• Caracas (Venezuela)

Lorena González

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Lorena González

El naufragio de la mirada

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En el país que vivimos es imposible continuar el curso de lo que se debe hacer o no frente a una realidad completamente alterada. El desconcierto no solo abraza el espasmo, la indignación y la parálisis frente a algunos sucesos recientes como la detención arbitraria del alcalde Antonio Ledezma, sino que continúa más allá de los hechos, gobernando el día a día a través de sacudidas vitales en las que el sentido común pierde el norte, demolido por el desempeño oficial de un peligroso desbarajuste que atenta contra los valores, los derechos humanos y la justicia, desarmando el correcto desempeño de las instituciones que en "Estados democráticos" deberían proteger la integridad del ciudadano común.

Hoy mi deber era –como inicia aquella canción tan conocida– hablar sobre artes visuales. Sin embargo, el desafuero de una realidad que nos supera me ha llevado a otros linderos, asaltada en las últimas semanas por el recuerdo de una película que encarna una metáfora dolorosamente magnífica de lo que atravesamos. El filme en cuestión se llama Rosencrantz y Guildenstern han muerto (1990), y fue realizado por el reconocido director británico, dramaturgo y activista de los derechos humanos Tom Stoppard.

En líneas generales la película, adaptación de la pieza homónima de teatro escrita por el propio Stoppard, despliega una alegoría tragicómica sobre la vida de estos dos personajes menores que aparecen y desaparecen en pocas líneas dentro de la gran tragedia política del Hamlet de William Shakespeare.
En esencia, son dos camaradas muy queridos del reino, llamados para apaciguar la locura del príncipe ante los oscuros acontecimientos que allí tienen lugar.

En el acto III, Hamlet reconstruye una representación en la que pone en evidencia los crímenes del ilegítimo rey Claudio –usurpador del trono y asesino de su padre– y luego mata a Polonio tras una discusión con la reina Gertrudis. Por ello es exilado en un viaje con la compañía de los dos amigos, junto con una carta en la que Claudio especifica el asesinato de Hamlet una vez que el barco llegue a Inglaterra.

La carta es interceptada por Hamlet, quien la reescribe y cambia su nombre por el de sus dos acompañantes. Así, huye a Dinamarca. En el fatídico desenlace solo volvemos a saber de Rosencrantz y Guildenstern cuando un embajador inglés entra a escena para anunciar que han muerto.

La grandeza de la fábula de Stoppard a partir de la mirada ingenua y anónima de estos dos personajes es un lente macro sobre el ejercicio descontrolado de un poder anclado en exaltaciones personales y egoísmos arbitrarios, tramas que enconan sus terribles resultados sobre la vida de aquellos que les rodean. En la película, una cierta sospecha de que algo errado está sucediendo parece surgir a cada paso de la pareja; sin embargo, desconocen lo que es; van, viven y hacen, sin certezas ante el oscuro destino que para ellos ha dictaminado la locura y el caos de su propio reino. Como Rosencrantz y Guildenstern, la mayoría de los venezolanos navegamos hoy en ese barco sinuoso; sin ley, sin orden, estancado en los batientes inútiles de una desolada travesía en ruinas, guiados por “el puño de hierro” de un gobierno que maneja decisiones y argumentos desconocidos para esa mayoría que continúa encerrada en la angustiante incertidumbre de no saber adónde más se podrá llegar.