• Caracas (Venezuela)

Luis González de Castillo

Al instante

Felipe González, España y Venezuela

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La política, aunque un hecho muy pasional, como nos diría nuestro querido historiador y expresidente de la transición 1993-1994, el venezolano Ramón J. Velásquez (1916-2014), debe estar basada en unos valores y unas ideas, que la hagan tener posibilidades de trascendencia, realmente revolucionaria, de la vida de una nación, aun hasta después de la desaparición física de sus protagonistas.

En un acto de estupidez inusitada nuestra Asamblea Nacional otorga una nueva condecoración, a la ya dilatada y reconocida trayectoria de lucha por la democracia, al expresidente español Felipe González, al declararlo persona non grata en nuestra Venezuela.

Más que entrar en una polémica pasional sobre el tema, de lo que ciertos personajes califican como un problema de soberanía nacional, prefiero utilizar este asunto, que no es un incidente político más, o de menor importancia, para dirigirme a ambas naciones y alertar sobre lo que ha significado para Latinoamérica y el Caribe la postergación en la toma de decisiones y medidas de alta política, por parte de la comunidad internacional, solo por conseguir resultados pragmáticos en beneficios comerciales o tratados de negocios, que han provocado la abstención y la actuación inoportuna por parte de dicha comunidad internacional.

La historia nos ha enseñado cómo los pueblos han tenido que pagar en altos precios de autoritarismo y represión, junto a la pérdida de calidad de vida en general, por la ausencia de actuación eficaz, basada en esos valores democráticos y en esas leyes internacionales, de países justos y conducidos por dirigentes trascendentes, que pongan coto a los desmanes de supuestos legítimos dirigentes en cada país subyugado, que ufanándose de una supuesta procedencia lícita eleccionaria o no, hacen de carceleros de sus propios pueblos.

Así cualesquiera mafias o individuos que, con dineros provenientes del delito se hagan elegir en sus respectivos países, subyugando a la sociedad democrática, pisoteando a los humildes y pervirtiéndolos, manipulando cifras, estadísticas y elecciones mismas, alcanzaren curules, posición ejecutiva, o de cualquier clase o nivel,  tendrían el derecho sagrado, según sí mismos, de desempeñarse a sus anchas, reprimiendo, insultando, vejando, robando y deshaciendo el propio sistema democrático, tan costoso en su consecución, como fue para generaciones precedentes, y tan anhelado ahora nuevamente por la actual generación de jóvenes venezolanos, que más que emigrar hubieron de exiliarse de su amada Venezuela, muchos en España precisamente, como antes lo hicieran españoles en Venezuela, en ese constante camino de regresos.

Por lo anterior y muchos más, la próxima visita de un estadista de la talla de Felipe González, en reclamo al respeto por los derechos humanos de dirigentes políticos venezolanos, que como Leopoldo López han enfrentado las injusticias y el autoritarismo militarista en Venezuela, y en reclamo al respeto al propio sistema democrático para toda Venezuela y para el resto de América Latina y el Caribe, debe comprometernos junto a España toda, sin distingos de ubicaciones partidistas, en la exigencia de condiciones para la celebración de elecciones parlamentarias verdaderamente democráticas a la Asamblea Nacional. Igualmente la realización inmediata de las elecciones al Parlamento Latinoamericano, cuya exigencia debe venir también de toda la región. Región que cuenta ahora con un nuevo compatriota colombiano, designado así por la Casa de Nariño, bajo los epítetos de “un ser extraordinario, amigo de Colombia y de sus esfuerzos por la paz”.

Nosotros, también amantes de Colombia, esperamos que Nicolás Maduro, que debe sentirse tan colombiano como todos nosotros, como Felipe González, tan español como fue de Guatire Betancourt, con padre canario y madre venezolana, tan político socialista como el nombre extraído del PSOE al PSUV, sepa utilizar a su equipo diplomático para encontrar el puente de unión entre el respeto a las diferencias y la preservación de las coincidencias democráticas, como puerto de entrada de todo visitante que tenga algo que aportar a la libre batalla de las ideas.

Es la hora de la democracia. Es el tiempo del internacionalismo. Tiempo de actuar con pasión, pero con valores, ideas y coraje, en defensa de una verdadera revolución democrática para la patria de Bolívar.