• Caracas (Venezuela)

Lorena González

Al instante

Tres de 2015

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Inicia 2016 con una variedad de nuevas exposiciones y proyectos. Sin embargo, suele ser este espacio de arranque un intersticio alterado de lo que aún permanece del año pasado y de todo aquello que comienza a despuntar en las propuestas más recientes. Sirva la ocasión para hablar de tres muestras que por razones de tiempo no fueron mencionadas en esta columna durante 2015, pero cuyos alcances y logros asentaron interesantes puntos de encuentro e investigación que abren nuevas perspectivas en el ejercicio del arte contemporáneo en el país.

La primera de ellas es la colectiva que con el título Realidades instantáneas fue inaugurada durante el mes de septiembre en la sala TAC. Con la curaduría de Sagrario Berti la muestra se extendió sobre los complejos territorios de la Polaroid o la cámara instantánea, desplegando las variables de una estructura fotográfica que desde los años treinta del siglo XX fue la herramienta idónea para dilatar el ejercicio único de la fotografía como captura casi performática del instante. Aunque la museografía se vio con la complejidad de no lograr diferenciaciones claras entre una amplia gama de formatos similares y un abanico casi infinito de propuestas diversas, la exhibición en general otorgó un punto focal de corte historicista y educativo sobre el género y sus posibilidades, en especial frente a las nuevas relaciones con formatos digitales como el Instagram, ese ejercicio de la fotografía móvil que continúa reproduciendo técnicas y medidas muy cercanas a la instantánea de antaño.

La segunda exhibición es la muestra individual AEnciclopedia, inaugurada por el artista Luis Romero en la Sala Mendoza. En plena conexión con el arte como una forma viable desde ese espacio escurridizo y permanente que circula fuera del orden, Romero se dio a la tarea de invadir con sus piezas oficinas, depósitos, vitrinas, paredes y mesas junto a zonas de documentación y estudio. Todas se vieron germinadas por el brote intensivo de una obra que se desplegó como aliento constante de preguntas, asentamientos e inquietudes entre el yo y el afuera: gráficas, dibujos, palabras, dimensiones, recortes, tipografías y tachaduras que remiten a los tránsitos de una memoria en reconstrucción entrañable frente a las inestabilidades y sombras de un contexto inabordable e inseguro, siempre a punto de desaparecer.

La tercera exposición fue la propuesta que durante el mes de noviembre se convirtió en una sonada puesta en escena dentro de la renovada Galería 39 de El Hatillo. Allí, entre un festín de colores, sabores y sensaciones, el artista Pedro Tagliafico nos introdujo en los espacios de la creación como el arma directa para la traslación voluptuosa del sentido. Con el nombre Frutas tropicales, este maestro caraqueño residenciado en la ciudad de Bogotá nos sumergió en un sinfín de causas y estrategias en las que pudimos contemplar una obra que lo levanta como representante del arte conceptual venezolano junto a los trayectos recorridos desde sus inicios hasta nuestros días.

Acertada, fluida, combativa y sensual, la exposición se volvió una experiencia múltiple para el visitante, una erótica de riesgos sobre el espacio museográfico donde el collage, el trazo, el color, la imagen y la silueta abrieron los contrapuntos de un artista que traspasa con su obra todos los protocolos (los de la geometría, los del pop, los del arte conceptual, los de la figuración… Incluso los de las poéticas del performance y la fotografía) para derivar en ese trazo vital de encuentros y pérdidas que nos revela este creador como las únicas formas posibles de la materia. Un merecido homenaje y un atinado logro que se convirtió en disfrute y aprendizaje para los espectadores y artistas de todas las generaciones.