• Caracas (Venezuela)

Lorena González

Al instante

El ahora insiste

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No sabemos, nunca podremos saberlo, qué extraño suceso nos espera tras la esquina. Corremos, hablamos, caminamos guiados por el engaño de la rutina, por la necesidad imperiosa de una constancia que nos brinde seguridad. Es el destello de la utopía organizativa inoculada en el seno de las sociedades, vibrando detrás de las jerarquías, cimentando las bases del orden, respirando por entre los resquicios del sentido común: una cosa es una cosa y va en su pequeño desarrollo detrás o después de otra; así lo aprehendimos en las escuelas, en los trabajos, en las familias.

Sin embargo, nuestro crispado presente nos ha enseñado que ese sistema no es único ni tiene reglas fijas, no es constante y mucho menos universal. Está lleno de fisuras, de orificios, de desvíos que contraponen un sintagma frente al otro. La muerte es el acontecimiento que con mayor fuerza lo resquebraja; allí todo se detiene y se fractura, pues es el vacío inaudito e incomprensible, el sonido de una nada sin curso. Junto a esta muerte también afincan su paso las pequeñas defunciones, las de las sociedades conferidas a la miseria, la expiración de los desvanecimientos cotidianos, la pesadilla de los olvidos, la cadencia sorda de un afuera y un adentro cada vez más gris, más lóbrego.

Aquella mañana resplandeciente entré en el Centro de Bellas Artes de la ciudad de Maracaibo con la intención de ver la individual que el artista Camilo Barboza presenta desde el mes de octubre bajo el título El ahora insiste. Al cruzar la entrada un joven que estaba sentado en la puerta nos interpeló con cierta agresividad: “Y vos, qué buscáis”. Mi acompañante respondió: “Hermano, ¿qué te pasa? Venimos a ver la exposición”. Mientras bajaba las escaleras pensaba en lo difícil que es ser delicado en este país, la cordialidad se desmaya en caída libre, azotada por la violencia.

Sin embargo el episodio no disminuyó el encuentro con la obra. Al contrario, de alguna forma lo extendió. En el ruedo de Camilo, en esa esfera circular de aquella sala expositiva estaban elevadas unas tras otras las poéticas del deterioro y del desvanecimiento. Una ópera disonante de marcas incrustadas sobre los rastros espasmódicos del silencio. Realidades alteradas y transfiguradas. Vestigios reales o fantásticos detritus convertidos por el artista en amplios panoramas modulares. Dolores perdidos que se han vuelto otra cosa. Todo estaba por un momento allí, aunque también estaba la desaparición del todo, en la misma escena y al unísono. Pasado y futuro en un mismo gesto, en una sola matriz.

En cada una de las piezas despunta el ápice de lo que queremos ver junto a todo aquello que dejamos de palpar para construir un tercer tiempo, el tiempo único de la metáfora. A través de diversos medios el artista configuró las posibilidades de la instalación y del collage como una estrategia formal de un contenido profundo y delicado. En el detalle es necesario entrar, multiplica para el que observa un caleidoscopio de abandonos y nuevas texturas. Al distanciarnos, nos sobrepasa la presencia de una gran instalación conformada por pequeños fragmentos, una pátina similar a la paleta de los grandes pintores, que en este caso levanta en sala las secuencias rítmicas y dramáticas de los grises: reverberantes oscuridades que transpiran en el día a día de esta tasajeada realidad.