• Caracas (Venezuela)

Luis González del Castillo

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Luis González del Castillo

Navidad, Patria y lealtad

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La Navidad, en el caso de millones de creyentes del mundo entero, como también en el caso de la mayoría de nuestro pueblo venezolano, es por definición un tiempo de esperanza. Tiempo de espera de un momento mejor; que luego con la celebración del nacimiento del niño Dios, se convierte en el estímulo del cambio hacia el cumplimiento de determinados anhelos.

En artículos anteriores hemos aludido aquellos “factores distorsionantes del verdadero anhelo de libertad, justicia e igualdad, ante leyes y tendencias autocráticas, que cada vez más se van asentando como si ya fuera un hecho aceptado por las grandes mayorías de venezolanas y venezolanos” (nuestro artículo referido al CNE, El Nacional 4 /12/2014 así lo refleja).

La Patria, como concepto profundamente asentado en valores de amor hacia una nación que habita particularmente en determinado territorio, con sus características culturales, con su historia, su especificidad que la distingue, es decir su idiosincrasia; sin duda es razón suficiente para al nacer y/o vivir y crecer en ella, nos haga sentir parte de ella. Sentir la corresponsabilidad por su bienestar y su progreso, y una lealtad indeclinable hacia la defensa de sus intereses.

En otro pasado artículo hablábamos de Bolívar y decíamos que éste, al igual que ¡Venezuela nos pertenece a todos!  (17 de diciembre 2014, El Nacional). Así pues llegó la hora del parto verdadero. Hay que parir esa Venezuela de libertad, de justicia e igualdad que las venezolanas y venezolanos tanto anhelamos o decimos anhelar.  Hoy es el tiempo de la Navidad, pero tal vez ya no más el tiempo de la espera, sino del pujar y pujar como solo nuestras mujeres saben y nos recuerdan que hay que hacer para lograr el nacimiento. Luego vendrá el amamantar, el educar, el concientizar.

La patria venezolana, nuestra patria, se cansó de ser vejada y deslealmente tratada. La patria se cansó de ser manipulada y usada como palabra hueca. Palabra patria que empleada por aquel que dice reclamar al imperio unas sanciones mientras la ultraja con sus propias traiciones al esquilmar sus arcas mediante corruptelas y sucios negociados,  extrayendo precisamente hacia el imperio sus botines. Patria que llora cuando el valioso joven abogado y defensor de los derechos humanos de otros jóvenes que protestaban en abril de este año: Marcelo Crovato,  se desquicia de momento y se procura la muerte en Yare III ante la injusticia de su encarcelamiento y la violación de sus propios derechos humanos. Patria, de un parlamento mediocre que nacido de la deformación de la expresión electoral mayoritaria del año 2008, mediante una depravada arquitectura de circuitos electorales que desconoce la esencia de la genuina representación territorial y de proporción de votos, ahora se ha erigido en una patota partidista sin ningún límite a la hora de vejar a sus colegas que piensan distinto, para designar sin pena ni gloria a un poder ciudadano de antemano deslegitimado.

Mientras en autocracias, como la cubana por ejemplo, sus líderes envejecidos y envilecidos en el poder más bien se percatan de la necesidad de la rectificación de las estrategias económicas, para avanzar en la reconstrucción de una nueva era de relaciones e intercambios internacionales, como con los EEUU,  que les permitan superar las condiciones de pobreza económica y por tanto de múltiples carencias en esa sociedad; en nuestra Venezuela mientras tanto se intenta mediante asfixiante propaganda gubernamental, con su resorte de la ley veneno, de las medias verdades y las enteras mentiras de cada día, imponer un pensamiento único dentro de sus propias filas en un barco que navega en mareas rojas hacia su encallamiento y desastre final.

Llegó el tiempo del nacimiento y más aún del “renacimiento de Venezuela”. Que sea el niño Dios que nos anuncia con la humildad de esa cuna de viajero simbólico hacia Belén, más allá del tiempo y del espacio; verdadero comandante eterno en nuestras vidas, que sin darle mayor importancia a lo material sino como nutriente básico del propio viaje nos acompaña con su nacimiento haciendo ser mortal como nosotros, que solo con mujeres y hombres leales a los  principios y valores del amor por una nación y por su territorio, por su naturaleza, es decir amor por la patria, se podrán dar los cambios. Seremos todos aquellos en los que lo espiritual y lo trascendente del “amor al prójimo como a nosotros mismos” lo que nos cautive y nos guíe, los que podremos sacar adelante a Venezuela, a pesar de estos tiempos difíciles, estos que ya llegaron y los que están por venir y que nos anuncian el nacimiento de una nueva era para nuestra patria Venezuela. Esa patria grande será hermana entonces en toda nuestra América. Aquella en que nuestras niñas y niños puedan crecer y vivir en libertad, paz e igualdad ante las leyes inexorables que surgirán de nuevos parlamentos.  Nuestros abuelos podrán así morir en paz, sabiendo que sus restos y su legado permanecerán en esta Gran Colombia sagrada de Bolívar; patria de nuestros antepasados, precursores civiles y militares como: Miranda, Bello, Rodríguez y tanto otros que la amaron y defendieron con verdadera lealtad.