• Caracas (Venezuela)

Luis González de Castillo

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América en la encrucijada

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Supuesto a aparecer en la edición de El Nacional este viernes 10 de abril,  cuando se inicia la cumbre americana de presidentes en Panamá, este artículo está escrito desde Caracas, ciudad que vio luchar a Miranda y a Bolívar, precursor y protagonista, respectivamente, del hecho libertario en este continente, poco hace más de dos siglos. Sus ideas de  libertad, justicia y creación de una región de países congregados en un solo Estado, y además constituidos por poderes fuertes con separación en ámbitos de actuación, que lejos de debilitar el Estado republicano le robustecían (Montesquieu), y aseguraban garantías al ciudadano, principio y fin de su existencia y de su acción. Así la efectividad de gestión estaría asentada en la complementariedad de las ejecutorias de cada poder, bajo principios de  derechos universales del hombre (Rousseau).

América en la encrucijada, título que hemos tomado para este artículo, es el mismo que el profesor Francis Fukuyama dio a su libro sobre democracia, poder y herencia neoconservadora, en el cual, más que retractarse de sus iniciales análisis en El fin de la historia, hace importantes reflexiones sobre el uso del poder de Estados Unidos en el ámbito internacional, y la corrección de errores de enfoque de dicha herencia neoconservadora. El párrafo final, refiriéndose a propósito de la experiencia en Irak, precisamente alerta en ese sentido: “Sin embargo, el hecho de que esos errores los cometiera la única superpotencia del mundo expone el defecto fatal que reside en el corazón de un orden mundial basado en la hegemonía benevolente estadounidense. El hegemón no tiene que ser solo bienintencionado, sino también prudente y sagaz en el ejercicio del poder. No fue Condoleezza Rice, sino la secretaria de Estado de Bill Clinton, Madeleine Albright, quien afirmó una vez que los estadounidenses se merecen el liderazgo porque ven más allá que los demás pueblos. Aunque eso fuera siempre cierto y ampliamente reconocido, el mundo solo concedería a regañadientes la primacía al juicio estadounidense  y los deseos norteamericanos. Pero si el juicio estadounidense se demuestra más corto de vista que el de los demás, a nuestro mundo unipolar le espera un viaje accidentado (Fukuyama: América en la encrucijada, Ediciones B, Pág. 199).

La otra referencia que deseo transmitir para reflexionar sobre la discusión del poder presidencial de intervención de Estados Unidos y su política exterior, en el mismo caso de la experiencia de Irak, viene ahora de la obra del ex vicepresidente Al Gore: “Cuando el presidente Bush se vio obligado a aceptar del Congreso la Autorización del Uso de la Fuerza Militar, solución de compromiso que no le otorgaba los plenos poderes que quería, los asumió igualmente en secreto, como si la autorización de cámara fuera un estorbo inútil, pero, como bien escribió el juez Félix Frankfurter, un caso tan explícito de abuso de autoridad no es solo una muestra de desprecio a la voluntad clara del Congreso, sobre un tema en particular, sino una falta de respeto a todo el proceso legislativo, y al reparto constitucional de la autoridad entre el presidente y el Congreso… Estoy convencido de que nuestros padres fundadores considerarían que uno de los grandes retos actuales de nuestra república… es nuestra reacción al terrorismo, y nuestra capacidad de administrar el miedo y garantizar la seguridad sin perder libertad. También lo estoy de que nos advertirían de que permitir que un presidente use su papel de comandante en jefe para desbaratar el minucioso equilibrio entre las ramas ejecutiva, legislativa y judicial del gobierno significa poner en grave peligro a la propia democracia”. (Al Gore: Ataque contra la razón, Debate, 2007, Pág. 239).

Nuestra apuesta, con este enfoque sobre el tipo de debate que se abrió desde sociedad norteamericana hacia el mundo, es que recojamos tal debate sobre sus aprensiones y temores, sus aspiraciones legítimas y sus errores, para comprenderlos mejor y acercarnos a dicha sociedad y desde allí a sus autoridades e instituciones, evolucionando hacia una nueva estrategia de cooperación internacional entre esa, sin lugar a dudas, potencia global que es Estados Unidos de Norteamérica y nuestra subregión de Latinoamérica y del Caribe. Iniciar una nueva comunicación sobre las amenazas latentes, las debilidades que perciben de su sistema abierto y que los hace vulnerables. Desde allí identificar oportunidades y fortalezas para cooperar con ellos, y desarrollar desde una posición compartida de aliados regionales soluciones en un mundo tan desafiante y complejo como el actual.

Nuestra América toda está en la encrucijada: la del norte con México incluida junto con Canadá y Estados Unidos, y nuestra subregión Latinoamericana y del Caribe de la Celac, pueden ser efectivamente región sumatoria integral de esperanza de fortalecimiento del respeto por la instituciones democráticas para la paz y el progreso socioeconómico y político en cada una de nuestras naciones. Dos ejemplos: el colombiano de búsqueda de su paz interna y el proceso de reestablecimiento de relaciones Cuba-Estados Unidos. Ambos nos invitan a los venezolanos a replantearnos una nueva relación ganar-ganar con esa gran nación del norte, donde existe un pueblo noble y libertario que debe ser tratado con respeto, así como existe acá un pueblo mirandino y bolivariano,  también libertario y noble, que igualmente debe ser respetado.