• Caracas (Venezuela)

Lorena González

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Lorena González

La ciudad dormida

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Inicia el período de vacaciones y con él una urbe que se distiende tras los despuntes del mar. A pesar de ello las imágenes siguen andando. Van de un lado a otro como entidades que respiran en los vahos del desorden, arrastrando sus figuras bajo lo no resuelto. Tosen, se esconden, traman sus hilos, ocultan su razón, se miran; acechando una marea más limpia o el recodo donde se levante un oleaje menos tumultuoso. Las imágenes han cerrado los ojos y miran a lo lejos, hacia ese océano que tal vez retorne algún día, dispuesto a transportar a la metáfora por el cauce sin resacas de la verdad.

En otros momentos la ciudad es como un charco de tiburones donde el símbolo se ha hecho pedazos de tanta dentellada. Así es casi todos los días. Llena de cemento gris, de ruinas, de zarpazos insospechados. Por eso la imagen huye. Huye como la gente y se resguarda cerca del mar. Está esperando. No es casual su huida. Si se piensa en lo que ha pasado ese temor tiene sentido. Hace unos días llegaron dos noticias. Una de ellas sobre la muerte de Rodolfo González, hombre mayor que se suicidó en su celda del Sebin una vez se le anunció que lo trasladarían a la cárcel de Yare. Nadie sabe con exactitud qué pasó, nadie podrá nunca saber lo que la humanidad trasiega cuando se encuentra arbitrariamente privada de su integridad, sin juicio, sin pruebas, bajo el extremo amenazante de los supuestos, anulada por la voluntad de una sombra arbitraria que fractura su desplazamiento autónomo en el mundo.

En días posteriores al desnivel que generó este suceso, el golpe menguante trajo la liberación de Christian Holdack, joven que sufría una alteración psíquica en su largo y silente presidio luego de los episodios del 12 de febrero. Christian presenció el asesinato de Bassil Da Costa en aquella jornada de 2014. Lo único que hizo ese día fue tomarle fotos, observar el traslado, documentar una muerte repentina en medio de la protesta libre. Durante la suspensión de su libertad y el solapamiento de sus derechos civiles empeoró la situación. Varios mensajes y alertas se erigieron ante las autoridades, solicitudes presentadas en el tribunal, informes médicos en los que se requería la libertad condicional por motivos de salud. La jueza explicó con calmosa sordidez que el muchacho estaba traumatizado por lo que vivió aquel día. Pero hicieron caso omiso de lo que durante un año estaba pasando en ese encierro sin origen, hasta que Rodolfo González se suicidó.

Parece que el faro quebrado del puerto sigue dando borbotones de luz en los riscos, mientras la neblina desvía las rutas de los antiguos desplazamientos. La imagen sabe que no es buen momento, lo sabe porque Christian perdió el norte por hacer una fotografía y estuvo preso solo por ver. Y Rodolfo se murió, por pensar. Por eso la mirada pasa de lado, anda callada, pescando en las colas de los mercados algún triunfo sobre esa miseria cotidiana que le hunde la cabeza. A lo lejos sigue la bruma. Todos se van al mar. Allí, por un segundo, la gente se para erguida y mira otra cosa.

Arriba la ciudad duerme, como duerme la vida suspensa de todos los presos políticos que aún esperan la libertad.