• Caracas (Venezuela)

Lorena González

Al instante

Lorena González

La lucidez subterránea

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

En repetidas oportunidades esta columna ha dialogado sobre las dificultades y perspectivas que ha confrontado el arte contemporáneo venezolano de los últimos años. Con cierto ahínco se ha destacado la necesaria revisión de artistas de trayectoria frente a la producción dibujada por el arte emergente, punta de lanza que asoma dentro de esta geodesia conflictiva. En ese lugar, parece ser el tiempo un tema preponderante: la demanda, la competencia, la necesidad de ser visible en medio de un paradigma con muy pocas opciones son algunos de los elementos que desembocan en una trampa en la que la velocidad del protagonismo puede revocar la necesaria reflexión de la imagen. 

Algunas de estas ideas surgieron el domingo luego de visitar la muestra Retrotransformación y otros métodos de percepción que Alfred Wenemoser presenta en los espacios de la Colección Mercantil. Antes de entrar, el pensamiento recorría los linderos de lo importante, rumiando por entre la necesidad de encontrarse con el proyecto de este creador austríaco residenciado en el país desde los años ochenta, quien destaca por ser uno de lo más perseverantes constructores de agudas realidades en torno a las múltiples posibilidades de la imagen. Sin embargo, cualquier elaboración o repaso, cualquier inquietud o pre-texto que se pudiera tener antes de abrir la puerta, es inmediatamente despojado por la suavidad serena de aquel que sabe girar las modulaciones de una idea para transformarla en una escena donde se trastocan los papeles aprehendidos, los guiones relatados, las experiencias vividas, los lugares comunes tanto de la obra de arte como de uno mismo.

Allí, en la delicada quietud del mediodía, la profundidad de un trabajo muy particular con un amplio conjunto de piezas de la Colección Mercantil siembra en toda la sala de exposiciones los bajíos de una cuenca asombrosa que se abre ante la totalidad de nuestros cuerpos, entidades sostenidas por un entorno que nos desplaza de la mano de distintas estaciones, recodos donde los ángulos indescifrables de creadores como Nicolás Ferdinandov, Gerd Leufert, Roberto Obregón y el propio Wenemoser caminan junto a nosotros sin alterar sus lejanías, descomponiendo con discreta cadencia las resonancias de un terreno colmado por lo no visto, por ese borde indescifrable que es la contracara vital de la propia obra: adjetivo oculto que borbotea por entre los resquicios inhabitados de la creación.

Una última estación en los depósitos de la Colección Mercantil completa el recorrido. Inmersos, acudimos a un video en el que los críticos Perán Erminy y Francisco Da Antonio matizan la fluidez de una memoria secreta entre Nicolás Ferdinandov y Armando Reverón, mientras obras y utensilios dispuestos en el espacio nos sumergen en aquella famosa escuela acuática que fue el sueño de Ferdinandov, o en esa caverna adonde él mismo le recomendó a Reverón que se encerrara, para poder ver sin la festiva alteración de la luz la verdadera sombra de la obra.

Al salir, me retuvo el comentario de un visitante: “Cuánto he aprehendido hoy...”. Sin palabras, sin frases, sin especulaciones teóricas, surgía la fuerza que Wenemoser potencia en sala: el inigualable poder subterráneo de la vida y del tiempo, de la percepción y la creación; una propuesta que deja al conocimiento titubeante, como aquellos lúcidos golpes que también dio la poeta Blanca Varela: terco azul/ ignorancia de estar en la ajena pupila/ como Dios en la nada.