• Caracas (Venezuela)

Lorena González

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Lorena González

Los hilos del alma

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Hay días inestables que parecen no tener una hora definitiva. En ellos, los minutos se acumulan como golpes transitorios de un hilo zurcido sobre las débiles fracturas del alma. En el afuera, los zarpazos de la dureza hincan sus afiladas mieles sobre la buena voluntad; se pierde el sentido, se extravía uno en los contextos sin tregua, en los egoísmos ciegos, en las traiciones de lo acordado, en las variables sin rostro de la impiedad. Entrelazados a estos segundos, algunas marcas reaparecen zigzagueantes, suenan, urden sus desencuentros y quiebran el vacío. La máquina ha comenzado a hilar, hasta el abismo podrá tener en el futuro, un sentido.

Conocí a Elisabetta Balasso en circunstancias poco claras. Un proyecto por definir y una ausencia de presupuestos; las mismas batallas perdidas de la lucha cotidiana. Sin embargo, en los ecos sin consecuencia pudimos encontrarnos. Es probable que nos hayamos sentido unidas por un compromiso con el arte venezolano desprendido de nuestra formación y experiencia en los museos. Ella, como directora del departamento de educación de la Galería de Arte Nacional por muchos años; yo, como investigadora en educación y curadora en el Museo Alejandro Otero. Allí estaban las claves encendidas de una conexión casi genética que se aprehende en ese entorno: atención y generosidad, conciencia plena del valor patrimonial, defensa de la cuantía simbólica que más allá de uno mismo, reúne a una comunidad en torno a la memoria viva que atesora la obra de arte.

Tiempo después de aquel episodio la encontré como tallerista de un ejercicio curatorial que bajo el nombre Prácticas vs Teoréticas tuve la oportunidad de impartir en varios museos de la región con el acompañamiento del Iartes. Allí me encontré con Elisabetta artista, sumida en pleno ante el entorno, conectada con los resquicios poéticos de su propio tránsito por los espacios del Museo de Arte Valencia: bibliotecas, pasillos, recodos en los cuales pernoctó para hacer surgir una obra desprendida de esa experiencia inédita: fotografías, frases, imágenes, hilos conductores de intervenciones blandas que su poesía instauró en el espacio. Recuerdo en especial haber sentido una necesidad profunda de ofrecerle más tiempo a su proceso, inquieta ante un algo increíble que ella había gestado allí y que me pareció debía crecer, ampliarse.

El sábado 13 de septiembre, por una contingencia fantástica, pude ver su más reciente ejercicio creativo en la sala de exposiciones de la Unimet con el título Evidencias textuales. Allí, la artista estalla las posibilidades de un texto que es axioma y proliferación, repliques de una palabra oculta, velada, engullida y viva a través de la fotografía, las telas, la instalación y los objetos. Podría, con seguridad, detenerme en una buena cantidad de recomendaciones formales y museográficas frente a su propuesta, pero por una extraña necesidad hoy quiero quedarme aquí, conectada con esa puntada que ató mi desvarío de aquella mañana, llevándome a reposar sobre las palabras de un hilo de Ariadna que esta accionadora de la imagen escribió en la entrada de su propia muestra: "Me gusta coser con las manos. La mano aporta compasión y consuelo. Donde hay separación, la aguja reconstituye la unidad, remienda la herida, crea. Bordar es un ejercicio en el que la inutilidad es su propia razón. Hay muchas maneras de tejer y de hacer texto".