• Caracas (Venezuela)

Luis González del Castillo

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Estado de excepción

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Hace doscientos años, el 29 de agosto de 1815, Henry Cullen, caballero de la isla de Jamaica, dirigió una carta al para entonces hombre de 32 años, que en dicha isla pernoctaba, llamado Simón Bolívar. No era aún el Libertador. Era en tal momento un independentista venezolano que, sabiéndose derrotado temporalmente en la causa que había comenzado hacía un lustro, se planteaba regresar a Venezuela con su cosmovisión del mundo, que expondría en una célebre carta de respuesta una semana después, para alcanzar sus sueños al paso de los años y de las luchas por venir...

Hoy, Venezuela se encuentra aún sumergida, más que en un estado de excepción, decretado en parte de su territorio, en un estado de confusión sobre fines y métodos para alcanzar una república realmente próspera, independiente y soberana.

El gobierno venezolano actual nos plantea y conduce mediante una estrategia y modo de organización que han denominado: “el socialismo del siglo XXI”. Hemos tenido la evidente influencia en la experiencia cubana de medio siglo, con su régimen dictatorial, de austeridad y abolición de la propiedad privada de los medios de producción, dicha experiencia cubana, sin embargo, ha iniciado un proceso de reorientación estratégica, que sin duda toma en cuenta la experiencia de China y de otras naciones del planeta, como Vietnam por ejemplo, sin dar el paso definitivo hacia la apertura democrática.

Colombia, nuestra sin duda querida hermana república, cuyos males y malestares han estado incidiendo en la suerte de Venezuela, también por más de medio siglo, sufre hoy producto de esa misma confusión, que hemos arrastrado entre fines y métodos de alcanzar la justicia social. Una guerra de guerrillas, planteada inicialmente para liberar al pueblo de la opresión de la pobreza y la desigualdad económica, sin duda también con influencia cubana, les llevó a más pobreza y desigualdad. Ello sin duda repercutió, y sigue repercutiendo en la realidad venezolana. Intensamente, en la amplia frontera que compartimos de más de 2.219 kilómetros, pero también a todo lo ancho y largo de nuestro territorio y de nuestra vida como nación.

Bolívar, padre Libertador de las dos hermanas que somos Colombia y Venezuela, decía en sus análisis de la mencionada carta de Jamaica, esta vez refiriéndose al Perú de entonces:

“El Perú, por el contrario, encierra dos elementos enemigos de todo régimen justo y liberal: oro y esclavos. El primero lo corrompe todo; el segundo está corrompido por sí mismo. El alma de un siervo rara vez alcanza a apreciar la sana libertad; se enfurece en los tumultos, o se humilla en las cadenas. Aunque estas reglas serían aplicables a toda América, creo que con más justicia las merece Lima por los conceptos que he expuesto y por la cooperación que ha prestado a sus señores contra sus propios hermanos, los ilustres hijos de Quito, Chile y Buenos Aires. Es constante que el que aspira a obtener la libertad, a lo menos lo intenta. Supongo que en Lima no tolerarán los ricos la democracia, ni los esclavos y pardos libertos la aristocracia; los primeros preferirían la tiranía de uno solo, por no padecer las persecuciones tumultuarias y por establecer un orden siquiera pacífico. Mucho hará si concibe recobrar su independencia…”.

Aunque aquella visión bolivariana de hace dos siglos no contó con el modo de la llamada dictadura del proletariado como alternativa, podemos traerla incólume, por su vigencia, a nuestro tiempo, con los dos elementos que sustituyendo al oro y a la esclavitud de entonces, representan el mismo mal de la bonanza fácil del petróleo y el de la sumisión por el hambre y la necesidad de la neoesclavitud del trabajador ante la tiranía. Esto es lo que ha conducido a la lucha permanente del mundo por una verdadera democracia e independencia para los pueblos.

Para Venezuela y Colombia, que es finalmente lo que proponemos actualmente, no es la abolición de las iniciativas privadas del ser humano y el establecimiento de un Estado todopoderoso lo conduce a la liberación del pueblo. Es la conciencia de los seres humanos mismos, que se reconocen como libres y corresponsables, junto con la organización del Estado, para producir con su capacidad bienes y servicios para el progreso y la convivencia, en un sistema de libertades y de justicia para todos.

“Colombianos…”,  dijo Bolívar en su proclama al pronunciar sus últimos votos. Es la hora de la unión superior dentro de un trabajo permanente de colombianos y venezolanos juntos, para avanzar decididamente en la construcción de la democracia del siglo XXI, que nos haga realmente libres, prósperos, e independientes, ¡a ambos!