• Caracas (Venezuela)

Lorena González

Al instante

No somos los mismos

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Cuesta mucho articular la integridad en las complejas tramas que atraviesa nuestro país. Han sido tiempos confusos, plagados por heridas y resistencias que se levantan y se solapan en medio de una ciudadanía que sabemos derrumbada. En esta batalla entre tradiciones, modelos, historia y patrimonio se movilizan las formas del ser y del estar, intentando encontrar su sentido dentro de caminos indescifrables: desasosiego de una urdimbre que se ha destejido, dejándonos solos en el presente y en consecuencia, vacíos frente al futuro. Revisaba hace unos días estas interrogantes, en especial por la gran cantidad de exilios de los que hemos tenido noticia en el último año: amigos, familiares, conocidos y extraños que ya hacen vida en otros territorios o que se encuentran prestos a gestionar lo necesario para emigrar lo más pronto posible. Entretanto, para los que aquí permanecemos un sentimiento desconocido se transforma cada vez más en la cadencia de una nueva partitura: ya no somos los mismos.

En diálogo con estas inquietudes, la profundidad conceptual del artista Pedro Terán nos ha sorprendido en su propuesta más reciente, la cual exhibe luego de casi seis años sin realizar una individual: Musa - Papeles Oterianos es el título de la muestra inaugurada en la Sala Trasnocho Arte Contacto de la ciudad de Caracas a mediados del mes de mayo. Como apunta el texto escrito por la curadora Tahía Rivero, la investigación de este creador parte de los diálogos con la obra de Alejandro Otero, estableciendo un énfasis particular en las resonancias que en la década de los cincuenta se establecieron entre arte y arquitectura en aquella pujante Venezuela.

Este eslabón comandado por el arquitecto Carlos Raúl Villanueva y el programa Síntesis de las Artes en la Universidad Central de Venezuela tuvo sus extensiones hacia un ideal cívico, que se reescribió en diversas áreas urbanas como proyección de un ciudadano en armonía progresista con su contexto. Desde esa ramificación, Terán redactó la historia que le compete como habitante de una zona aledaña al otrora magnífico Anfiteatro José Ángel Lamas, abierto en 1954 y célebre entre los caraqueños como la Concha Acústica de Bello Monte. En este lugar Otero realizó varias intervenciones cromáticas de carácter mural, de donde se desprenderán trabajos posteriores de gran valor como los famosos Coloritmos.

De este pasado arquitectónico y social de una obra sistémica entre individuo y entorno, tan solo quedan pequeños fragmentos. Terán, asiduo visitante de este lugar, se dedicó por años a recopilar los trozos de aquella sintonía, uniendo las mutantes fisuras de una ciudad residual. En cada una de las piezas: videos, papeles, fotografías, collages y estructuras que reconfiguró desde estos senderos perdidos, la memoria se aviva como metáfora solitaria y colectiva de un desamparo; no somos los mismos, pero de algún modo somos el reflejo de una textura que se busca y se traza en otros mapas. Somos una pregunta cuya demanda mastica los mosaicos troceados del fallido anhelo modernista para desembocar en la pulsión sensorial de un cuerpo que se palpa en su inédita peripecia; somos con él ese sello que nombra, esa figura que ante el derrotado balón de una historia saturada de violencias, comienza a reconocerse y a reconstruirse, imagen que se sabe otra y que es la misma, desde las pacientes palpitaciones del detritus.