• Caracas (Venezuela)

Luis González del Castillo

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Luis González del Castillo

Venezuela bajo secuestro

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Dentro de los crímenes más atroces, la gravedad del secuestro ha sido catalogada como uno de las acciones criminales más repudiables en la humanidad. El hecho mismo de unos seres humanos que, bajo el uso de la fuerza y/o la coacción, dominan el libre desplazamiento de otros seres para que hagan su voluntad absoluta implica lo que escuché denominar, en una brillante disertación por parte del excomisario y fundador del Cicpc Miguel Dao, una muerte suspendida. Los recientes hechos de secuestro y decapitamiento, de uno de los periodistas japoneses, por parte de  miembros fanáticos del llamado Estado Islámico, han mostrado al mundo nuevamente los extremos de los que son capaces “seres humanos” fanatizados y llenos de odio. Los encarcelamientos y la pena de muerte llevadas a cabo en juicios sumarios por seudoestados revolucionarios, en la no tan pasada historia de la humanidad, nos deberían hacer reflexionar sobre el curso que van tomando los acontecimientos en nuestra propia Venezuela, la cual se ha venido tiñendo de rojo sangre, debido a la violencia promovida por conductas desde varios sectores, que incluyen de manera trágica y peligrosamente protagónica al propio Estado venezolano.

En una de tantas confrontaciones ocurridas debido al abuso desde el poder en Venezuela, y que tuvo su respuesta cívica de protesta pacífica por parte de los ciudadanos que sufrían dicho abuso, observé a funcionarios de seguridad del Estado amenazar a una de las manifestantes: “Si sigues echando vaina te voy a mandar a secuestrar…”. Bajo tal situación imagínense a una madre venezolana que junto a miembros de su familia protestaban ¿cómo puede sentirse? Comentarios amenazadores y paralizantes como ese, o el ¡te voy a mandar a atracar! hechos por funcionarios, explican por qué ante tamañas faltas de garantías se esté produciendo el mayor éxodo en la historia de Venezuela.

La idea, repetida constantemente, de que existe una guerra “económica” que está librando una parte de la sociedad productiva del país contra un gobierno bueno, que solo está tratando de hacer felices a todos los venezolanos, ha sido utilizada como justificación de una campaña implacable de represión, activa y coactiva, en contra de la cívica y natural protesta del pueblo venezolano, frente a desastrosas políticas económicas y su demoledor impacto social en la consecución de bienes y servicios asequibles para la población. Apenas si el sueldo está alcanzando para comer. Para guinda del pastel, y en tan crispado y deteriorado ambiente nacional, se pone el acento en trabajar sesudamente en la publicación de una resolución ministerial desde “el Ministerio del Poder Popular para la Defensa” para normar la represión con armas de fuego, a la que podrán apelar para mantener el orden interno, las fuerzas militares de la república.          

Otro modo coactivo aplicado a miles de compatriotas es que el trabajo se lo deben a este régimen oprobioso, que les ha dado “la oportunidad de surgir” y que por tanto les exige lealtad absoluta, sin que un ápice de discernimiento o diferencia frente a la opinión del jefe pueda permitirse. Así ha sido constatado infinidad de veces en la convocatoria forzada a presentarse en marchas y actos públicos para refrendar tal lealtad y sometimiento al gobierno.

Escuchando una entrevista de Oppenheimer al premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa, este último le decía que no entendía cómo había gente que, sin darse cuenta incluso, se moría en vida. Se refería, el galardonado escritor, a jamás permitir que se nos quite la ilusión de vivir, la libertad de vivir, de soñar. El secuestro en la dimensión emocional, es decir, en la mente de los seres humanos, es quizás tan malévolo y denigrante como el propio secuestro físico.

En otra entrevista que presencié, esta vez al señor Pablo Iglesias, del polémico partido Podemos de España, ante la pregunta increpante del periodista sobre qué opinaba de la situación cubana, Iglesias, con una girondina, respondía algo como que ante la realidad de muchos países con pobreza en América Latina pensaba se debían reconocer los logros de esa revolución que mandaba a todos sus niños a la escuela con zapatos y uniforme escolar diariamente. Al instante pensé en mi niñez y vino a mi la respuesta: no queremos esa “solución para Venezuela” señor Iglesias. Niños que todos con zapatos y de pañoletas rojas al cuello vayan diariamente a ser adoctrinados en el culto al “comandante eterno Fidel Castro”. Nosotros, señor Iglesias, hijos de un origen común en la madre patria española, en Venezuela somos hijos también de la libertad: de Sebastián Francisco de Miranda, de don Andrés Bello, de Simón Rodríguez y por supuesto de Simón Bolívar. Nuestra solución, Pablo, es la de niños libres con zapatos y pañoletas de colores múltiples, que reconozcan libremente la historia, como lo hice yo desde niño a adulto en Venezuela. También como lo viví lo hacen los niños en España, por ejemplo, los del colegio Calasancio de Madrid, donde mis hijos en el año 2004 lanzaban globos de colores al cielo pidiendo la paz para el Medio Oriente.

En un país como Venezuela, donde se realizaron elecciones desde la manipulación de todos los poderes en abril de 2013. Donde hubo la transgresión de las normas para que, desde la posición ventajista de presidente encargado, un señor que no había sido elegido por el pueblo sino por el dedo chavista compitiera por el poder, y según cifras de ese CNE redesignado bajo atropello nuevamente de la Constitución, obtuviera supuestamente algo más de 1% frente a la alternativa democrática, se ufana en mandar bajo “todo el apoyo mayoritario del pueblo venezolano”. Y en cualquier caso, como sabemos en verdadera democracia, las minorías serían respetadas. Mucho más cuando hoy día son amplias mayorías.

Todos los argumentos expresados anteriormente, y muchos más, me hacen aseverar categóricamente y sin duda alguna que en estos tiempos que estamos dolorosamente sobreviviendo tenemos a nuestra ¡Venezuela bajo secuestro!