• Caracas (Venezuela)

Luis Alberto Moreno

Al instante

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

En la Cumbre de las Américas que se celebrará próximamente en Ciudad de Panamá, dirigentes empresariales y gubernamentales examinarán los problemas económicos que afronta el hemisferio occidental, sobre todo el de cómo apoyar el crecimiento no excluyente después del auge de los productos básicos que se prolongó durante la mayor parte del pasado decenio. Toda estrategia deberá tener en cuenta un fenómeno mundial inevitable: la llamada “segunda era de las máquinas”.

Los economistas del MIT Andrew McAfee y Erik Brynjolfsson, entre otros, han identificado la segunda era de las máquinas con el ascenso de nuevas tecnologías de la automatización y la inteligencia artificial. Mientras que los optimistas predicen que esas innovaciones darán paso a una era de abundancia sin precedentes, otros analistas menos optimistas consideran que casi la mitad de todos los empleos ejercidos actualmente por seres humanos son vulnerables ante la substitución por robots y medios informáticos cada vez más complejos.

Las tecnologías avanzadas ya están penetrando en algunas de las industrias principales de Latinoamérica. Por ejemplo, los fabricantes de automóviles, que emplean a centenares de miles de personas en toda la región, están recurriendo rápidamente a robots que son más eficientes y precisos que los seres humanos. En las zonas cerealeras de Sudamérica, la maquinaria guíada por GPS está reduciendo la necesidad de jornaleros, al tiempo que aumenta la producción.

Las industrias de servicios, que ya representan dos terceras partes de todos los empleos de Latinoamérica, son particularmente vulnerables. Un programa informático para la gestión de los impuestos de una empresa incipiente del Brasil, por ejemplo, puede realizar en cuestión de segundos operaciones que requerirían miles de horas pagadas de un ejército de contables. Se pronostica que otros sectores que representan actualmente un gran porcentaje del empleo en países de renta baja –incluidos los de las prendas de vestir, las manufacturas ligeras, la logística y las centrales de llamadas– experimentarán una automatización cada vez mayor.

¿Está preparada Latinoamérica para ese cambió transcendental? En el caso de una región que llegó tarde a la Revolución Industrial, no se trata de una pregunta trivial, sobre todo en una época en la que muchas economías latinoamericanas afrontan problemas ingentes, debidos al fin del auge de los productos básicos.

Lo más importante es que las economías latinoamericanas y caribeñas deben abordar su desfase en materia de productividad, consecuencia de no haber aumentado, con pocas excepciones, la productividad en gran medida desde el decenio de 1960. Al adaptarse a unos precios más bajos del petróleo, los metales y los cereales –y la posible mejora de los tipos de interés mundiales–, tendrán que aplicar reformas que mejoren la productividad. También es esencial velar por que la distribución de los ingresos, ya asimétrica, de la región no empeore y, de hecho, mejore.

Lo bueno es que los programas de Latinoamérica en materia de tecnología, productividad y lucha contra la exclusión se superponen; por ejemplo, las mejoras en la educación y el fomento del empleo en el sector estructurado de la economía contribuyen a la consecución de los tres objetivos, pero semejantes reformas tardarán años en dar fruto. Entretanto, hay cuatro esferas en las que el sector privado puede hacer contribuciones.

En primer lugar, las empresas pueden impulsar su propio capital humano impartiendo formación en el lugar de trabajo, táctica que ha demostrado su utilidad y sigue siendo poco común en Latinoamérica. A este respecto ha habido algunos avances. Por ejemplo, la iniciativa de planes de capacitación del organismo gubernamental Uruguay XXI ofrece subvenciones a las empresas orientadas a la exportación para capacitar a su personal en materia de aptitudes concretas, como, por ejemplo, el aprendizaje del inglés, y ayudarlas a dominar las nuevas tecnologías.

En segundo lugar, las empresas latinoamericanas deben aumentar su inversión en investigación e innovación. Actualmente, las empresas de la región dedican 0,4%, aproximadamente, de sus ventas, por término medio, a la I + I, muy inferior a la media de 1,9% de los países de la OCDE.

Las empresas latinoamericanas pueden cambiar esa situación emulando a sus homólogas del Estado brasileño de Sao Paulo, que tienen contratos de investigación con importantes universidades públicas. Esos vínculos, comunes en toda Norteamérica, han contribuido a aumentar el gasto de Sao Paulo en I + I en 1,6% del PIB, mayor que el de España o Italia.

En tercer lugar, las empresas latinoamericanas pueden contribuir a mejorar la educación, a menudo con mayor rapidez que la del Gobierno al aplicar reformas eficaces. En el Perú, un empresario tomó la iniciativa y encargó la creación de un modelo educativo enteramente nuevo. Cuatro años después, Carlos Rodríguez-Pastor ha creado 23 escuelas Innova, que prestan servicios a 13.500 estudiantes y en las que se actualizan constantemente los conocimientos y las aptitudes de los profesores. Espera construir una red de doscientas escuelas en los próximos años.

Por último, los dirigentes de las empresas latinoamericanas deben apoyar a los empresarios incipientes, que carecen no sólo de capital, sino también del sistema de apoyo necesario para plasmar sus ideas en empresas viables. Las deficiencias locales obligan a muchos innovadores –como, por ejemplo, el guatemalteco Luis von Ahn, cocreador de los CAPTCHA, los juegos de palabras que los sitios web utilizan para asegurarse de que sus usuarios son seres humanos– a trasladarse al extranjero.

Von Ahn, profesor en la Universidad Carnegie Mellon de los Estados Unidos, ya ha vendido una empresa innovadora a Google. Dicha empresa, reCAPTCHA, utiliza las CAPTCHA para que las personas descodifiquen una palabra de un artículo de periódico, pongamos por caso, que un lector óptico de una computadora no haya podido reconocer y digitalizar. Ahora está trabajando en Duolingo, una plataforma gratuita para el aprendizaje de idiomas que aspira a coordinar la traducción de todo el contenido de Wikipedia a varias lenguas importantes.

Latinoamérica no puede permitirse el lujo de perder innovadores muy dotados como Von Ahn. La contribución de los dirigentes de las empresas establecidas a la financiación –y la tutoría de– esos visionarios, permitiéndoles prosperar en sus países para que no deban instalarse en el extranjero, redundará en su propio beneficio.

Para cada uno de esos empeños, hay modelos logrados que se pueden adaptar y reproducir. Con diligencia, persistencia e inteligencia, Latinoamérica puede aún aprovechar al máximo la próxima era tecnológica y velar por que se repartan sus beneficios de forma más amplia.

 

Luis Alberto Moreno es Presidente del Banco Interamericano de Desarrollo y miembro de la Junta de la Fundación del Foro Económico Mundial.

 

Copyright: Project Syndicate, 2015.
www.project-syndicate.org