sobre los problemas del país. Lo segundo es una simple posposición de la agonía. Nada están haciendo como para que algo bueno pueda ocurrir más adelante y, lo tercero, la paz de los sepulcros, tampoco es posible… A menos que nos maten a todos.

La oposición trata de zafarse del chantaje de los radicales. No le resulta demasiado fácil porque los argumentos radicales, más por su simpleza que por eficacia, tienden a gozar de mucha popularidad. Lo que prometen siempre es refractario al dato empírico. Un mes de protestas, 30 muertos, miles de golpeados, reprimidos, detenidos y el gobierno sigue allí. ¿La explicación? Nunca se es suficientemente radical y, además, la culpa es de los moderados que les echamos la partida para atrás. El determinismo nunca dejará de auspiciar tragedias históricas.

No somos ni ingenuos, ni pacifistas, ni bobos en creerle al gobierno. Los gestos que acompañan su llamado al diálogo dejan pálidas las hipocresías de los fariseos. Precisamente por eso habría que enfrentarlos. Que la intención utilitaria del diálogo quede de manifiesto. Vayamos a un conversatorio de paz, no a hablar las babiecadas que gusta el gobierno, sino de esa violencia estructural de la que es responsable.

No se legitima quien quiere, sino quien voluntariamente lo obtiene de la población. Hay que asistir al diálogo para romper el monólogo de la estupidez y colocar sobre el tapete lo que las protestas y reclamos explícitos del pueblo llevan rato gritando en la calle.

Hay que convertir en propuesta política y señalamiento de culpa a los responsables de que los transportistas nuevamente tranque las calles por la muerte de un compañero; de que los médicos estén hartos de ver morir o sufrir a sus pacientes por falta de insumos; de las maestras que ven marcharse de la escuela a sus alumnos antes de tiempo; de unos vecinos que están cansados de lidiar con un consejo comunal donde sobran los camaradas y falta la comunidad; de padres y madres de familia que entre la inflación y el desabastecimiento lo que llevan a las casas es carencias y necesidades insatisfechas. Falta que tengamos dónde gritar las verdades que los medios de comunicación, unos que fueron comprados y otros que actúan como vendidos, han callado o censuran sin siquiera tener que apelar a sus vergonzosas explicaciones.

Pero al diálogo tenemos que ir todos. El diálogo es con toda la oposición. El gobierno debería tener que calarse a nuestros radicales, así como nosotros tenemos que calarnos a los de ellos. Quizás eso no va a ser posible al principio. Pero si, como las condiciones materiales parecen augurar, el gobierno no va a tener otra salida que hacer a regañadientes lo que la oposición proponga, de las mieles de la auténtica victoria, que no es otra que haber logrado que los venezolanos sufran menos, todos querrán ser coparticipes.

Todos los que se dicen demócratas deben aceptar la necesidad de hacer política. Eso es el diálogo. No me importa lo que ello signifique desde el gobierno. Desde la oposición eso debe significar obligar a que el gobierno cambie sus malas políticas, lo que irá dando piso social para finalmente cambiar el gobierno.