• Caracas (Venezuela)

Lorena González

Al instante

La pintura hecha tiempo

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Desde mediados de julio, la sala 7 del Museo de Arte Contemporáneo de Caracas presenta la muestra Escenarios del artista Jesús Guerrero. La curaduría a cargo de Luis Velásquez reúne un importante conjunto de piezas recientes de este creador oriundo de Mérida, quien es uno de nuestros pintores más destacados.

Guerrero no es solo un traductor sensible, sino un investigador acucioso de la teoría y la práctica de la materia pictórica, vías de estudio y dimensiones de un oficio mediante los cuales ha logrado desafiar patrones y protocolos, sumergido en una estructura dinámica que propicia el invalorable gesto de trascender su propio lenguaje.

Entrar en la sala de exhibición es en cierta forma cotejar todos estos síntomas. Sin embargo, es un golpe de gracia que va más allá de lo visual, cuando desde lugares diversos la maestría intelectual y formal de su trabajo nos centra y nos descoloca en el mismo instante de la percepción.

Encuadres, referencias, traslaciones, habilidades cromáticas y materiales mordaces que rompen el eje de nuestras afinidades, reubicándonos a través de armazones que bordean los puntos de encuentro cardinales de la abstracción geométrica. Pero es justo en ese sitio perdido de la memoria y desde la maculatura profunda de ese borde donde Guerrero nos conecta con lo contemporáneo y desentraña una nueva forma de pensar, revelando los tránsitos inéditos de una pintura que existe sobre la tachadura de sí misma.

De algún modo su obra transmite el pulso de la propia existencia. El día que visité la muestra una doble vertiente de consideraciones vino a inundar las contingencias de aquella área extendida por sus Escenarios. Lo primero eran las piezas, vibrando mediante las grandes dimensiones de formatos dispuestos en la narrativa de una museografía arriesgada e impecable. Lo segundo era la posibilidad infinita del propio museo: sus entornos amplios, su luminosa trascendencia, sus paredes prontas a recibir y expandir los diálogos del arte. Como un relámpago inesperado la niñez me atravesó: aquella primera vez que uno de mis desproporcionados correteos en los pasillos de la Galería de Arte Nacional se vio paralizado por el óleo La caridad de Arturo Michelena. Bajo esa tela de grandes dimensiones permanecí durante más de quince minutos, seguida por la mirada sorprendida de mi madre.

Ese domingo, algo similar sucedió en la sala 7 del MAC. Al llegar, encontré en el sitio a Nabor Zambrano, nuestro apreciado periodista de las artes visuales, quien intentaba en solitario documentar la exhibición, contando tan solo con la ayuda de un joven que hacía luces y sonido. "¡Lorena! ¡Se me salvó el día! ¿Sería posible que me dieras algunas declaraciones sobre la obra de Jesús? Es que me parece fundamental y mira tú, estoy yo mismo hoy haciendo de camarógrafo; es que ya nadie hace nada por nada hija querida". Con gusto accedí.

Ese día, por alguna extraña circunstancia, la obra de Guerrero nos estaba llevando a otra parte. Hablamos de las piezas, las vimos, hicimos las tomas, nos reímos y recordamos otros tiempos, los de la generosidad, los de la mirada franca y abierta; los tiempos de una obra que como esta nos tenía imbuidos, perdidos en el laberinto característico de un arte que repercute y que dibuja en el alma del que mira los atemporales caminos del asombro.