• Caracas (Venezuela)

Luis González del Castillo

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Luis González del Castillo

¿Viene una nueva Venezuela? (III)

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Quiero, con profundo respeto por el sufrimiento e irreparable pérdida de su madre, su padre, demás familiares y allegados, dedicar este artículo a la memoria de Kluivert Roa, nuestro pequeño gigante venezolano, casi niño de 14 años, recientemente asesinado en San Cristóbal, estado Táchira. Doy gracias a la deferencia de El Nacional por permitírmelo.

Los nuevos verdaderos libertadores del siglo XXI serán aquellas mujeres y hombres sembradores de conciencia ciudadana a través de la educación, la ciencia y la cultura. Por tanto, no esperemos de cuarteles, o de detentadores de las armas del belicismo y la brutalidad, ninguna solución ni para nuestra Venezuela ni para el resto de la humanidad. Solo ciudadanos sanos mentalmente, que hayan crecido en hogares con valores morales, vengan de la academia universitaria, de instituciones castrenses, o del aprendizaje por el trabajo creador, siguiendo el ejemplo auténtico de nuestros hacedores de patria, héroes civiles y militares, podrán guiar nuestra nación hacia su verdadera redención.

Clave 3. Sociedad solidaria. “Las oportunidades reales disfrutadas por diferentes personas se ven influidas muy sustancialmente por variaciones de las circunstancias individuales: la edad, incapacidad, propensión a la enfermedad, talentos especiales, sexo, maternidad, etc., y también por disparidades del ambiente natural y social: condiciones epidemiológicas, extensión de la contaminación, proliferación de la criminalidad local etc.”. (Del libro La desigualdad económica, Amartya Sen, 1997. Premio Nobel de Economía 1998).

En nuestros dos artículos anteriores propusimos la discusión del cambio de paradigma de un sistema de Estado incompetente, que considera a los individuos como objetos de su acción, para supuestamente generarles bienestar, desde la posición de Estado propietario de las riquezas que se encuentran en su territorio, junto a las posibilidades de ser explotadas y aprovechadas, versus el paradigma de un ciudadano propietario de las mismas. Expusimos la conveniencia de activar la condición de propietarios de tales individuos, miembros de una determinada nación, mediante instrumentos de políticas públicas como los bonos de propiedad dirigidos a la capacitación para el trabajo productivo y el desarrollo del hábitat y la vivienda digna para todos sus integrantes.

En igual proporción de arrancada, y como  propietario dentro de una determinada nación de las riquezas que existen de forma natural en su territorio, y de las determinadas oportunidades derivadas de la definición originaria de esa propiedad, sobre bienes naturales del subsuelo y en general de aquellas que se consideren como propiedad compartida por todos los miembros de una nación, se podría propender así a una cultura de corresponsabilidad, compromiso y supervisión, bajo la cual son los ciudadanos organizados que crean ciudadanía y por tanto un verdadero aparato de Estado a su servicio, y así lo sustentan para lograr los fines del mayor grado de felicidad posible, individual y en comunidad.

Esperamos que, el que así lo piense, antes de atacar nuestros razonamientos para descalificarlos como una utopía, nos permita sugerirle verificar mediante el estudio del cómo otras naciones, tal como un amigo recientemente me recordaba por ejemplo en el caso del Estado noruego, han podido instrumentar compartir beneficios de la riqueza petrolera existente en su territorio mediante sus propias fórmulas, o si se quiere el de las monarquías del Medio Oriente, con sus peculiaridades culturales según las comparemos desde la visión de nuestras propias peculiaridades. La gran capacidad de ahorro nacional y la habilidad para desarrollar negocios en beneficio de sus pueblos, reitero según sus peculiaridades, son ejemplos que nos deberían invitar, como de hecho yo los invito a pensar, a inventar o errar, parafraseando a nuestro querido maestro Simón Rodríguez.

Empoderar al ciudadano, dándole su condición de propietario de la riqueza que se encuentra en el territorio, es decir, nacionalizando realmente sus riquezas y capitalizándoselas mediante bonos para su libre formación, desde la infancia hasta la mayoría de edad, y luego para que adquiera una mejor condición inicial de hábitat y vivienda, deberían constituir ese primer mecanismo que los convierta en, más que objetos, sujetos productivos, protagonistas de su progreso individual, su ascenso social y espiritual, con un resultado integrado y sostenible del progreso general de toda la nación.

Otras fórmulas que se deben debatir y desarrollar para el establecimiento de una nación de propietarios, de emprendedores, de gente productiva y que tienda al desarrollo de las  mejores capacidades, según vocaciones y talentos, deberán estar acompañadas de indispensables normativas para el estímulo al desarrollo y corresponsabilidad obligatoria de la conciencia solidaria. Más allá del tema de la  obligatoria tributación al Estado para que ejecute sus políticas públicas para la salud, el bienestar y la atención de contingencias, deberá propenderse mediante el entrenamiento, desde la niñez y hasta el desarrollo de la conciencia adulta, a la creación del mayor grado de elevación espiritual posible y por tanto del sentido infinito de valoración de cada vida humana, y de la naturaleza que nos rodea, como cultura existencial y de libertad plena, como condición del deber ser y del derecho de ser ¡de todo miembro de nuestra nación y de nuestro territorio en la Venezuela posible que viene!