• Caracas (Venezuela)

Lorena González

Al instante

Sobre el rostro de Bolívar

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Tal vez la imagen del rostro de Bolívar es para los venezolanos una de las iconografías más buscadas y enigmáticas de nuestra historia visual. Este interés no es extraño: Simón Bolívar fue la figura de mayor alcance de nuestra historia patria y es, entre muchas otras cosas, el impulsor de una batalla invalorable por un territorio oprimido que –como diría el general Daniel Florencio O'Leary en su cuaderno de anotaciones– vio surgir a un hombre al que, tan solo en aquel momento, más de 100 millones de seres humanos le debieron la libertad.

A mediados de los años cincuenta de nuestro siglo XX, al también invalorable artista e intelectual Alfredo Boulton le apasionó la idea de investigar y trazar preguntas frente a esa amplia diversidad de más de medio millar de imágenes que representan, según sus propias palabras, casi dos siglos de iconografía bolivariana. De esta investigación surgirían varios textos y análisis, siendo la etapa culminante el libro El rostro de Bolívar editado por Macanao Ediciones en el año 1982 y diseñado por Carlos Cruz-Diez.

En el prólogo que introduce la selección del acucioso y delicado investigador que fue Boulton destaca una preocupación particular por encontrar el verdadero rostro del Libertador. Para ello se propuso seguir una ruta iconográfica alejada de la grandilocuencia pictórica del momento en el que grandes artistas como Michelena, Tovar y Salas lo representaron en admirables escenas que respondieron al respeto universal frente a una personalidad de tamaña heroicidad, pero que a buen decir del historiador modeló sus facciones con las técnicas y gustos del momento, alejándose de lo que debe haber sido la verdadera fisonomía de Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Palacios.

De este modo, Boulton nos brinda una magnífica secuencia guiada por pintores conocidos y retratos anónimos que con mayor seguridad tuvieron una conexión retratística más directa y humana con el Libertador. Allí se asientan las hermosas bases de creadores no solo preocupados por conseguir el retrato del héroe sino de profundizar en la revelación de su momento histórico: su contexto, su pensamiento, sus logros, sus preocupaciones e incluso su enfermedad. En esta cronología el investigador devela desde óleos de gran renombre como el de José Gil de Castro de 1825, miniaturas de la juventud, el anónimo pastel sobre papel realizado en Haití en el año 1816 en los tiempos de la Carta de Jamaica, hasta llegar a las reveladoras piezas del colombiano José María Espinosa, quien se ocupó de retratarlo en la desoladora última etapa, cuando tuvieron su protagonismo los recordados óleos de brazos cruzados y los dibujos que reflejaron la melancolía y el deterioro físico que invadió sus últimos días.

Sirva el apunte para recordar también que durante el año 2012 el gobierno llevó a cabo una investigación profunda tras la pesquisa de aquello que Alfredo Boulton llamó "la verdadera verdad de la verdad" sobre la fisonomía de nuestro héroe. En este caso se alejaron de las obras de arte para sumergirse en un intenso y delicado proceso científico con un centenar de especialistas y antropólogos forenses: exhumaron el cadáver y mediante trazas, medidas especiales y avanzados estudios bioantropológicos, reconstruyeron un modelo tridimensional sobre la auténtica fisonomía de Simón Bolívar. No obstante, a pesar de la indiscutible cercanía visual que debe haber tenido este hallazgo, tanto a partidarios como a opositores esta imagen siempre les ha resultado bastante extraña y ajena.

La clave del asunto está en la esencia misma del arte. Hay que repetir de nuevo que la obra de arte es la historia del vínculo, de ese extraño instante inaprensible en el que surge aquello que para Lévi-Strauss es la única forma de testificar que más allá de la exactitud del dato histórico, algo realmente ha ocurrido a través del tiempo entre los hombres. Por eso, la verdadera historia del rostro de Bolívar en el caso de la investigación de Boulton se aleja de los seriales modelos grandilocuentes y se sumerge en el episodio cercano, en la intimidad. Batallas de un artista y de una personalidad frente a la fisonomía, pero también frente a aquello que aviva la materialidad del rostro: el alma, el pensamiento, el diálogo, el intercambio, el efímero momento crucial del espíritu.

En el caso del estudio científico realizado por el gobierno y a pesar de su exactitud, se extravía la clave vital del enigma porque es justamente el alma lo que no existe allí. No es en ningún caso y cómo se ha querido comentar un rostro modelado para parecerse al fallecido presidente Hugo Chávez. El estudio realizado conserva, si se le mira con detenimiento, muchas de las descripciones narradas sobre la fisonomía del Libertador. Sin embargo, el problema fundamental es que remite tan solo a los eslabones sórdidos de una proyección científica: a ese rostro no le preocupa ni le ocupa nada, no está haciendo nada, no está pensando en nada, no siente nada, no le pasa nada. Es allí donde surge su gran extrañeza y esa suerte de distanciamiento inevitable que genera. Es un rostro vacío, una perfecta máscara mortuoria incapaz de hacer trascender la verdad anímica y material de un pensamiento, de una fuerza vital, de un hombre tan indescriptible y profundo como lo fue Simón Bolívar.