• Caracas (Venezuela)

Luis González del Castillo

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Ciudades, lecciones españolas y Estado

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Uno de mis sueños realizados fue conocer Europa; ¡aunque parcialmente, claro!

Habiendo cumplido 18 años y eximido todas las materias de mi quinto año de bachillerato, fui premiado por mi padre: Néstor González del Castillo Heinemann, y enviado a Boston a aprender el inglés. Se aprovechaba la oportunidad en que mi hermano mayor allí residía. Como mejor estudiante, y por tanto brigadier mayor del Liceo Militar Gran Mariscal de Ayacucho, había estrenado el programa de becas creado por el Estado venezolano y así nombrado en honor al sesquicentenario del triunfo en Ayacucho del inmortal cumanés, bajo el gobierno democrático de Carlos Andrés Pérez. Ángel González Yanes, como nos recortaban los apellidos, estudiaba becado en esa ilustrada ciudad, heredera de la cultura británica. (Ángel salió en el primer grupo de becarios: el 13 de septiembre de 1974, a través del programa de becas que luego se convertiría en Fundación Gran Mariscal de Ayacucho, el 1° de julio de 1975 mediante el decreto N° 1000).

Luego vinieron para mí otros acontecimientos, el más definitorio: haber sido aceptado para estudiar ingeniería, en la Universidad Central de Venezuela. Sin duda esto me traería de vuelta a mi entrañable Caracas. Pensé hacerme ingeniero de petróleo, pero al avanzar desde la escuela básica opté por ser ingeniero civil, especialista en hidráulica; departamento donde pasé dos años de  los más fructíferos, con los que descubrí mi amor hacia mi carrera en el área de las infraestructuras y los servicios públicos, además de la docencia.

Los años pasaron, sin que tuviera oportunidad alguna de conocer Europa. Había podido viajar al exterior varias veces, e incluso vivir temporadas en Estados Unidos. Conocer varias ciudades suramericanas. Pero el sueño europeo, por una u otra razón, no se realizaba. Al fin en 1994, y como diría el tango “que veinte años no es nada” conocí Buenos Aires, después de lo cual siempre he afirmado que desde allí ¡comencé a conocer Europa! Los rasgos inequívocos del viejo continente se manifiestan a cada paso con una belleza inusitada.

Fue solo hasta el año 2002, suceso histórico, al vernos en las calles de Caracas, pidiéndole renunciar por su conducta autocrática a Chávez, específicamente ante los colegas de Pdvsa, que por azar nos mostró así la cámara de la televisión internacional. Eso concedió el sueño e hizo que unos amigos, que allá residían, nos insistieran en viajar a España, seguramente angustiados por la seguridad de nuestra familia, según veían en noticiarios en aquel ya convulsionado país. Se nos ofreció trabajo y apoyo en Barcelona; la mediterránea y más europea de todas sus ciudades. Allí recordé a Buenos Aires. No es menester ahondar ahora en las razones por las cuales desistimos de quedarnos y regresar a nuestra Venezuela.

Al año siguiente, gracias a los jesuitas españoles, viajaba parcialmente becado, a realizar estudios, acompañado de mi esposa y dos hijos: varón y niña.  Nuevamente opté por una variante, como en aquellos años mozos de ingeniería decidí cambiar, y avanzar hacia estudios de quinto nivel. Desde entonces he permanecido ligado a España por una fuerza indescriptible; que me ata y me libera a la vez por su conocimiento; que me proyecta y me detiene, hasta reconfirmarme, como me lo enseñó mi padre, que el respeto no se gana con gritos e insultos. Por ello un inevitable recuerdo llega a mi mente de Carlos Escarrá. Ante una pregunta en un foro en Madrid, frente a su aseveración del civilismo de Chávez, yo le pedía explicara: ¿Por qué nombraba entonces a dedo a los candidatos a gobernador? (varios militares por cierto). Elevando en exceso su voz desconocía la pregunta. No hablaré del insulto, en respeto a su memoria, y por aquellos que reconocieron en él su apasionamiento y su brillo académico. Solo afirmo que, como recurso de desviación de la atención lo intentó, y en algún caso lo logró, quebrando el unánime respeto que como venezolanos nos habíamos ganado hasta entonces.

Nuestra respuesta orgánica fue preparar, a través de la Fundación Venezuela Siglo XXI, un concierto para todos: “España y Venezuela se reúnen con Simón Díaz” (presentado en el viejo Palacio de Congresos de Madrid, el sábado 3 de julio de 2004 a las 22 horas). Invitamos a nuestra embajadora y nuestro cónsul en Madrid. “Eran y son funcionarios del Estado venezolano que en cualquier posición deben servir a toda la nación”. El clima de respeto se retomó y los venezolanos reiniciaron sus diligencias de modo civilizado en tales dependencias.

Hoy, frente a la exigencia de libertad para prisioneros de conciencia, como lo determinó la Comisión de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas, no puede ser el insulto y la descalificación el proceder de un jefe de Estado. La provocación, como política de Estado, nos ha dado en el pasado, como hemos visto, pésimos resultados a todos los venezolanos.

Desde aquel “por qué no te callas”, de un jefe de Estado a otro, algo nos debería hacer reflexionar. El nuevo joven rey, jefe de Estado y hombre sin tabúes, como lo ha demostrado, representa una oportunidad de diálogo franco y productivo, para ambas naciones.

Cuando en documento que difundimos por aquellas tierras madrileñas, ese año 2004 hace más de una década, hablábamos por vez primera de “la batalla de las ideas”, lo hicimos para explicar que no eran los caminos de la confrontación fratricida, como dolorosamente estudiamos del caso español (Guerra Civil 1936-1939), los que nos conducirían a pensar juntos, aunque no igual, sobre posibles “salidas” a las crisis para nuestro país; que en una línea tipo montaña rusa de altibajos, sin embargo, tiene en realidad una pendiente de agravamiento permanente, cada vez más pronunciada, ¡desde entonces!