• Caracas (Venezuela)

Lorena González

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Lorena González

Sobrevivencia inmediata

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Pocas veces tenemos el espacio para confrontar lo que hacemos dentro de nuestro entorno contiguo. ¿Qué nos mueve a asentar lo que decimos? ¿Por qué seleccionamos eso que miramos o que exponemos? ¿Evaluamos las consecuencias de nuestras decisiones en un campo amplio? ¿Pensamos de verdad en esas cadenas de acción y reacción que se conectan a largo plazo? En el mundo del arte actual estas preguntas son difíciles de responder. Los ritmos del mercado, la variación del presente, los conflictos políticos y sociales, así como las demandas de un cada vez más apremiante y mercadeable arte contemporáneo, colocan y transfiguran resultados inesperados frente a los parámetros tradicionales de legitimación que hasta finales del siglo XX vivió la historia del arte.

En nuestro caso, las complejas instrucciones que estallan alrededor de contextos en crisis, poco adecuados para la reflexión, obligan a que creadores, galeristas, coleccionistas, investigadores, productores, editores y todos los involucrados en los eslabones de la escena artística se encuentren atrapados por un quiebre doble: ya no es solo las fragilidades y potencias adheridas a la sobreproducción de un arte emergente que se apodera cada vez más de los gustos sociales y el gran comercio mediático a nivel mundial; sino también las inestabilidades propias de un presente completamente imprevisible, de un no saber por encima de lo inmediato. En Venezuela no se trabaja con la mirada puesta en el futuro, sino con la angustia imperante de intentar salvar de la desaparición aquello que se tiene y que tan solo un acto de fe ha mantenido vivo en los últimos años.

Así la condición general de toda profesionalización se transforma en un acto de barbarie: carreras sin límites, ingenio feroz, protocolos alterados, soluciones inmediatas, improvisación y reajustes constantes que agotan el sentido perspicaz de la inspiración primera, de ese por qué hacemos lo que hacemos. De algún modo, todo se va volviendo un frágil mapa de piezas sueltas: salida macabra, mueca febril que se aposta en el traspiés inevitable de los grandes esfuerzos; esos que se han vuelto tan comunes al querer llevar a cabo alguna intención verdadera en medio de un camino pleno de obstáculos y trabas, de direcciones y cambios marcados por la pérdida y la ausencia.

Unas pocas líneas encontradas por azar en el libro Utopía, que recopila una memoria activa sobre la obra del creador Ricardo Benaím, se convirtieron en un lente macro que amplificó al máximo una buena parte de las consideraciones estampadas en este comentario de hoy. En ese escrito del año 2007 de corta extensión, una palabra construye las cadencias de un reflejo oculto, resumiendo no solo en las imágenes que hilvana sino en el encadenamiento sereno y lúcido del propio discurso, la emanación total de la obra del artista. Es una narrativa tan sutil como poderosa que encierra en sus despuntes una circularidad conceptual, fonética e incluso gramatical; estructuras concordantes que penetran con sonora visualidad en aquel que las visita. Se trata del Retrato oblicuo que sobre Benaím dibujó Antonio López Ortega. Allí, en esa palabra hecha tiempo se encuentran las claves de una pregunta necesaria, forma abierta que es un alto y una vuelta al origen; señal vital que se levanta frente a los alarmantes olvidos que condicionan el por qué y muy especialmente el cómo estamos construyendo.