• Caracas (Venezuela)

Luis González de Castillo

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Luis González de Castillo

Viviendas, poetas y familias

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Decir solamente que nuestras vidas transcurren en un tiempo y en espacios definidos, no solo sería obvio sino carente de mayor rigurosidad reflexiva. La vida de cada una de las personas, nuestra propia vida, con su valor intrínseco y su potencial para agregar el bien o el mal al universo del cual estamos rodeados, tiene un valor infinito.

Nuestra vida, dirigida de manera libre y responsable en nuestra edad adulta, gracias a la correcta formación que desde el nacimiento recibimos, pasando por la niñez y la adolescencia, con la cual se nos programa a partir de una realidad resultante de herencia genética y circunstancias desde el embarazo, hasta todo el desarrollo posterior, produce la calidad humana, como fuente de la verdadera riqueza de una nación: su diversidad, su pluralidad de formas y creaciones. Esta calidad es lograda como producto de multifactoriales componentes, que se expresan en un comportamiento social evidenciado en sus ciudades, sus campos, el hábitat y las viviendas; donde se desenvuelven nuestras vidas, en un lapso temporal en constante movimiento.

Hablando en una oportunidad con el doctor Luis Alberto Machado (como se recordará fue nombrado ministro de Estado para el desarrollo de la inteligencia en los años ochenta), recuerdo aún cómo se encendía con su pasión venezolanista la luminosidad en sus ojos, al hablarme precisamente del potencial de nuestro desarrollo basado en la gente de nuestra nación; de atenderse esas revolucionarias ideas de estimulación y cuidados del niño, desde el propio vientre materno a un grado de crecimiento básico, que podríamos encuadrar hasta el bachillerato, al menos.

Todos, en nuestra amada Venezuela, tenemos la obligación moral de escucharnos los unos a los otros, a partir de un consenso fundamental que es reconstruir ese tejido social en valores, en conocimientos, en salud integral: mente cuerpo y espíritu. Desde el equipamiento hospitalario para atender la gestación, los preescolares y colegios primarios para la niñez hasta los liceos para la adolescencia hasta el término del bachillerato, debe ser un consenso de prioridad nacional que nos permita atender la salud primaria y la educación para ver crecer una patria próspera y libre, como nos enseñaron a soñar nuestros poetas y en nuestras familias. “Cuando se tiene un hijo se tienen todos los hijos de la tierra” (Andrés Eloy Blanco).

El arquitecto o, más bien, el maestro Fruto Vivas, como cariñosamente le llamamos, parafraseando al poeta nos expone en “las casas más sencillas” la genialidad y recursos para construir posibilidades de un hábitat digno, económico y de felicidad para las comunidades. ¿Qué pasaría si por allí la idea del viceministerio de la felicidad encaminara algunos pasos? Fruto con su programa televisivo nos recuerda a Aquiles Nazoa en aquel “las cosas más sencillas” donde el poeta nos trasmitía valores culturales, de calidad humana y de comunidad. Aquiles nos impregnó con aromas de deliciosa frescura, con sencillez, y desde sus creencias, el respeto por las ideas de los demás con una frase inmortal: “Creo en la amistad como el invento más hermosos del hombre”. ¿Por qué no reiniciar desde el respeto la recuperación del diálogo intrafamiliar para aportar desde esta perspectiva de célula de nación un recomienzo del diálogo?

Es preciso retomar por áreas el llamado al diálogo nacional, no solo entre actores políticos partidistas, que más allá de lo televisivo de estos encuentros más bien se manejen como periódicos encuentros de convivencia y madurez política, para considerar los aspectos más delicados de la realidad que se vive.

La confrontación electoral parlamentaria prevista para el año 2015, ya en puertas, podría ser vista en lugar de como tal confrontación de un desiderátum de la sobrevivencia de unos por sobre el perecer político de otros, el momento de un debate sincero y trascendente, de balances de ganancias y pérdidas de todos como nación, de todos como familia venezolana, que por supuesto sin ocultamiento de la necesaria rendición de cuentas de la labor cumplida tanto individual y como equipos parlamentarios de cada fracción, se deba mostrar al país, bajo el principio de convivencia y aceptación del otro como responsabilidad democrática frente a los niños, a las familias y a la fraternidad entre venezolanos que incluso como lo creyó Aquiles reinventen su amistad como expresión de  excelsa calidad humana.

Permítaseme para terminar este artículo dedicar a Dios esta oración por la reconciliación de Venezuela, sin lugar a exclusiones religiosas, sino más bien como expresión de agradecimiento a la vida por concederme una numerosa y gran familia, llena de diversidad, de pluralidad de pareceres, de militancias desde muy lejanas, reflexivas o muy distantes del actual modelo de gobierno, el finalizar con un trozo del  poema “Fe” de mi padre: Néstor González del Castillo Heinemann: “En la ruta espinosa de mi vida, eres como una flor de ámbar henchida, que perfumas mis rudos sinsabores. Tú la estrella polar sobre los mares, el bálsamo de todos los pesares y la fuerza de todos los amores”.