• Caracas (Venezuela)

Lorena González

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Lorena González

Festival de crítica

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Pocas veces una obra alcanza la consecución de un canal de múltiples consideraciones, las cuales desprendidas de su intención inicial se encaminan con cierta independencia hacia los espacios sensoriales del receptor, propiciando lo que podría denominarse como un gesto intersticial: proliferación sensitiva de repuntes diversos (tangibles e intangibles) que regeneran la acción de la obra, uniendo y desprendiendo su intención conceptual o autoral hacia las herramientas y formatos utilizados, para instaurar una disposición particular que forja poéticas privativas en cada uno de los materiales que la componen.

María Virginia Pineda, que desde hace un buen tiempo se ha preocupado por enlazar los bordes sinuosos que se tejen entre la palabra y la imagen, presentó en la reciente edición del Premio Mendoza su proyecto Festival de crítica. Según el testimonio de la propia creadora, recopilado en el catálogo de la exposición, su propósito con esta pieza es llamar la atención sobre el uso descontrolado de la palabra en los territorios del arte, usando el lado despectivo de la crítica y su irresponsable manifestación para entretejer una reflexión pertinente sobre la toxicidad desinformada de las redes sociales.

Para ello, tomó varias frases sobre manifestaciones particulares expresadas alrededor de obras de arte provenientes de lugares institucionales y también de entornos no oficiales. Segmentó las oraciones y las plasmó en secuencia a través de una instalación compuesta por grafito en polvo sobre la pared. De esta manera, reprodujo una suerte de folios transitivos como soporte. En cada una de estas bases se percibe el fondo grisáceo realizado con el grafito, en tanto que los vocablos brotan en blanco y corresponden al espacio vacío que ha dejado la autora para la tipografía de lo citado. Como epístola potencial, en el piso sobrevive un expectante lienzo blanco sobre bastidor.

En un primer nivel podemos encontrar las claras líneas a las que alude el argumento de la artista, refiriendo una resonancia ética sobre las malformaciones que un juicio intempestivo puede generar en el curso de un proceso artístico. Sin embargo, en un segundo nivel, la estructura profundiza en problemas vigentes sobre esa autoridad que las redes sociales han otorgado a la emisión personal de criterios, generando un estatus transitivo que al tiempo que democratiza la voz de lo personal también puede popularizar peligrosos estados de barbarie, en los que la enfermedad de lo individual se ve acompañada y sostenida por el apoyo de otros; así fundamentalismos y discriminaciones (religiosas, sociales, políticas y culturales), de reciente propagación, anulan las variables del sentido común en voces que anteponen su poderío virtual sobre valores humanos procedentes de la justicia, las leyes y el respeto por las diferencias.

En un tercer estado, más profundo e impalpable, las formas organizativas de la instalación de Pineda reviven las conmociones inherentes al desvanecimiento, no solo del texto sino también de la obra e incluso de la existencia. El efímero, complejo y delicado trabajo del grafito sobre pared –el cual pareciera corresponder al ejercicio tradicional de la escritura– anuncia la tachadura de sí mismo; fragmento inútil que surge a la espera de esa supresión con la que solo podrá ser desmontado una vez que se clausure la muestra. Así, lo dicho convoca a la responsabilidad, en tanto que el temblor de la imagen remite al curso de la vida, desde la sombra de la palabra.