• Caracas (Venezuela)

Luis Pedro España

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Luis Pedro España

Clientelismo

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De las muchas reflexiones que caben hacer después de las elecciones, una de ellas parece de lo más pertinente: el clientelismo. Esa forma particular de sujeción política que por mucho tiempo caracterizó a los sistemas políticos Latinoamericanos, en nuestro país parte de una estructura material que muy pocas sociedades tienen.

Que el Estado pueda asignar recursos sin tener que distribuirlos, es una particularidad que permite que nuestro clientelismo sea particularmente perverso. Para decirlo de una vez y sin tapujos, el clientelismo petrolero, ese en el cual una parte de su gasto no tiene por contraparte un pagador doméstico de tributos, puede beneficiar a unos sin necesariamente generar prejuicio en otros. En otras palabras puede otorgar subsidios o transferencias, otorgar bienes y servicios, sin que exista alguien interno que se queje porque está pagando una cuenta dispendiosa. En Venezuela sí hay almuerzo gratis, o mejor, quien lo paga es un externo que no cuenta para la política interna.

Esta condición particular, que por obvia y consustancial a nuestra realidad socioeconómica parece omitirse de nuestras consideraciones sobre el funcionamiento del país, siempre le ha permitido a gobiernos irresponsables hipotecar el mediano plazo, cuando no incluso el corto, por priorizar sus objetivos políticos.

El último gran ejercicio irresponsable de clientelismo electoral, descontando esta administración, fue el gobierno de Jaime Lusinchi, en especial su último año y medio. No habiendo cómo sostener el ritmo de importaciones y consumo privado impulsado por el gasto público, mantuvo la estrategia hasta que dejó sin reservas a la administración que lo sucedió. Digamos que en su momento el gobierno de Luis Herrera Campins trató de llegar a la cita electoral sin ajustar el tipo de cambio o recortar el gasto. Herrera, por la razón que fuere, no apeló a las creativas fuentes de financiamiento para correr la arruga hasta después de las elecciones (como, por ejemplo, las cartas de crédito de Lusinchi o el Fondo Chino de la actual administración), sinceró sus cuentas y cargó con el costo político que terminó pagando electoralmente el candidato de su partido.

El repaso de las prácticas clientelares del pasado tiene el valor didáctico de contrastar con el actual. Más de 19% de déficit consolidado, un perfil importador sin posibilidad de mantenerlo con los actuales precios y volúmenes de exportaciones petroleras, un endeudamiento enorme que algunos calculan por encima de los 120.000 millones de dólares y unas reservas internacionales que han debido recurrir a la venta de oro para tapar los huecos, augura no sólo un año 2013 en el cual los recortes y la devaluación presagian una contracción importante, sino la acumulación de un conjunto de desequilibrios que será muy difícil de corregir, y que fueron mantenidos por atender a una racionalidad clientelar y no responsable de la política económica.

Lo trágico es que por lo menos desde el año 2008, cuando comenzaron a estabilizarse los precios petroleros, se ha renunciado a la aplicación de cualquier medida que implicara explicarle al país, y a los electores, la verdadera magnitud de las inviabilidades económicas, y se ha preferido mantenernos durante cuatro años seguidos en una, ahora sí, ilusión de armonía.

El Gobierno cobró la estrategia. El venezolano que no tiene mayor interés en lo público; ese que se moviliza cuando se trata de eventos presidenciales y la maquinaria del Estado lo presiona para que “amor con amor se pague” fue una de las diferencias más importantes y explicativas de lo que pasó el pasado 7 de octubre. Ese compatriota nuestro no tenía cómo anticipar lo que nos viene el próximo año.

Asistimos, pues, al acto extremo del clientelismo electoral, ese que va más allá de las prebendas concretas, para concretar la hipoteca de un inviable modo de vivir.