• Caracas (Venezuela)

Luis González del Castillo

Al instante

Sobre todas las cosas

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Sufrir la pérdida muy a destiempo de un ser amado es, sin duda alguna, una de las más terribles de todas las experiencias, junto al duelo que conlleva tal acontecimiento. Otras pérdidas, como las de vivir directamente un accidente que lesione nuestra propia integridad física y/o la de otro ser involucrado, también son muy difíciles de afrontar. La pérdida del patrimonio personal, o la bancarrota, pueden debilitarnos al punto de quitarnos también la salud. Pero el secuestro personal o en ciertos casos el secuestro de toda una sociedad, y sus anhelos de una vida bonita, es ese terrible sufrimiento que se produce con la llamada por los expertos policiales “muerte suspendida”. Esta significa una diabólica combinación de agonía de no saber cómo terminarán las cosas, por esa continuada acción criminal, que nos quita, durante todo el tiempo que dure, nuestra libertad, nuestra tranquilidad, nuestra paz. Esta es la realidad a la que Venezuela esta sometida, día a día.

Al compartir esto que escribo para ustedes, mis amables lectores, pienso en algo que podría parecer contradictorio, y es que por alguna razón la vida me ha brindado oportunidad de aprender de cerca, junto a actores principales, y en situaciones claves, de acontecimientos definitorios en nuestra vida como sociedad venezolana, de estos últimos tiempos, muy difíciles de asimilar, para poder manejarnos a cabalidad ante nuestra dura realidad de hoy. El llamado Caracazo de 1989, por ejemplo, que produjo cientos de muertos y heridos. En mi caso lo viví saliendo a realizar mi programa radial de entonces, llamado Al siglo 21 en Radiodifusora Venezuela. Ubicada en pleno centro de Caracas, en la esquina de la avenida Lecuna que está frente al Teatro Nacional. Allí  tuve invitados hombres célebres, como al profesor Domingo Felipe Maza Zavala, el cual alertó, por cierto y  semanas antes, durante nuestra entrevista, sobre lo inconveniente de una política de ajuste tipo shock para la economía y la sociedad venezolana. Se despreció su consejo entonces. En febrero de 1992 nos sorprendió a todos, y probablemente más que a nadie a nuestro estimado profesor de Ciencia Política Frederick Welsh, el cual durante sus clases en la maestría de la Universidad Simón Bolívar nos decía que la situación venezolana era dentro de todas sus fallas una situación manejable y que no había “fuerza antisistema” capaz de alterar el curso de la democracia. Sin embargo allí, como una vez comenté, estaban sentados junto a nosotros, estudiando con nosotros, parte de los protagonistas del intento fallido de golpe de Estado, entre ellos Chávez, los cuales se habían conformado, desde años atrás, como logia militar para insurreccionarse. El general Carlos Peñaloza, recordamos, según reveló luego, había advertido a tiempo de la existencia de tal logia. Tampoco se le escuchó. Tal acción también nos dejó su estela de muerte y dolor.

La crisis financiera de 1993, con bancos quebrados y banqueros prófugos ricos, nos dejó muertes por infartos, suicidios y otras complicaciones. No olvido al querido constructor Giovanni Constantino, que ahora en paz descanse. Al inicio del año 1994 ingresé al Ministerio de Desarrollo Urbano, como parte del segundo gobierno Caldera, y recuerdo la angustia de Giovanni de perder casi todo su patrimonio, labrado con años de trabajo y sacrificios, en el tristemente recordado caso Banco Latino. Pude no sé cómo, tal vez sencillamente por la fe, transmitirle confianza en que saldríamos adelante, y que los recursos de los ahorristas se repondrían, y él volvería a resurgir. Casi vendió rematado, presionado por la situación, su parte de un modesto hotel que construyó, junto a socios, en Margarita, y que finalmente persuadí no lo hiciera, y lo mantuvo gracias a que las cosas fueron mejorando, sirviendo luego este de sustento para sus descendientes.

A finales de 1999 y con la promesa de un nuevo pacto social, regido por una nueva constitución, aquel día 15 de diciembre, día del referéndum aprobatorio de la misma, se produjo la catástrofe natural de Vargas. Me sumé como ingeniero a las labores de definición de acciones inmediatas del alto gobierno, gracias a que Adolfo, hijo del ministro del Interior Luis Miquilena, como presidente de nuestro Colegio de Ingenieros, me permitió acompañarle ante tan graves circunstancias. Miles de muertes, desaparecidos, heridos, niños, mujeres, ancianos. Luego pude, años más tarde, escuchar el testimonio del general Raúl Salazar de por qué no se profundizó, y en cambió se ordenó parar, la ayuda iniciada, gracias a su personal gestión, de Estados Unidos de América hacia Venezuela, en medio de tamaña tragedia. Nuevamente se despreciaba la recomendación de un venezolano responsable.

Hoy, diecisiete años después, cuando está develada esta farsa de revolución chavista, vemos al presidente Obama visitar Cuba, para iniciar lo que será inexorablemente una suerte de operación de liberación, por medios políticos, del secuestro al que ha sido sometida toda la nación cubana, rehén de los hermanos Castro, con su impositiva interpretación del mundo, junto a una cúpula militar corrupta y seudorrevolucionaria. Hoy, diecisiete años después, los regalos que Fidel dice no aceptará de Estados Unidos no los podrá seguir obteniendo de Venezuela, la cual llevada a la profunda crisis actual por acción protagónica de ellos, con permiso de nuestra propia cúpula militar, también corrupta, no está en condiciones de continuar aportando financiamiento a tales secuestradores.

Hoy, los cubanos podrán cada día más abrirse al mundo, recibir viajeros y viajar. Presionarán su propia transición hacia la democracia, la cual alcanzarán sin duda estas nuevas generaciones. Figuras como las tipo Castro o las tipo Chávez servirán en el futuro solo de referencia de un tiempo de atraso e ignominia en la evolución se la sociedad planetaria.

Para nuestra Venezuela, y por sobre todas las cosas, es tiempo de recuperar nuestra libertad. Es tiempo de que dejemos atrás la ceguera e intereses parciales, uniéndonos de verdad la gran mayoría que somos de venezolanos honestos, civiles, militares, trabajadores, profesionales, estudiantes. Hagámoslo con base en valores y principios democráticos y de justicia social. Con coraje, y una dirección clara y comprometida, debemos activar, desde las propias bases de nuestra nación y sus reservas morales, la decisión liberadora del secuestro al que estamos siendo sometidos.