• Caracas (Venezuela)

Lorena González

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Lorena González

Hacia una arqueología del deterioro

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El 23 de marzo la Galería D'Museo inauguró la muestra Índice riesgo país del artista Juan Toro Diez. La exhibición contó con la curaduría de Gerardo Zavarce y compiló un conjunto de fotografías de la producción más reciente de este creador. El título ancla la mirada sobre una sucesión de imágenes que concentran complejas micronarrativas dentro del espacio museográfico. En cada una de ellas se amplían los testimonios residuales de un territorio en conflicto: marcas, huellas, fragmentos, trozos de una violencia sostenida que continúa desestabilizando las bases políticas, éticas y morales del ciudadano que intenta sobrevivir en esta geodesia difusa.

Desde hace un tiempo he tenido la oportunidad de ver el trabajo fotográfico de Juan Toro Diez, comunicador social que comenzó a indagar en los temas de la violencia en Venezuela a partir de una experiencia personal. Hemos conversado e intercambiado reflexiones sobre varias de sus series, en especial sobre los diversos procesos que lo convidaron a profundizar en el terrible incremento de esas muertes violentas que ya anunciaban su peligrosa arremetida en nuestro país a mediados del nuevo siglo. Con muchos de estos trabajos ha recorrido otras latitudes, destacando su participación en la muestra Peso y levedad, que se realizó en el Instituto Cervantes de Madrid en el marco de Photoespaña (2011), y en el proyecto Confín del Mundo, en el Festival Internacional de Fotografía de Valparaíso, Chile, durante el mismo año.

Al presenciar los caminos abiertos por su trabajo más actual, sorprenden no solo las revelaciones que otorgan cada una de las imágenes expuestas, sino los cruces que lo han llevado hasta ese lugar. La primera vez que me encontré con su obra estaba ante un creador que se había sumergido en los linderos más ocultos del crimen en el país: pranes, bandas armadas, estructuras desconocidas, entornos policiales, morgues, datos de prensa, sucesos y testimonios de zonas insospechadas de la ciudad, estrategias ocultas de un individuo que transitaba senderos ignorados por la mayoría. A través de un delicado desempeño de la imagen nos confrontó con esa vida subterránea que ya asentaba sus precedentes en el afuera, normalizando cifras que nos han convertido en una de las ciudades más peligrosas del mundo.

Ahora, el dato borroso del pasado se ha vuelto una marca general en tanto que la impunidad multiplica el ejercicio de la muerte como costumbre. Las imágenes recientes de Juan Toro Diez remiten a ese nuevo índice, ampliación gigantesca de un repertorio de pequeños detalles que ya no relatan la historia desconocida de un desorden social en los territorios del margen; en este preciso instante, ese desorden es el cordón habitual, es lo que todos ya saben: protestas silenciadas por las fuerzas del Estado, calles solitarias que se han autoimpuesto un toque de queda, periplos sin salida de los miles que se marchan buscando un lugar mejor. En este contexto sin respuestas parece que el fotógrafo se ha despegado de los grandes relatos para confrontarnos con nosotros mismos, indagando en un universo de quiebres que nos ha sobrepasado. Con su cámara fija los detalles de esa pequeña señal y deja grabado sobre el papel los rescoldos del estallido: coexistir en la paradoja de un país ciego, atrapado por la negación de sus problemas y transformado a causa de ello en su peor amenaza.