• Caracas (Venezuela)

Luis Pedro España

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Luis Pedro España

Código cínico

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Estamos bajo las peores condiciones para celebrar lo que en Venezuela entendemos por la Navidad, y el gobierno no escoge otro eslogan que “Navidades felices”. Las elecciones del partido de gobierno muestran uno de los niveles más bajos de participación, pero sus jefes no han terminado de digerir lo que les pasó, y ya se declaran nuevos y futuros triunfos electorales. Se la pasan de acto en acto, celebrando logros sociales, mientras el pueblo va para dos años de masivo empobrecimiento. Esto solo es parte de su código del cinismo.

La lista puede ser interminable. Nunca fue tan cierto lo de dime de qué presumes y te diré de qué adoleces. La distancia entre lo que pasa y lo que declaran, o de lo que se jactan, es tan abismal que da vértigo. Pero allí siguen, no hay semana en que no tengamos cadena, que no se aplauda una de las peores gestiones de política pública, como para dejarnos en claro que nos falta mucho por sufrir antes de que surja alguna enmienda.

¿De qué se trata todo esto? ¿Simple cinismo, táctica publicitaria o un defensivo acto reflejo? Era entendible el sarcasmo y la soberbia cuando había mucho ingreso petrolero y se pensaba, como tantas otras veces, que nunca iba a dejar de crecer. Pero, cómo se sostiene la arrogancia cuando son tantos los pasivos que se llevan en cuenta. ¿Será que efectivamente creen que todo esto es pasajero y solo es cuestión de tiempo para que el petróleo retome su rumbo y con ello continúe la transición al socialismo?

Dejando a un lado las motivaciones de la campaña comunicacional, los responsables de esta práctica deberían pasearse por las consecuencias que tiene en la vida concreta, en las decisiones de los agentes económicos, en las percepciones de los ciudadanos y en la evaluación que todos tenemos sobre el desempeño de las autoridades el uso desmedido del cinismo.

Al menos para el grueso de los que toman decisiones, este proceder oficial lo menos que produce es desconfianza. En política las palabras operan como hechos. No es inocuo el impacto de la mentira, subestimar las preocupaciones ciudadanas u obviar los escándalos públicos. Un mínimo de sinceridad necesita la acción pública para que sea creíble y cuente con la colaboración de los ciudadanos, más allá del miedo o la sanción.

El gobierno, como si no hubieran cambiado en nada las condiciones materiales, sigue utilizando el verbo socarrón y la doblez como forma de dirigirse al país y de conducirlo. Pero la realidad sigue su curso. Cifras extraoficiales dan cuenta de una caída del producto más allá de -4%, en ningún caso la inflación bajará de 70% al cierre del año y el desabastecimiento seguramente terminará por encima de 30%.

La pobreza, ese manoseado problema que agobia a nuestro país, seguirá su rumbo ascendente y se aproximará a 40%, que el verbo electoral de Chávez convirtió en 80% por el ya le lejano año de 1998, sin que las noticias sean mejores para 2015.

Seguimos con un país dividido, ya no en ese 50-50 de la polarización, sino entre un gobierno cínico que niega la realidad y una sociedad en vías de otro nuevo y gigantesco proceso de empobrecimiento que aguarda por respuestas y políticas que trasciendan al discurso, la maroma o el cinismo con el que se pretende ocultar la realidad.